viernes, 19 de enero de 2018

Sabios e imbéciles



No creo equivocarme al afirmar que quizá sea Gus van Sant el director contemporáneo que con mayor certeza ejemplifica el paradigma de "autor esquizoide". No se trata de que sus imágenes estén impregnadas de locura o inestabilidad, sino que el grosor con el que ofrece sus trabajos alimenticios es tal que, comparados con sus proyectos personales, parecen hechos por otra persona, un primo torpe o algo así. THE SEA OF TREES parece sacada de un manual de autoayuda burdamente conservador, sin apenas un gramo de sustancia que refuerce de alguna forma la deriva de un tipo bastante imbécil (Matthew McConaughey en el peor papel que le recuerdo) que se va al bosque de Aokigahara e Japón, conocido como "el bosque de los suicidios", con la intención de morir al no poder soportar el fallecimiento de su esposa. Esa premisa no tiene por qué estar mal, pero todas y cada una de las cuestiones y respuestas que el guion va proponiendo son erróneas, simplistas, infantiloides y hasta chabacanas. El tipo es imbécil porque así nos lo presentan, porque sus discusiones en flashback carecen de sentido (o yo no se lo veo), y porque de repente parece imbuido de una revelación mística que tampoco comprendo muy bien. Para rematar, el fallecimiento de su mujer es para parar en ee mismo momento la película y marcharse, o pedir la devolución de la entrada (me consta que en Cannes hubo algo de eso), pero prefiero no contarlo, sino que descubran ustedes de qué se trata.
Básicamente, podríamos estar ante el reverso tenebroso de una película tan sugerente como GERRY, ya que también aquí hay dos hombres a la deriva, perdidos en ninguna parte y buscando una salida que no se vislumbra; pero lo que en aquélla era un nihilismo jocoso que remitía a los orígenes del cine mudo, aquí es apenas una entrega por fascículos sobre cómo ser espiritual sin abandonar el confort del materialismo.
Si son capaces de llegar a la mitad sin soltar un exabrupto, entonces el problema lo tienen ustedes...
Saludos.

jueves, 18 de enero de 2018

Las calles mojadas de París



El cine de Jean-Pierre Melville está repleto de vasos comunicantes que interconecta la práctica totalidad de sus trabajos, lo que comúnmente se denomina como "constantes", pero que aquí encierran un significado más profundo y que es necesario leer entre líneas para comprender con exactitud. Si LE SAMOURAÏ representa la cúspide del antihéroe, un asesino mudo, frío, pero con un sentido inquebrantable del honor, el antecedente directo de esta obra maestra es otra. BOB LE FLAMBEUR es la disección de la personalidad de Bob, gángster retirado y jugador compulsivo hasta el despunte del día; un tipo al que todos conocen y al que todos respetan, incluso la policía. El film arranca antológicamente, haciéndonos acompañar a Bob por su periplo de partida en partida, ganando o perdiendo, sólo parando ya por la mañana, donde observa a una joven que parece recién llegada. Melville filma los rituales, capta la atmósfera de las calles despertándose, los marineros tomando la última copa, los carteles apagándose, la calles regadas... Todo un microcosmos que nos sitúa en la órbita del perdedor digno, confiadamente resignado, que arrastra un pasado oscuro pero no pierde unos modales y unos códigos de conducta exquisitos. Bob no es un asesino, ni tampoco parece un ladrón, y acoge a la chica sólo como un padre podría hacerlo, para protegerla de un entorno que él mira desde la distancia de los años. Y entonces surge la oportunidad de un último golpe, del asalto a un casino que supondría el retiro dorado y definitivo, por lo que se pone en marcha toda una secuencia de acciones, que Melville filma como un gigantesco preámbulo y que deja al descubierto las intenciones de cada personaje. También funciona como impecable retrato generacional, y no son pocos los que la señala como verdadero manifiesto pre Nouvelle vague. Ahí está el joven atolondrado que cae rendidamente enamorado de la no-tan-inocente joven (Isabelle Corey en todo su esplendor), el chulo resentido buscando venganza, el amigo incondicional que abre cajas fuertes. Y, por encima de todos ellos, Bob, que lo ha visto todo y no quiere ver nada más, y que nunca se ha resignado a su suerte por muy malas cartas que tuviera. Roger Duchesne, antiguo galán del cine francés, interpreta a este hombre, inteligente, cautivador, amane de la buena vida, pero efectivamente, como dcíamos al principio, con un código de conducta inquebrantable. La moral, una vez más, como único refugio de los abandonados.
Obra maestra.
saludos.

miércoles, 17 de enero de 2018

En paralelo



Lo lógico es que secuelas como JOHN WICK: CHAPTER 2 se desparramen hacia la repetición enfática, aportando poco o nada a su precedente y terminando abruptamente con el conato de saga, o iniciando un inevitable camino hacia la autoparodia. Sin embargo, las andanzas de ese asesino a sueldo lacónico y atormentado parecen seguir en plena forma, al menos para los amantes del mamporro estilizado, las persecuciones de gran cilindrada y los seres despreciables con encanto. Lo que propone esta secuela es la profundización en el entorno de Wick, que sigue intentando retirarse y consumir sus días en el recuerdo de su esposa muerta, pero un poderoso mafioso le obliga a realizar un último y suicida trabajo: matar a su propia hermana, que está a punto de ingresar a la exclusiva mesa de poder (y aquí me pierdo un poco) que conforman todas las mafias del mundo. Sí, el guion es descabellado, a Keanu Reeves le dan por todos lados y la amenaza del videoclip late tras cada tiroteo interminable y la exhibición de llaves marciales. Sin embargo, hay un par de apuntes que elevan ligeramente el resultado final y que emparentan a John Wick con aquel mítico Neo. Cuando Wick ejecuta su tarea, el mafioso pone precio a su cabeza, por lo que sólo puede acudir a una persona de confianza, que curiosamente tiene el rostro de Larry Fishburne. Asimismo, el gran cerebro de la megaorganización secreta, interpretado por Ian McShane, le muestra el verdadero alcance de su poder con apenas un gesto, y le hace comprender que ya no está seguro en ningún lugar del mundo. Es, finalmente, esa vulnerabilidad, la injusticia del destino de este hombre, lo que coloca esta secuela en un apartado ligeramente superior al de cualquier blockbuster al uso.
Muy entretenida, pero a Reeves deberían enseñarle algunas llaves más...
Saludos.

