lunes, 12 de mayo de 2008

Y los sueños, sueños son

Hace poco dimos cuenta de una de las mejores cintas de animación de todos los tiempos. Alabamos su inagotable imaginación frente a la planicie creadora en películas de idéntico perfil y comentamos sus posibles ramificaciones en el proceloso espectro de la fantasía juvenil.
Ahora toca ir directamente al lugar común que habitan todas y cada una de las historias de este calibre.
Desnudándola de artificios, la cosa resultaría aproximadamente así: "Se nos presenta de manera más o menos banal el mundo cotidiano; seguidamente conocemos a un habitante de esta aburrida tierra; éste resulta tener una imaginación fuera de lo común; represiones, insultos, mofas, inadaptación...; ocurre un suceso extraño (este suele ser el punto crítico de la narración fantástica, si el autor sale airoso el resto irá como la seda); el protagonista se ve envuelto por dicho suceso extraño que le llevará a interactuar con otros personajes igualmente interesantes; el decorado habitual puede ser sustituido por otro (llamémosle mundo fantástico); tras innumerables peripecias, el protagonista ha de vérselas con una especie de prueba final; final feliz no sin la adecuada dosis de moralina para que ni el más susceptible se vea ofendido".
Un más o menos escueto resumen de lo que en tantas ocasiones nos ha hecho soñar, el aliño debe correr por cuenta del autor.
En 1939, la disquisición adulto-infantil es muy posible que estuviese aún verde; no es de extrañar, por tanto, que Warner hubiese ahorrado tantos remilgos para la producción de THE WIZARD OF OZ, por ejemplo que Judy Garland ya contase con 17 años para el papel de una niña, que el subtexto gay (casi 70 años después, claro) inundase las pretensiones de los personajes principales, o que se mostrara tan explícitamente la muerte aunque fuese la de ciertos malvados.
Quizá provenga de esas incongruencias (tan improbables hoy) el enorme e irrepetible encanto de esta oda a la diferencia, al derecho a ser uno mismo, a la falsedad de las utopías fáciles.
Donde termina el camino de baldosas amarillas, empieza la aventura de la libertad.
Mágicos saludos.

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