domingo, 20 de enero de 2019

Rincón del freak #339: La superyonki preñada contra los traficantes alienígenas



La cosa es como sigue: Dos chavalas... Bueno, en realidad dos cuarentonas que creen seguir en la adolescencia, se ponen ciegas, comen donuts, se ponen ciegas, bailan en garitos con paredes de atrapamoscas, se ponen ciegas, duermen y continúan al día siguiente. Sus compañías son yonkis y traficantes, y sus conversaciones tienen la misma pulsión metafísica que la de una ameba a punto de morir. Lo terrible de una cosa como ANTIBIRTH es que uno no llega a explicarse cómo diablos han convencido a dos estupendas actrices como Chloë Sevigny y Natasha Lyonne para enrolarse en esta imbecilidad en grado sumo, que se nos dice de terror pero es tan patética que ni siquiera da risa. Sin que sepamos en ningún momento por qué, una de las cuarentonas, politoxicómana, empieza a tener síntomas de un embarazo, aunque su vida sexual sea, según ella, inexistente. Luego, lo de siempre, las transformaciones físicas, la promesa del feto monstruoso y esas cosas, con una historia de alienígenas que no hay por dónde cogerla. Un despropósito terrorífico, y no porque dé miedo, sino por lo mala que es. Y se salva un pelín por los absurdos esfuerzos de Lyonne por insuflar algo de credibilidad a algo que (permítanme el chiste fácil) ya nació muerto.
Ni se les ocurra verla.
Saludos.

sábado, 19 de enero de 2019

A trompicones



Me decidí a ver THE HAUNTING OF HILL HOUSE casi por la única razón de que se trataba de una serie autoconclusiva de diez episodios, con la esperanza de despacharla rápidamente, teniendo en cuenta la pereza que una serie de larga duración me produce. Seré conciso, en su honor. La serie está bien, a trompicones, apoyada en unas buenas interpretaciones, a trompicones, y un guion que se va creciendo, cómo no, también a trompicones. No estoy restando méritos, sino más bien ponderando cuáles son los aciertos, ya que no creo que el conjunto merezca demasiados rapapolvos, pero no puedo alejarme de cierta idea de desmembramiento estructural, y es curioso, ya que toda la serie está dirigida por Mike Flanagan, al que sólo conocía por aquello de las ouijas, donde ya mostraba su extraña fijación por los huesos desencajados y esas cosas. Mi impresión es que uno no se mete de verdad en la historia hasta pasados tres o cuatro episodios, ya que el protagonismo está repartido casi unánimemente entre los siete integrantes de la familia Crain, que adquiere una gigantesca mansión a precio irrisorio, con la idea de restaurarla y venderla a lo bestia, mientras todos pasan el verano en ella, sin sospechar que encierra un terrorífico secreto que penetrará en ellos hasta el punto de transformarlos a su antojo. O más o menos, porque así contada parece la típica historia de casa encantadas, fantasmas y gente asustándose, pero todo lo bueno que tiene la serie reside precisamente en las complejas relaciones entre los padres y sus hijos, lanzando la peregrina idea de que la gran diferencia que existe entre ellos es, de alguna manera, usada por la casa con oscuras intenciones. Hay muchísimos flashbacks, una cierto y rígido manierismo a la hora de presentar a cada personaje y demasiados momentos intrascendentes. Por contra, me parece excelente la mesura de los escasos momentos de terror y la apuesta por crear una atmósfera malsana y opresiva. Y lo mejor, aparte del ya famoso y multicomentado capítulo seis, son algunas escenas tremendamente teatrales, con un buen pulso en la dirección de actores.
¿Es recomendable? Sí, si no esperan salpicarse de sangre, porque no va por ahí.
Saludos.