martes, 16 de enero de 2018

Wajda. Brillo y dominio #20



WESELE, de 1973, con la que Andrzej Wajda obtuvo la Concha de Plata en San Sebastián, supone un nuevo salto conceptual en el cine del director polaco. LA BODA abarca el día entero que duran los festejos de la controvertida boda, a principios del siglo XX, de un poeta de clase alta con una chica campesina. Los primeros treinta minutos son frenéticos, y la cámara de Wajda persigue cada rostro, cada integrante de un baile interminable, orgiástico, en el que poco a poco afloran las distintas personalidades. Por un lado, los burgueses, familia del novio, que no terminan de comprender la elección del joven; por el otro, los campesinos, familia de la novia, que recelan de quienes les han explotado trabajando en sus propiedades. Así, en el espacio único de la casa en la que se desarrolla la celebración, asistimos al certero repaso de un país que por entonces deambulaba entre la potestad de otras naciones, con una identidad incierta y una lucha de clases en permanente estado de activación y estallido. Una película que adelanta a títulos mucho más posteriores, sobre todo en el apartado formal, de una modernidad rompedora pero sin falsos artilugios, demostrando que Wajda se encontraba en la cumbre de su carrera como director y narrador visual.
Saludos.

lunes, 15 de enero de 2018

Manual de lucha y libertad #7



Esa España que nadie parece reconocer, pero en la que refundan un presente que no les pertenece. Me pregunto por qué; qué mueve a la invocación de una amargura extinta, de una morfología destructiva y apenada. Me pregunto en qué consiste el esplendor de la miseria, de la exaltación biográfica o del escupitajo clasista. Basilio Martín Patino se hacía las mismas preguntas, incluso cuando el dictador aún coleaba, y al no encontrar respuesta elaboró una playlist con los hits del momento. Imaginen. El contraste, la sinrazón, la eucaristía filmada de un circo casi sin pan, con famélicos espectros que soñaban con capeas, chutes y zapateados de Miguel Ligero, aferrados al pan negro con una cartilla con más cruces que una quiniela. El no sentir vergüenza es sanador, arroja una capa de esmalte en aguafuerte que quema las memorias disidentes (aquello no era autoestima, era hambre). En CANCIONES PARA DESPUÉS DE UNA GUERRA hay más crónica y más verdad que en sesudos tomos, dilatados documentos gráficos o graves (gravísimos) calambures de heredad pisoteada. Olvidar es un pecado que sólo los necios pueden atribuir a una atribución de nobleza.
Saludos.

domingo, 14 de enero de 2018

Rincón del freak #298: Los trogloditas flemáticos



RAW MEAT fue una curiosísima producción británica de 1972, auspiciada por Alan Ladd Jr. (hijo mayor del célebre actor) y protagonizada por David, su hermano menor. Nombrada (con algo de sorna, supongo) por Guillermo del Toro como su película favorita y una de sus mayores influencias, lo cierto es que se trata de una serie B de acusados torneados que la emparentan por méritos propios con la Hammer. Y, siendo rigurosos, la película tiene un problema de guion y montaje profundo, pues la mayor parte del tiempo asistimos a interminables diálogos que aportan poco o nada al desarrollo de una historia que es bastante menos excitante de lo que su engañoso cartel promocional indica. Un Sir desaparece en los subterráneos del metro tras acosar sexualmente a una mujer, aunque antes es encontrado por dos estudiantes en el suelo y confundido con un borracho. La posición social hace que el caso cobre importancia, y lo que debería ser una investigación rutinaria se convierte en un quebradero de cabeza para los servicios de inteligencia británicos. El problema es que esta "apasionante" trama se reduce a los socarrones comentarios de Donald Pleasance, que interpreta a un inspector misógino y reaccionario, y la inexplicable aparición (apenas dos minutos) de Christopher Lee con bombín y paraguas, como un agente del MI5 que no aporta absolutamente nada. El "terrorífico" habitante de los subterráneos es un tipo con pelo largo y llagas, del que sabemos que es descendiente de los trabajadores que fueron abandonados a su suerte en el siglo XIX, los cuales sobrevivieron practicando el canibalismo feroz.
Pese a poseer el cándido encanto de estas producciones de poca enjundia, el cartel de "film de culto" le queda exageradamente grande, cuando parece un episodio rodado a toda prisa de "Alfred Hichcock presenta...", por mucho que diga del Toro.
Lo mejor, ver hasta tres veces a Mr. Pleasance sacar las bolsitas de té con un dardo, mientras crepita una chimenea a sus espaldas... Sí, un despacho de policía con chimenea. United Kingdom, of course...
Saludos.

