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domingo, 21 de marzo de 2010

Microcosmos

Como me he dado cuenta de que últimamente hablaba en demasía de películas que, de una manera u otra, no hacían más que exasperarme, hoy me doy (les doy) un capricho y traigo aquí una de mis películas favoritas, tal cual.
Efectivamente, me encanta DELICATESSEN casi en la misma medida que he llegado a odiar AMELIE... La cosa es así ¿qué le vamos a hacer?...
Y es que más allá de ser otro estreno resaltable (la rondan los veinte añazos), la ópera prima de Jean Pierre Jeunet y Marc Caro fue una impactante revelación, la de un cine innovador en la forma, respetuoso en el fondo y que ponía al día los preceptos de Keaton, Chaplin y compañía; cine silente en plena era del ruido, deudor del universo de Jacques Tati y con un toque expresionista y decididamente tétrico, una especie de cuento de terror, amor y humor, todo muy bien mezclado y con un sentido del ritmo absolutamente antológico. Como antológicas son algunas escenas que han pasado a la historia del cine y que forman parte del imaginario colectivo de las dos últimas décadas. Sirva para ilustrarlo el maravilloso "diálogo" musical en los tejados de ese terrible edificio, que a modo de 13 Rue del Percebe guardaba más de una sorpresa; o el desconcertante inicio, donde uno no sabe si reír u horrorizarse por lo que está viendo; por no hablar de su mejor escena, un prodigio de montaje que es capaz de ensamblar una serie de onomatopéyicas imágenes como si de viñetas en movimiento se tratara; un clásico que luego ha sido burdamente imitado, incluso por sus mismos creadores.
DELICATESSEN fue para muchos un descubrimiento a todos los niveles y la apertura de un cierto cine europeo que en nada desdeñaba ni entretenimiento ni originalidad, lástima que todo ello acabase casi tan rápido como empezó.
Deliciosos saludos.

... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!