viernes, 18 de enero de 2019

Lo que podría haber sido



Me incluyo, sin dudarlo, entre los que, admirador como soy de la obra y persona de Edgar Neville, considero como verdadera fuerza motriz de LA VIDA EN UN HILO, de 1945, el fantaseo constante de este maravilloso librepensador, tan ajeno a la grisura de aquel país que es éste, con esa posible España que se rozó con los dedos y se difuminó con la victoria de de un golpe de estado. Hábil como era Neville, lo que parece ofrecer es una chispeante y modosa comedia clásica, muy al estilo americano, eso sí, con todo lo insólito y novedoso que aún eso era para el sitio y momento. Sin embargo, el argumento se presta a una lectura aguda y mordaz, incluso malpensada, diría yo. Ella es una joven sin más agobios que encontrar un marido pudiente y atento, y vivir todo lo bien y desahogado que pueda, con tardecitas de café y chismorreo, sábados de orquesta y domingos de paseíto después de misa. Tras enviudar de su marido, un ingeniero vasco, noble pero aburrido, sin ingenio y siempre pendiente de mantener las apariencias ante su rancio entorno, la joven vuelve del entierro en tren, donde conoce (¡atención!) a una adiestradora de patos ¿?, que además es adivina, y que le relata en el trayecto cómo habría sido su vida si en vez de aquel marido, al que conoció cuando le ofreció un taxi, hubiese aceptado a otro hombre que también se lo ofrecía, un escultor sin fortuna, pero absolutamente encantador y jovial. Y, como si tuviésemos delante a Rosalind Russell dudando entre Cary Grant o James Stewart, dirigidos, también quizá por Wilder, la fantástica Conchita Montes dirimía la conveniencia de irse con Rafael Durán o Guillermo Marín. Así, quizá, podría haber sido España, pero le ofrecieron el taxi equivocado, o al menos eso nos parece a algunos...
Saludos.

jueves, 17 de enero de 2019

Clément de pleno #18



La penúltima película dirigida por René Clément fue un curioso thriller titulado LA COURSE DU LIÈVRE À TRAVERS LES CHAMPS, que, sin ser ninguna obra maestra, tiene los suficientes hallazgos como para afirmar que la carrera del director francés se sostuvo con gran dignidad hasta el final. Un título se me vino insistentemente a la cabeza mientras la veía, LOS ODIOSOS OCHO, de Tarantino, al que no paran de salirle referencias en el pasado a poco que uno indague con constancia y curiosidad. Con un arranque frenético, muy en la línea de Sergio Leone, el film enlaza a un niño que llega a un barrio marginal de Marsella, donde intuímos que le harán la vida imposible (introducción rodada íntegramente sin palabras) con la frenética huida de un hombre de un grupo de gitanos en Montreal, dispuestos a matarle por motivos que sólo serán revelados mucho después. En una carambola del destino, este hombre se encuentra con en mitad de un tiroteo, en el que un hombre abatido le entrga una suma de dinero por error; sus compinches se lo llevan, pensando que está involucrado en el tiroteo, para que su jefe, escondido en una apartada casa en el bosque, decida qué hacer con él. El título hace referencia a cómo este hombre huye constantemente, y aunque es capaz de convencer a la banda de que no tiene nada que ver con la pérdida del dinero, no puede huir de la casa, ya que los gitanos que lo perseguían lo acechan sin descanso en los alrededores, por lo que decide quedarse y ayudar a la banda en un descabellado golpe final. Y, efectivamente, el guion es desquiciado, imprevisible y enrevesado, repleto de personajes de una pieza y saltando de un género a otro, y sólo se le achaca una excesiva duración (más de dos horas), porque se podría haber contado lo mismo en menos tiempo. En el reparto sobresale el protagonismo compartido de Jean-Louis Trintignant con un taciturno y crepuscular Robert Ryan, perfecto reflejo del viejo cowboy harto de todo. No sé, es una película cuyo jugoso guion necesitaría un buen remake, y que pese a su aspecto algo descuidado tiene algo que la hace especial y que hace que quieras volver a verla, por si se te ha escapado algo. Se podría haber hecho mejor, sí, pero también podría haber quedado relegada al cajón de los proyectos inabordables.
Saludos.