sábado, 13 de enero de 2018

Los malos buenos 4



Sin ser nada memorable, y de hecho señalando el agotamiento de una fórmula, aún hay algunos aspectos interesantes que invitan a acercarse a DESPICABLE ME 3, la ¿última? aventura del antiguo villano Gru (ahora es un agente especial junto a su esposa) y los simpáticos Minions. Y es curioso que, una vez más, sean éstos bichitos amarillos los que, en apenas un par de intervenciones, acaparen gran parte de lo mejor de un film, por lo demás bastante rutinario. El otro punto fuerte es un impagable villano, Balthazar Pratt, una olvidada estrella televisiva infantil que se ha quedado anclada en el lado más hortera de los 80. Pratt pretende dominar el mundo lanzando pompas de chicle gigantes mientras baila hitazos como "Sussudio", "Take on me" o "Bad"; un hallazgo, pese a que el corrosivo Trey Parker no pueda desatarse agusto, por motivos obvios. Todo es solvente, demasiado, como una explosión controlada que al final no es más que un pequeño petardo, y la excusa del hermano lost & found tiene bastante menos peso del que se pretendía. Una cinta, en definitiva, para hacer un poco más de caja y al menos disfrutar de las voces de Steve Carell y Kristen Wiig, que solventan con carisma esta franquicia que ya empieza a alargarse en exceso.
Saludos.

viernes, 12 de enero de 2018

No se puede planificar un suicidio



Villeneuve las tiene mejores. Ryan Gosling ya hizo DRIVE antes. Harrison Ford pega los mismos puñetazos que cuando era Indy. Ana de Armas es un holograma obvio. Jared Leto siempre será un actor incomprendido. Robin Wright siempre está muy bien peinada. Roger Deakins no tendría por qué copiar a nadie. Y Hans Zimmer tampoco, pero Hans Zimmer es un caradura tremendo. Por último, Philip K. Dick se revuelve en su tumba de cuando en cuando, pero a nadie parece importarle.
La pregunta: ¿Es BLADE RUNNER 2049 una mala película? ¿una "película mala"?
La rspuesta: No, claro que no. Está demasiado bien peinada y es adorablemente caradura para serlo. Denis Villeneuve es un prestidigitador que acopla dos horas y pico de peoncismo pedantista sobre una primera media hora que parece una escena de Budd Boetticher copulando su propio incesto con un Leone en horas de oficina. Lo que cuenta Villeneuve, al menos aquí, da completamente igual, y roza el culebrón desfasado. Todo ese rollo acerca de creaciones y orígenes, vidas naturales o artificiales es como un chiste que tienes que explicar, se reitera y pierde el sentido. Por eso está muy bien para las nuevas generaciones de envoltorio bonito y gramática genitiva, pero se alarga en exceso para viejos carcas como yo, que por lentitud entendemos, por ejemplo, siete horas de Tarr...
Es, supongo, otra película atrapada en la película que parece ser, que pretende ser; una puesta al día innecesaria y que llega nada menos que 35 años tarde. Pero a mí me encanta el cine de Villeneuve (bueno, la de las naves no), y hay algunos momentos que están muy bien filmados, y los actores (algunos) están bien dirigidos, con nervio y brío. Pero esto no es una genialidad, una genialidad es como un suicidio. Una anomalía en mitad de un planteamiento lógico. Por eso, pese a que Villeneuve es más serio rodando que Ridley Scott, aún sigue buscando el "pellizco", ese par de títulos que, rodados en mitad del caos, se han quedado para siempre en la memoria sentimental de cualquier cinéfilo.
Saludos.

jueves, 11 de enero de 2018

Supletismo. Raíces y significados de un precursor



THE OLD DARK HOUSE es, por derecho propio, un caso más que reseñable de cómo un director se adelanta conceptualmente varias décadas mediante la torsión de los mecanismos habituales del cine de género más reconocible. La función comienza con tres viajeros que se ven sorprendidos por una tremebunda tormenta en mitad de la campiña inglesa. De repente aparece un caserón destartalado y no se lo piensan; al llamar a la decrépita puerta aparece Boris Karloff repleto de cicatrices; una vez dentro, les reciben los dueños, dos siniestros hermanos que parecen más asustados que ellos. La hermana, sorda, le cuenta a la chica un intimidante relato sobre el castigo de la lujuria; el asustadizo hermano busca cualquie excusa para no subir al piso de arriba; Boris Karloff, una especie de mayordomo mudo, se pimpla una botella de ginebra y persigue a la chica. Todo parece encaminarse hacia "otro relato de horror de la Universal", pero a esas alturas ha irrumpido Charles Laughton haciendo de Sir afeminado y aburrido de su joven esposa, que cae rendida ante los encantos de Melvyn Douglas; mientras, Raymond Massey y Gloria Stuart descubren a un anciano de más de cien años que resulta ser el padre de los dos hermanos... y de otro más, del que nadie ha hablado y que permanece encerrado bajo llave. Así las cosas, EL CASERÓN DE LAS SOMBRAS (por una vez no desentona el título), más que en un film de horror convencional deviene en un dubitativo retablo de caracteres, una especie de rareza deformada y que prefiere jugar con la percepción del espectador, por si es capaz de adivinar qué se avecina tras una puerta cerrada o una mirada aviesa. Pero claro, hablamos de James Whale, al que no nos cansaremos de reivindicar como genuino autor y creador.
Saludos.

miércoles, 10 de enero de 2018

El río que va al océano



Se cumplen 35 años de RUMBLE FISH, la segunda adapación que Francis Ford Coppola realizó de la escritora Susan E. Hinton tras THE OUTSIDERS. Coppola corrige y aumenta aquélla, la despoja de cualquier trazo superfluo y toca el hueso lírico de esta extraña historia sobre moteros, pandilleros, drogas, chicas con calcetines y peces de colores. Un extenso poema sobre el fin de las peleas de bandas y el vacío existencial de los ignorantes, justo cuando les da por reflexionar y hacerse preguntas sobre qué lugar ocupan exactamente. Coppola, arruinado tras su "ataque al corazón", filmó compulsivamente estas dos pequeñas grandes joyas ayudado por todo su fiel entorno, con más intuición que cabeza, pero congregando, sobre todo, a un puñado de futuras grandes estrellas, entre las que sobresalían Mickey Rourke, Matt Dillon, Nicolas Cage, Larry Fishburne o Diane Lane. Una historia que si no pasa de moda es precisamente por su inconcreción, a la vez mezcla de aullido de libertad y lamento generacional. Mención aparte merecen su hermosa fotografía en blanco y negro, repleta de ángulos imposibles (una constante que luego Coppola usaría como sello), y la inclasificable partitura compuesta por el ex-Police Stewart Copeland, que mixturaba funk, reggae y rock clásico. No es que la Zoetrope saliera de la ruina, y la carrera posterior de Coppola se ha caracterizado por preocupantes picos de creatividad, pero aún le quedaba algo poderoso por decir, un musical sin más coreografías que las peleas entre bandas, una historia de amor para solitarios o, para simplificar, qué significan los colores desde el punto de vista de un daltónico.
Nunca tantas contradicciones configuraron tanta armonía.
Saludos.

