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jueves, 26 de octubre de 2023

Resonancia magnética nuclear


 

Matthias trabaja en un matadero en Alemania. Recibe una confusa llamada en la que su hijo, en un remoto pueblo de Transilvania, parece haber sufrido una especie de accidente, aunque esto no queda claro hasta que llega. Inmediatamente, hace autostop y llega hasta la casa donde el niño vive con su madre. Falta poco para Navidad, de entre los buenos sentimientos podríamos rescatar la ineludible atracción que siente al volver a ver a Csilla, una antigua novia, y que ahora regenta la fábrica local de pan, que asimismo busca desesperadamente personal antes del nuevo año, para acceder a unas suculentas ayudas europeas. Rudi, el niño, ha perdido el habla, y es incapaz de ir solo al colegio; ha visto algo que le ha asustado hasta ese punto, pero no ha dicho el qué. A la fábrica llegan los nuevos trabajadores desde Sri Lanka, los únicos cualificados que han aceptado el suldo mínimo, pero la comunidad no parece cómoda con "extranjeros de piel oscura", nada menos que haciendo "su pan", y quién sabe maquinando qué en la sombra. Otto es el padre de Matthias, un hombre profundamente respetado en la localidad, que proviene de una larga estirpe de alemanes. Tiene que someterse a una resonancia magnética.
R.M.N., la última película de Cristian Mungiu, es todo ese crisol, a veces confuso, a veces cristalino; un intento casi desesperado por explicar qué puñetas debe estar pasando en Europa para que cristalicen discursos xenófobos, racistas, bárbaros, mientras la sinrazón se apropia de cada rincón de cordura, destapando las miserias, incluso bienintencionadas, de una sociedad a la que le han dado gato por liebre, y que tiene derecho a quejarse, pero no a errar el tiro tan groseramente.
R.M.N. son las siglas de esa prueba médica, alegorizando sobre la posibilidad de "ver" dentro de nuestros cerebros como posible diagnóstico de esa sociedad enferma. También puedes vislumbrar Rumanía...
Aguda, hiriente, y sin llegar a ser cínica en ningún momento. Certera.
Saludos.

jueves, 19 de octubre de 2017

Los meandros de la verdad



BACALAUREAT es otro de los acontecimientos que nos dejó el cine rumano el pasado curso, una película áspera, seca, casi desagradecida, pero que tiene el gran don de no permitirse juzgar a sus personajes en ningún momento, otorgándoles su justo grado de humanidad y extrayendo, precisamente de esa condición, su gran relato, porque este es un gran relato. Su falso protagonista (es protagonista porque la cámara le sigue a todas partes, pero es falso porque casi nada de lo que ocurre le atañe a él directamente, si acaso a sus decisiones), Romeo, es un médico de mediana edad, cuya obsesión es el éxito académico de su hija, que se enfrenta a los temidos exámenes de acceso a la universidad. Su vida entera es un fracaso vacío de contenido y se basa en una burda añoranza de la Rumanía a la que él volvió para cambiarla y donde se ha quedado atrapado. Su mujer, con graves trastornos nerviosos, sólo espera a la graduación para echarle definitivamente de casa, y su amante parece no esperar de él nada más que la fría crematística. Mientras tanto, su hija es atacada por un violador, lo que la deja incapacitada emocionalmente para afrontar los difíciles exámenes. Sin tiempo para mostrar afecto o rasgarse las vestiduras, Romeo comienza a mover hilos para que su hija apruebe los exámenes a toda costa, pero en una sociedad que ha aceptado la corrupción incluso como modo de vida lo realmente complicado es, para alguien con cierta reputación, salir sin una sola mancha, o sin pagar las consecuencias.
No hay que esperar de Mungiu, autor riguroso y milimétrico, un melodrama sentimental o arrobado, antes al contrario, lo que ofrece BACALAUREAT es una sutilísima autocrítica a nivel nacional, nunca señalando a otros, sino repartiendo las culpas entre los culpables y advirtiendo de que la roña de la corrupción se extiende sin querer incluso en los ámbitos más insospechados.
Saludos.

martes, 10 de septiembre de 2013

Los amores imaginados



Si no me equivoco, creo que DUPA DEALURI (MÁS ALLÁ DE LAS COLINAS) es el último título del curso pasado, de los ocho o nueve que consideré como imprescindibles, que aún me quedaba pendiente por comentar. Imprescindible y fundamental, y por varias razones. La principal es la constatación de la vigencia que sigue teniendo (aunque la gran fiebre ya haya pasado) ese "nuevo cine rumano", del que Cristian Mungiu es responsable junto a, por ejemplo, Corneliu Porumboiu o Cristi Puiu. Este film logró, además de los premios a mejor guion y un sorprendente ex-aequo para sus dos jóvenes protagonistas en Cannes, un reto aún más importante, que fue agitar poltronas instaladas en la mediocridad con su atrevida propuesta. Sin embargo, cabe señalar que Mungiu (al igual que en la extraordinaria 4 MESES, 3 SEMANAS, 2 DÍAS) revienta toda convención preconcebida desde un pulcro y metódico ejercicio de estilo; un estilo, el suyo, sobrio y poco dado a los arrebatos, prácticamente convencido de que la revelación ha de llegar al encuadre mediante la escena fieramente trabajada. Se nos cuenta la llegada de la joven Alina a un apartado y, por qué no decirlo, bastante siniestro convento rumano, en busca de su amiga Voichita, que la abandonó en Alemania para convertirse inesperadamente a la estricta fe ortodoxa. Alina es recibida con una mezcla de callada cordialidad y disimulado recelo disfrazado de la perplejidad que provoca la recién llegada a una comunidad que evita cualquier contacto con el exterior. Lo que Mungiu busca es que el espectador vaya construyendo la futura película, sus cuestiones y desenlaces, por lo que no veo excesivo el metraje (150 minutos), teniendo en cuenta que ningún plano resulta gratuito ni regodeante. Es éste un relato que auna fanatismo, un horror que se intuye incluso en sus imágenes más inofensivas y un amor en perpetua confrontación con los rígidos métodos de la comunidad y su inflexible rector, un "padre" que mantiene a su rebaño perfectamente controlado y sumiso. Mención aparte merece la impresionante composición de personajes, con un magnífico trabajo de los actores que nos permite una rápida identificación sin recurrir a estereotipos manidos. Una historia de terror contenido, sin sustos, sin sangre, sin "malos" en el sentido habitual, puesto que la maldad puede encontrarse (y quizá sea éste el mensaje principal del film) bajo la apariencia de una bondad excesiva. El final, terrible, así lo atestigua.
Una obra maestra contemporánea.
Saludos.

... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!