miércoles, 16 de enero de 2019

O cinema ao lado #6



Todos los grandes artistas, en mayor o menor medida, han optado por buscar su propia voz a través de unas variaciones sobre el mismo tema. Sea por obsesión, refinamiento o simple coherencia, son muchos los ejemplos de cómo toda una obra se ha ido construyendo al rededor de un mismo tema, definiendo los contornos del propio artistas. Y uno de los ejemplos más reconocibles, reconocidos y estimulantes que ha dado el cine, se encuentra en la filmografía del portugués Pedro Costa, que sólo en contadas ocasiones ha abandonado el que es su tema más recurrente. Tomando el punto físico de un Cabo Verde que siempre es evocado por las palabras como escupidas al aire por el fantasmal Ventura, zombificado testigo del trágico destino de su patria y compatriotas, Costa invoca toda una mitología repleta de canciones y claroscuros, reproches y añoranzas de un tiempo y un lugar que se han quedado en el limbo de la memoria. CAVALO DINHEIRO, es, hasta el momento, el último puerto de esta monumental saga, iniciada hace varias décadas y situada en el suburbio lisboeta de Fontainhas, en este caso convertido en una especie de purgatorio apocalíptico, donde un Ventura viejo y enfermo vomita sus recuerdos sin ningún tipo de coherencia, mezclando presente y pasado, errando en los nombres de sus conocidos o repitiendo obsesivamente el estribillo de una canción que nunca existió. Una película instalada en su propia y tenebrosa poesía, atormentada pero también dotada de un inexplicable sentido del humor. Por supuesto que no es para todos los paladares, pero eso ya lo sabíamos cuando descubrimos el cine radical y transgresor de Costa...
Saludos.

martes, 15 de enero de 2019

Amor de quita y pon



No alcanzo a comprender el cometido de una película como THE LOVERS, o al menos no le veo la gracia como comedia ni atisbo la supuesta amargura de su trasfondo, tan escurridizo como su guion, que va haciendo aguas a medida que avanza esta insulsa "dramedia" acerca de un matrimonio de mediana edad en plena crisis. Esto lo han hecho mejor muchos otros directores (y ni pienso rozar a Bergman, por dios), o al menos lo han hecho más valientemente, que es lo menos que se pide cuando de retratar las cenizas del amor se trata. Y es curioso, porque hay una inquietante analogía escondida tras lo que se nos vende, que es el típico film de enredos desde que conocemos que ambos tienen un amante, pero ninguno se decide a dar el paso de dejar al otro, y entre medias, de manera totalmente absurda, redescubren la pasión perdida. Yo lo que veo es a un par de cómodos mentirosos, instalados en su burguesa y cómoda mediocridad, y jugando a gastar ese penúltimo cartucho en la recámara. Nada de malo si el director y guionista se decidiera él mismo a dar un paso adelante y voltear una trama que cada vez es más intrascendente y previsible. A Debra Winger se la ve perdida, y Tracy Letts hace lo que puede por insuflar algo de veracidad a unas escenas francamente desvaídas. Mención aparte para la horripilante música de Mandy Hoffman, y no tanto por la música en sí, sino porque ésta suena tanto y tan a destiempo que termina por ser un incordio.
Si se la pueden ahorrar, háganlo.
Saludos.

lunes, 14 de enero de 2019

Luchadores por la paz



El cine de Johnnie To siempre ha sido difícil de detectar, moviéndose con insolencia entre la constancia de las grietas existentes en el cine de género, por donde ha sido capaz de introducir elementos aparentemente inauditos, cuando no directamente antagonistas. En Sitges se pudo ver THROW DOWN, de 2004, una película que ha permanecido en un ostracismo tal que ni siquiera los seguidores del director hongkonés la citaban en importancia. Su argumento podría entrar dentro de lo original, lo insólito o incluso lo descabellado, y quizá le sean imprescindibles un par de visionados para entender su trasfondo. Cuenta la historia de un antiguo campeón de Judo que, retirado, trabaja en un club nocturno, donde intenta olvidar su pasado en interminables noches de alcohol. Hasta allí llegan una joven aspirante a cantante y un saxofonista que en realidad es un admirador suyo, que intentará convencerlo para tomarlo como maestro. Lo lógico sería pensar en un film más de artes marciales, pero To le da un aire decadente y onírico en torno al club, por donde pasan amigos y rivales de este antihéroe, incapaz de retomar las riendas de su vida. Una película inclasificable y amarga, pero también poseedora de un extraño sentido del humor, y cuya recuperación ha sido un pequeño impacto, además de una saludable noticia acerca de la labor emprendida por según qué festivales.
Saludos.