martes, 9 de enero de 2018

Wajda. Brillo y dominio #19



PILATUS UND ANDERE (PILATOS Y LOS DEMÁS) fue un trabajo de Andrzej Wajda para la televisión alemana, una especie de ensueño informal que recreaba el juicio a Jesús de Nazaret, y sobre todo incidía en la figura de Pilatos. A partir de la obra original de Bulgakov, Wajda mezcla sin pudor la puesta en escena de época con pasajes absolutamente contemporáneos, y mezcla a los centuriones con la policía (presumiblemente la Gestapo), logrando el empeño inicial de identificar la masacre cristiana con la judía por parte de los nazis. Pese a todo, el resultado es irregular, abultado y algo monótono, con una teatralidad desnaturalizada y algunos momentos tan bizarros que no me hubiese extrañado que sugestionaran a Monty Python. Pase que romanos y nazis compartan el discurso, o que Judas robe un cuchillo de una carnicería para clavárselo a Jesús; pero ver a éste, más hippie que nunca, volando en primera clase... Hay algunos límites que en los setenta se olvidaban con facilidad.
Curiosa, nada más.
Saludos.

lunes, 8 de enero de 2018

Manual de lucha y libertad #6



Basilio Martín Patino volvió a la ficción en 1969 con DEL AMOR Y OTRAS SOLEDADES, una película ambiciosa, más que moderna, rabiosamente contemporánea, una mirada al centro de las relaciones de pareja, a sus miserias y trampas, obviando las grandezas como pequeños triunfos y catalogando mediante el psicoanálisis lo que quizá sólo sean insatisfacciones y venganzas. Del guion escrito por el propio director y Juan Miguel Lamet, esta vez las esquirlas contra el régimen franquista saltan por el otro lado, por una balbuceante nueva alta burguesía, que incorporaba a las viejas grandes familias los hombres hechos a sí mismos, pujantes por la oportunidad de ingresar en un estrato social que siempre les fue vedado. María es de las primeras y Alejandro de los segundos. Deberían ser felices, porque tienen una familia perfecta, una casa en el campo y un magnífico círculo de amistades. En lugar de ello, su relación es angustiosamente beligerante, él se escuda en su trabajo y ella en las visitas a una psicóloga; sin saber por qué discuten todo el tiempo, se echan cosas en cara y pasan la mayor parte del tiempo separados, que es el estado al que ambos parecen abocados sin remedio. Ella frecuenta la compañía de artistas, bohemios de discreto pelaje, farándula ocasional; él prefiere las huidas campestres, a la finca de su acaudalado amigo, para cazar y hacer las cosas que siempre le han ido a los recién potentados. Ella es Lucía Bosé, encarnada en su segunda juventud como intérprete, y él Carlos Estrada, el eterno doblado (bueno, ella también... Todos, en realidad). Por allí asoman muchos nombres clave de aquel tiempo: Alfredo Mañas, Joaquim Jordá, Carmelo Bernaola... Hasta sale de refilón Marisol y el gran José Menese eones antes que Poveda. En fin, una película temiblemente afrancesada, muy poquito española; con eses en las miradas esquivas, tilines de hielo y recitados a la salud de los muertos. Una película que lleva casi 50 años sin ser entendida en absoluto, desdeñada más bien, pero que ejerce uno de los retos más complicados: la cosmogonía íntima.
Sólo para paladares fuertemente exigentes.
Saludos.

domingo, 7 de enero de 2018

Rincón del freak #297: El síndrome Burger King



No se me ocurre otro término para explicar todo fenómeno cinematográfico en el que, indiferentemente de la calidad, lo que sobresale es la extraña querencia por todo lo que un europeo que no haya ido nunca a Estados Unidos identificase como "típicamente americano" e incorporase como una especie de "embellecedor". Son niños rubios masticando chicle bajo una gorra de béisbol, hombres de tez curtida y fino flequillo grisáceo que estrechan a mujeres histéricas hasta convencerlas de su protección. Puestos de perritos calientes en un parque, taxis amarillos a toda velocidad, comer en cualquier sito a toda velocidad y luces de coches policía con una monótona voz ininteligible desde una radio. Lo hemos visto demasiadas veces y lo hemos aceptado sin pararnos a pensar que no son más que elementos externos, adornos sin peso específico o salsas de sabor intenso que ayudan a enmascarar el verdadero sabor de la hamburguesa. El de hoy es sólo un ejemplo, una peliculilla del inefable Lucio Fulci, que probablemente sea de los directores que más descaradamente ha nutrido sus trabajos de dicha parafernalia, con discutibles resultados siempre, pero títulos a los que por una razón aún no explicada volvemos periódicamente sólo para verificar que el tiempo ha hecho estragos irreparables... En nuestra inteligencia también. Se llama(ba) MANHATTAN BABY, y es que ya hasta el título reproducía tan malsana fijación con la parte norte del nuevo continente...
La tienen en YouTube, no me hagan que se la cuente encima...
Saludos.

sábado, 6 de enero de 2018

Al principio...



Nunca he ocultado mi admiración y fascinación por el cine insobornable, magnético y desolado de Philippe Grandrieux, en mi opinión el gran cineasta experimental de las dos últimas décadas. Poco a poco, con lentitud paladeada, hemos ido acercándonos a la mirada de este taumaturgo de lo escondido, lo que quizá nadie imaginó que podía ponerse en imágenes. Su paso por el SEFF hace un par de años puso patas arriba a un jurado desconcertado y fatalmente indispuesto para juzgar una obra que simplemente ya iba por delante de ellos. Y eso que se trataba de una obra "convencional", todo lo convencional que puede ser Grandrieux; pero en sus dos trabajos anteriores se advierte la pulsión de la videoinstalación y el deseo de encontrar un camino virgen hacia lo que una narración al uso no permite. WHITE EPILEPSY son 68 minutos de oscuridad, un vacío de luz que comprime primero un cuerpo desnudo y luego otro; dos cuerpos que parecen estar en mitad de una naturaleza que sólo suena, que se mueven con gestos inhumanos, lentos, como en una danza de ciegos. Si no se nos explicara nada daría igual, pero la intención de Grandrieux es poner en imágenes (nada menos) la primera cópula, esa idea arcana que nos acerca al paraíso como primigenia expresión de la humanidad, y que aquí fondea los márgenes de lo que podríamos definir como la nada. Siendo exactos, los únicos instantes de luz que se permite Grandrieux son, paradójicamente, los más oscuros, y muestran a la parte vencedora, la femenina, con iluminación sobreexpuesta, el gesto una vez más animal y la sangre en los labios del homicidio postcoital. Y todo para terminar con lo único que se puede poner en imágenes antes de la extinción, la vejez, el desmoronamiento de la carne que seguirá dando paso, una vez más, al siguiente comienzo.
No se pueden explicar más cosas ni más importantes con menos imágenes.
Saludos.

viernes, 5 de enero de 2018

Rebelión en el supermercado



SAUSAGE PARTY es considerada como una gamberrada. No estoy de acuerdo ¿O acaso es menos gamberrada TOY STORY? Si en aquélla eran muñecos los que cobraban vida, aquí son los productos de un supermercado; si en aquélla el mundo giraba en torno a la icónica figura del niño que poseía los juguetes, aquí hace lo mismo con los consumidores, que son idealizados como (los) dioses. No entro a valorar la calidad de ambos films, porque pareciéndome aquella inolvidable trilogía una maravilla de imaginación e intencionalidad, ésta no lo es menos, lo que pasa es que quizá cuesta dejarse llevar por lo políticamente incorrecto, aunque (esta vez sí) el apartado técnico es deslumbrante. El argumento es, como algunas producciones similares, un refrito de las constantes orwellianas (BABE..., la misma TOY STORY), lo que ayuda enormemente a familiarizarnos con los personajes, que en este caso son salchichas, panecillos, donuts, kebabs, chicles superdotados, tacos muy "picantes" y tarros de mostaza y de ketchup y botellas de tequila y agua de fuego (que no sé lo que es) y hasta una genuina ducha vaginal convertida en el villano de la función. Las constantes alusiones escatológicas y sexuales podrían distraer a quien se deje embelesar por lo que no es más que una trampa que pugna por saltar de una situación a otra, a cual más bestia. Por otro lado, hay otra reflexión algo más inteligente y que sólo aparece si uno se da por aludido, sobre todo por el consumo insano y desmedido, y por supuesto innecesario.
Pero claro, es complicado hacerles creer a ustedes que en realidad están ante una obra de gran madurez intelectual, más que nada porque queda perfectamente desmentido en su "orgiástico" final, del que me guardo el desvelarlo...
Saludos.

jueves, 4 de enero de 2018

¿El patriota?



JASON BOURNE es la quinta película dedicada al superagente especialísimo de la CIA creado por Robert Ludlum y puesto en imágenes por Paul Greengrass. Reconozco que no he seguido la saga desde el principio, y que de hecho me ha saltado un par de ellas, porque no me interesa tanto el personaje ni las tramas que giran en torno al mismo. Lo que veo es un ensalzamiento del cachiporrazo, como siempre, solo que Bourne no es un tipo simpático ni locuaz, sino un frío y taciturno autómata que ha desaparecido de la faz de la tierra cuando ha recuperado la memoria y ha tomado conciencia de quién es y, sobre todo, por qué ha hecho lo que ha hecho. Y, hombre, tiene su mérito mirar por una vez a los recovecos del sistema, y aquí el malo es nada menos que el director de la CIA, que necesita guardar un secreto de estado a toda costa. El problema es que cualquiera se puede imaginar qué contienen esos archivos clasificados, pero desvelarlos sí sería realmente subversivo, así que es mejor seguir al incansable Bourne desde la Atenas de las revueltas y manifestaciones, donde le es entregado un USB encriptado con dicha información, para luego jugar al gato y al ratón, pues no sabemos si es perseguido o perseguidor. Entre medias, la emergente Alicia Vikander le hace la rosca a Tommy Lee Jones, mientras Vincent Cassel encarna a la némesis de un  Matt Damon aún más encriptado que el guion... El resultado es previsible, tratándose de Greengrass: un thriller que parece contar más de lo que realmente cuenta, pero que al menos ofrece un par de escenas de acción milimétricamente coreografiadas y que son el único motivo por el que uno estaría dos horas viendo esto.
Saludos.