domingo, 13 de enero de 2019

Rincón del freak #338: Pesadilla en Oxford Street



DREAM DEMON fue una curiosa producción británica que obtuvo cierta repercusión hace ya tres décadas, por la explícita referencia al mundo onírico que Wes Craven inició un lustro antes con sus "pesadillas". La película sufrió un montaje criminal, hasta que su director, el estadounidense Harley Cokeliss, logró estrenar un necesario "Director's cut" en el pasado festival de Sitges. Cokeliss, que fue director de segunda unidad en EL IMPERIO CONTRAATACA, desarrolló casi toda su carrera en Europa, donde encontraba mayor libertad para rodar, pero esta película en concreto tenía una serie de condicionantes que la convirtieron en una cinta casi maldita, y que desapareció de los circuitos comerciales tras hundirse en las catacumbas del VHS. La premisa es interesante, mixturando las escenas en las que la protagonista experimenta una serie de pesadillas que parece estar viviendo realmente, con la inclusión de una especie de trauma infantil que ha permanecido oculto hasta el momento en el que debe decidir si ha de acceder a casarse con un hombre al que no está segura de amar. Toda la primera parte del film mantiene el interés, gracias a la extrañeza emanada de unas imágenes francamente perturbadoras y unas interpretaciones más que dignas, incluyendo a un incipiente y por entonces desconocido Timothy Spall. El problema surge cuando llega el momento de dar las explicaciones pertinentes, y ahí el film baja enteros, conformándose con los maquillajes excéntricos y las damas asustadas, como Craven pero más cutrecillo. No es ninguna bazofia, es cierto, pero tampoco creo que sostenga la aureola de "film mítico" que algunos están empeñados en otorgarle.
Saludos.

sábado, 12 de enero de 2019

Por amor al arte



Danny Fields descubrió lo que otros no veían, lo que décadas más tarde todos hemos rendido como admiradores, pero entonces nadie lo vio como él ¿Pero quién era Danny Fields? Por este orden, y según sus propias palabras, un joven judío con excelentes calificaciones pero que se hartó de la vida académica para enrolarse en mutitud de publicaciones de lo que a mediados de los sesenta empezó a conocerse como pop. Suponemos que era un publicista, pero ahora sabemos que es mucho más. Que se codeó con toda la escena neoyorquina, con Warhol y la Velvet, y que le produjo un disco a Nico. Que vio antes que nadie el talento de The Doors y se llevó de la mano a MC5 y The Stooges. Poca cosa. Y con esos mimbres, que no es más que la punta de todo lo que ha vivido este señor, no hay derecho a que se haya hecho un documental tan convencional y poco imaginativo, que es la sensación que queda tras ver DANNY SAYS, donde el 90% son instantáneas que todo el mundo conoce, algunos subtítulos explicativos y algunas intervenciones de gente hablando estupendamente bien de un tipo tan interesante que es incapaz de hablar bien sobre sí mismo. No sé, me parece una gran oportunidad perdida, porque no había más que poner una cámara delante suya y un micrófono, seguro que él hubiese hecho el resto, como siempre hizo...
Saludos.