miércoles, 3 de enero de 2018

Monstruos y humanos



Nacho Vigalondo es un cineasta atípico, pero dotado de una sensibilidad especial que le hace ser capaz de embarcarse en proyectos descabellados a los que va dotando de sentido. Contada, COLOSSAL es una ida de olla total; vista, una maravillosa comedia sentimental que remite a cualquier clásico de Howard Hawks o Frank Capra. Quizá no lo crean, pero se puede hacer una screwball comedy con un kaiju, un monstruo gigantesco que, sin razón aparente, aparece en Seúl después de 25 años, sembrando el desconcierto en sus habitantes. 25 años después, Gloria se va otra vez a la vacía casa de sus padres en un ignoto pueblo estadounidense, tras ser literalmente echada por su novio del apartamento en que conviven en Nueva York. Gloria es un desastre, una mujer que se niega a madurar y a la que le gusta llegar a su casa con las primeras luces, aunque quizá pueda hacer borrón y cuenta nueva después de todo. Ahora toca explicarlo todo, y es difícil. Si la película la hubiese dirigido Takashi Miike estaríamos hablando de un batiburrillo gore con explosiones y calamares gigantes, pero (sin querer desvelar nada crucial)Vigalondo consigue dar forma a una extraña analogía, la que conecta lo espectacular con lo íntimo, lo que se erige casi en una mordaz crítica a un tipo de cine comercial que desdeña contar una buena historia y prefiere abandonarse a los fuegos de artificio. Lo que surge en COLOSSAL es una mirada crítica a las trampas de la nostalgia, a la esclavitud de las relaciones humanas, y consigue que empaticemos con una Anne Hathaway soberbia, cercana como si la conociéramos de toda la vida y mucho más encantadora que cuando tenía que ser encantadora a la fuerza. Además, contiene dos o tres escenas simplemente antológicas.
Saludos.

martes, 2 de enero de 2018

Wajda. Brillo y dominio #18



KRAJOBRAZ PO BITWIE (PAISAJE DESPUÉS DE LA BATALLA) partía de la novela fragmentada de Tadeusz Borowski para emitir un juicio amargo y desesperanzado sobre la Polonia que le quedaba a los polacos tras la liberación por parte de los aliados. En concreto, Wajda se centra en un campo de concentración que no permite que nadie salga o entre mientras no se concreten las cuestiones políticas, lo que termina convirtiéndose en un suplicio para los atónitos supervivientes del campo, que no han visto cambiar su situación apenas, pero que deben escuchar a diario la heroicidad de los soldados norteamericanos, a los que tienen que adorar como a dioses. Un joven con aspiraciones literarias consigue huir junto a su joven enamorada, pero sólo para descubrir que tampoco queda nada en pie más allá de los muros del campo, por lo que se verán obligados a regresar, como si de un destino ineludible se tratase. Una película que estuvo nominada a la Palma de Oro en 1970 y que, sin ser de las mejores de su autor, ha terminado por formar parte de sus "imprescindibles", por su sarcástico tratamiento del holocausto y la certera disección de un país esclavo de su tradición y creencias, tanto como de sus múltiples opresores.
Saludos.

lunes, 1 de enero de 2018

Manual de lucha y libertad #5



Día 1 del décimo año. Bienvenidos al nuevo curso indéfilo. De la mano de Basilio Martín Patino y José Luis García Sánchez, cineastas salmantinos ambos, se convoca un exhaustivo recorrido por la capital, sus calles, sus gentes, sus viviendas y comercios, y también sus letreros, los de las calles y los comercios, que atestiguan imperturbables el paso del tiempo. Parece imposible realizar una semblanza certera y mordaz a base de imágenes documentales y la despersonalizada voz en off de los dos narradores. He ahí (de nuevo) la valía y destreza del cine de Martín Patino, en absoluto tendencioso, simplemente atento y voraz, dispuesto a ejercer de cronista fideicomiso de aquella España que empezaba a atreverse a autodenominarse con las estolas del progreso, la eficiencia y la urbanidad. Calles de cal también...
Saludos.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Rincón del freak #296: La (supuesta) belleza de una cápsula de pus



Desconozco la motivación real que puede tener alguien para ponerse a hacer algo como KUSO, el enésimo ejercicio de provocación insensata de la que salen columnas reportando eso tan manido de "gente abandonando la sala". KUSO se exhibió en el reciente Sitges y su sinfonía de granos purulentos, anos defecantes, dientes podridos y collages zombificantes apenas roza, en mi opinión, el escupitajo moral de (y pongo un ejemplo reciente) las obras de Philippe Grandrieux, al que hago un flaco favor citándolo aquí. Supongo que Steven Ellison (a la sazón creador del grupo de electrónica avanzada Flying Lotus) tenía una idea conceptual bien clara, y de hecho ha explicado que pretendía acumular cualquier cosa que le diera auténtico pavor, como las secreciones, deposiciones y fluidos corporales varios, las cucarachas, las amputaciones y la dependencia enfermiza a las pantallas de todo tipo. Lo que resulta es una desconcertante amalgama de cortos/sketches, solamente unidos por su repugnante estética y un hilo argumental cogido por los pelos: un terremoto ha destrozado Los Angeles y ha hecho emerger una especie de enfermedad incontrolable que lo ha convertido todo en una especie de mundo pútrido y degenerado. A mí me parece que Ellison ha visto mucho Lynch y que ha intentado ensayar algo parecido a ILAND EMPIRE+CABEZA BORRADORA+EL VENGADOR TÓXICO... y de ahí sólo puede salir un despropósito tal que yo recomendaría a los programadores de TVE que la pusieran justo detrás de las campanadas, a ver qué tal...
Bueno, no sean malos y no se atraganten con las uvas...
Saludos, los últimos del año.

sábado, 30 de diciembre de 2017

Una canción en falsete



Stephen Frears es, a día de hoy, lo que podemos considerar un director consagrado; a escasas fechas de su último estreno, posee una larga lista de títulos, y algunos pertenecen al imaginario popular por derecho propio. Sin embargo, un vistazo cronológico desvela a un joven aspirante a director a finales de los sesenta, que llamó la atención de algunos productores con un exquisito mediometraje, lo que le permitió rodar su ópera prima nada menos que auspiciado por la Columbia en 1971. Todo quedó ahí, ya que Frears no volvería a rodar un largo hasta mediados de los ochenta, que es la época en la que mucha gente piensa que debutó. No es así, porque su debut fue una injustamente olvidada comedia negra titulada GUMSHOE (la jerga con la que se conoce a un detective privado), una fantástica recreación de las aventuras de un Sam Spade o un Philip Marlowe, solo que el guion de Neville Smith está narrado "en diferido", y podríamos considerar que la trama detectivesca sólo ocurre en la febril imaginación de Eddie Ginley (un impresionante Albert Finney), que trabaja en un club nocturno y sueña con convertirse en detective, por lo que se le ocurre poner un anuncio en un periódico ofreciéndose como tal, sin pensar que, efectivamente, podrían requerir sus servicios, tras lo cual, Eddie se ve envuelto en una increíble trama que incluye tráfico de drogas y armas, extorsión y corrupción política. Lo maravilloso del film, sin embargo, es su quijotesca premisa: todo lo que vemos corresponde a un noir clásico, pero tan sólo como puesta en escena, por lo que lo que se nos expone es lo que quizá sólo ocurra en la mente de este "detective a la fuerza".
Si tienen la oportunidad de descubrir esta joya olvidada háganlo, merece la pena el trabajo interpretativo de Finney, la fotografía de Chris Menges o la partitura de un tal Andrew Lloyd Webber. Casi nada...
Saludos.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Pequeños terremotos



THE DAUGHTER es una producción australiana del pasado año que, pese a la buena acogida en su país de origen, pasó totalmente desapercibida en otros mercados, llegando a estrenarse en Europa casi un año después. Y ello aun contando con un estupendo puñado de actores y actrices, que suponen el punto fuerte del film, pero que no logran elevar una anodina puesta en escena y un guion que parece remitir directamente a esos amargos dramas nórdicos, en los que los secretos familiares acaban por estallar y dejar al descubierto algunos "cadáveres en el armario". La premisa principal del guion, escrito por el propio Stone, comienza con el cierre de la fábrica que ha sido el motor económico de una pequeña población durante varias generaciones; el dueño, que no tiene en quien delegar antes de su retirada, va a casarse con su joven ama de llaves y sólo piensa en su definitivo retiro, pero esta decisión costará muchos puestos de trabajo. Entre ellos está un hombre que vive junto a su mujer, su padre y su joven hija, y que se reencuentra con el hijo del dueño, que ha llegado desde Estados Unidos para asistir a la boda. Es este encuentro entre dos viejos amigos, aparentemente banal, el que provoca una serie de reacciones inesperadas, que terminan por desenterrar una repugnante verdad que los llevará a todos hacia una inesperada catástrofe. El reto de Stone es narrar todo esto con la mesura e ineligencia suficientes para no caer en la intrascendencia; y aunque por momentos lo consigue, THE DAUGHTER suena a ya vista, a esos films que ofrecen mucho y dan bastante menos, y ni siquiera su truculento final es capaz de noquear al espectador, rozando en algunos momentos incluso el burdo enredo telenovelesco. Lo mejor, sin duda, el magnífico trabajo de nombres como Geoffrey Rush, Sam Neill, Miranda Otto, Ewen Leslie o Paul Schneider.
Curiosa, pero no se pierden nada si no la ven.
Saludos.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Siempre en pie



El cine de Takashi Miike, ustedes lo saben, yo lo sé, es torrencial, excesivo, indomable y augustamente irregular. Capaz de lo mejor y de lo peor, y sin que un batacazo se note (rodando hasta cuatro películas al año es más factible), Miike congrega como nadie a fanáticos y detractores por igual, sin que parezca que esto vaya a detener su hemorragia creativa. Si hace escasas semanas estuve comentando uno de sus habituales desbarres, hoy toca uno de sus títulos mayores, o al menos a mí me parece que lo será en cuanto pase algo de tiempo y perspectiva. MUGEN NO JÛNIN (LA ESPADA DEL INMORTAL) está basada en el sangriento manga de Hiroaki Samura, otro excesivo que convoca en su amalgama visual una fascinante pureza de líneas y una desconcertante tendencia hacia el desmembramiento continuo, y que encuentra en Miike al perfecto trasladante de esta barbaridad en torno a un samurái renegado que huye del pasado junto a su hermana pequeña y asiste impotente al asesinato de la misma, jurando eterna venganza y asesinando allí mismo a más de 100 hombres, de donde sacará su terrible apodo. Justo cuando cae derrotado, una bruja le ofrece la vida eterna antes de morir; sean cuales sean sus heridas, éstas se cerrarán, sus miembros volverán a unirse y "el asesino de cien hombres" podrá continuar su sangriento juramento.
Es cierto que sus dos horas y media llegan a embotar hasta al aficionado más avisado, y que no es fácil seguir el enciclopédico listado de nombres, clanes, escuelas de samuráis y conjugarlo con unas escenas de lucha interminablemente crudas y explícitamente desagradables. Hay para todo, porque contiene momentos de bostezo junto a otros (como la larga suite inicial, filmada en exquisito blanco y negro) de una intensa belleza. No es para todos los paladares, ni se presta a más de un visionado, pero es un film que puede tener su hueco en alguna que otra vacación antinavideña...
Saludos.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Pimpampum desopilante



No sé si me termina de gustar el cineasta en el que se está convirtiendo Ben Wheatley, pero debo reconocer que al menos está poniendo todo de su parte para no repetirse innecesaria y confortablemente. FREE FIRE tiene algunas de las constantes más reconocibles de su cine, como los mordaces diálogos, la atenta disección de los personajes, su lunático sentido del humor o un interesante empleo de la temporalidad, que disloca el tiempo hasta el límite que sus actores puedan darle. En este caso, Wheatley concibe la película como un álbum conceptual, con su arranque meticulosamente articulado, su enorme e inabarcable suite y una coda que busca la complicidad del espectador tras un tiroteo que se alarga durante hora y media. Desconozco si algún director puede decir lo mismo, pero es que realmente se trata de un tiroteo de hora y media entre al menos una docena de personajes; algunos mejor escritos que otros (de lo que se beneficia el actor), pero siempre al servicio de lo que se va contando, que no es otra cosa que gente parapetándose y disparando. Aunque el germen de este "infierno desatado" es tan disparatado que puede inducir a la desconfianza. La adquisición de un arsenal de armas en el Boston de 1978 por parte de unos irlandeses da paso a un hecho lo suficientemente banal como para que todo el mundo pierda la cabeza justo cuando el trato está hecho, y en sus exabruptos y veleidades argumentales es precisamente donde radica el encanto de esta pieza de orfebrería en absoluto agradecida, ya que estira sus noventa minutos hasta límites insospechados. Y en mitad del tiroteo, con la gran aportación del score de Geoff Barrow y Ben Salisbury y un tema bien traído de John Denver, están sobresalientes Cillian Murphy, Sam Riley, Jack Reynor y (cómo no) el gran Michael Smiley, mientras que pierden fuelle unos desinflados Armie Hammer (que no pega ni con cola), Sharlto Copley (que no debería seguir haciendo el mismo papel siempre) o una desconocida y ojiplática Brie Larson, que tampoco encuentra su lugar entre el polvo y las balas. No sé, parece como cuando esos jugadores brasileños de dibujos animados son transferidos a Europa y se les va la magia al notar el frío; desconozco si Ben Wheatley está de alguna manera ultimando su reconversión a cineasta norteamericano, pero nos va a costar asimilar que así sea. De todas formas, su padrino ha sido un tal Martin Scorsese... Seguiremos atentos.
Saludos.

martes, 26 de diciembre de 2017

Wajda. Brillo y dominio #17



BRZEZINA (EL BOSQUE DE LOS ABEDULES), de 1970, es la adaptación que Andrzej Wajda hizo de la novela homónima del escritor Jaroslaw Iwaszkiewicz, autor asimismo del guion. Como si de una opereta trágica se tratase, Wajda nos interna en un claustrofóbico bosque y a su amargado guardabosques, que vive solo con su hija, evocando el recuerdo agridulce de la esposa desaparecida.  Sólo viven ellos y la extraña pareja formada por un leñador y su novia. Todos forman un círculo de intangibles anclados en el pasado y que derivan hacia una ponzoñosa mezcla de secretos inconfesables y delirios de conciencia, hasta que llega el hermano del guardabosques desde la capital, para intentar recuperarse de la enfermedad que lo está consumiendo. Mientras el guardabosques se atormenta cada día, el hermano, cantante de profesión, ensaya sonrisas falsas, toca el piano y flirtea con la novia del leñador, lo que llena de luz a la silenciosa hija del guardabosques. Mientras, la mujer, como una ninfa del bosque, se entrega incondicionalmente a quien la requiera, como antes también hizo en el pasado que ahora resurge y deja al descubierto secretos inconfesables.
Realizada para la televisión polaca, la mano de Wajda eleva el relato y lo salva de caer en lo burdo o el mismo folletín de agreste erótica; y el film que queda es un sentido e intenso galpón, en el que caben por igual el sentido de culpa y la incapacidad para asumir los errores, y que sólo encuentra una zafia alegría en la desaparición, lenta, paulatinamente segura, del hermano, quizá el único personaje inocente de la función.
Saludos.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Manual de lucha y libertad #4



Que la España de hace cincuenta años no estaba preparada para la ópera prima de un cineasta como Basilio Martín Patino se comprueba en cómo su afilado discurso, su hiriente crítica a todas y cada una de las inamovibles instituciones franquistas, lograron no ya la posibilidad de estrenarse y visionarse, sino que incluso obtuvo un más que merecido reconocimiento en el festival de San Sebastián. NUEVE CARTAS A BERTA es un fresco intimista narrado en dos claves perfectamente diferenciadas como compatibles. Por un lado, la epístola en nueve capítulos que el protagonista, Lorenzo (un jovencísimo Emilio Gutiérrez Caba, que encarna sin ambages la vivencia del propio Martín Patino) va desgranando desapasionadamente, como una amortajada letanía que evoca el sueño inalcanzable de dos paraísos invisibles, fuera de campo: Londres, donde pasó una breve temporada, y la Berta del título, encarnaciones de todo lo opuesto a la gris y férrea España de miedos agradecidos, curas de culo blando y una sobreprotección maternal asfixiante, que comenzó ahogando a su padre, antiguo revolucionario y sumido en la peor de las derrotas, el ostracismo. Así, Martín Patino nos muestra a ese Lorenzo cabizbajo, desacomodado, como la pieza que no encaja en ningún sitio, y a través de su mudo silencio cotidiano se nos abre aquella infame época a quienes no la hemos habitado directamente, pero seguimos sufriendo sus consecuencias, pues nunca se fue del todo. Los siniestros bailes del pueblo, donde el cura vigilaba a los jóvenes para que no se rozaran, los guardias civiles (aquellos, que lo son tanto como estos) aferraban sus fusiles y los tunos beodos daban paso a la reina de las fiestas, que con sonrisa imbécil anunciaba que dejaba los estudios para casarse, entre vítores satisfechos. Con la excusa machadiana, la cultura, la inteligencia, la crítica, la libertad en suma, son los grandes derrotados de esta amarga pero tan necesaria película; esta España nos dejaron, para que algunos, demasiados, la estén reclamando otra vez y no nos demos cuenta de que ya entera nos helará el corazón...
Excepcional. Obra maestra absoluta.
Saludos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!