viernes, 11 de enero de 2019

Pequeñas esperanzas



Nada menos que treinta años cumple LA VIE ET RIEN D'AUTRE, en la que Bertrand Tavernier abundaba en uno de sus temas capitales. El sinsentido de la guerra, las ínfimas pero cruciales muestras de humanidad donde ésta ha sido pisoteada y las necesarias reflexiones que llevan a pensar que nunca hay ganadores, tan sólo derrotados. Es éste un film atípico, puesto que Tavernier lo sitúa dos años después del fin de la Primera Guerra Mundial, y se centra en la figura de un comandante, Dellaplane (un inmenso Philippe Noiret), al que se le ha asignado la ingrata tarea de recuperar e intentar identificar a los numerosos soldados franceses caídos en combate y que aún entonces seguían desaparecidos. Dos sucesos hacen tambalear la metódica vida de Dellaplane: el requerimiento del gobierno francés de elegir al soldado desconocido que quedará inmortalizado a los pies del Arco del Triunfo y la llegada de una misteriosa mujer (Sabine Azéma), de porte aristocrático, con la intención de encontrar a su marido, de quien no sabe nada desde el fin de la guerra. Tavernier elabora un inteligente y sutil discurso antibélico, sin destruir puentes, con su emocionante humanismo como estandarte principal y apoyado en sus intérpretes, que parecen afectados por la desorientación de aquel sangriento conflicto, e incapaces de definir cuál ha de ser su nuevo lugar en un mundo que ya no es el mismo. Una película densa, exigente, pero al mismo tiempo cargada de elocuencia y sinceridad, sobre todo en una parte final imponente, que yo colocaría como algunos de los más grandes minutos filmados por este maravilloso director, al que nunca me cansaré de reivindicar como merece.
Saludos.

jueves, 10 de enero de 2019

Clément de pleno #17



En 1971, René Clément, que tenía una reputación intachable, filmó LA MAISON SOUS LES ARBRES, un tibio thriller que sólo sobresalía por su pareja protagonista, Faye Dunaway, que estaba en lo más alto de su carrera, y un jovencísimo (e irreconocible) Frank Langella, que interpretaban a un inestable matrimonio estadounidense que, por motivos de trabajo de él, viven en París. Ella, de carácter infantil y descuidado, sólo disfruta jugando con su hijo pequeño como si realmente tuviera su edad; él, más maduro y cerebral, pasa más tiempo con su hija mayor, que es muy madura para su edad. La película picotea tímidamente en el elemento psicológico, abundando en los problemas emocionales de la mujer, aunque quien más cosas oculta es el marido, que aparentemente trabaja para una anodina editorial, pero que en realidad arrastra un pasado vinculado a una oscura organización que se dedica a espiar y extorsionar empresas, y que ante la negativa de una nueva colaboración secuestran a sus dos hijos, haciendo parecer que ha sido un fatal descuido de la madre. La película no está tan mal, pero tiene un ritmo atropellado y apresurado, como si hubiese sido rodada a toda prisa, por lo que ha pasado a la historia como uno de los títulos prescindibles de su autor.
Saludos.

miércoles, 9 de enero de 2019

O cinema ao lado #5



Despojada de su virtuosidad formal, de sus desgarradas interpretaciones, y de su "trascendencia de la cotidianidad", quizá haya algún miope capaz de quedarse tan sólo con el sagaz tratamiento folletinesco, rayano incluso en el culebrón de trazo grueso, al que Joao Canijo somete las avasalladoras imágenes de SANGUE DO MEU SANGUE, que en 2011 conquistó el Fipresci en San Sebastián y fue una de las obras más aclamadas de aquel certamen. Tomando prestadas las directrices, por ejemplo,  de Edward Yang y su cine coral que aspira a radiografiar el lado más íntimo de sus personajes, seres de carne y hueso, vulnerables pero poseedores de la verdad inmutable de quienes forman ese tejido social que no solemos ver cuando de espectáculo hablamos. Es, quizá, el único pero de esta formidable película, cuyas dos horas y media pasan con la fluidez de sus diálogos, a veces superpuestos, dando paso a otros que aparecen por simple cercanía física, un salto mortal que recoge también trazas del mejor Altman para poner en pie un ínfimo fogonazo en la existencia de una familia de extracción humilde, cuyas vicisitudes adquieren una dimensión universal bajo la lupa de un narrador excepcional como Canijo, que acumula una trayectoria impecable desde hace ya tres décadas. Sí, están esos momentos que parecen sacados directamente de cualquier culebrón venezolano, cuando no recargados de un ornamento al que hay que saber sacarle finamente la intencionalidad, que no es otra que inyectar elementos ajenos, cual alquimista, para alterar este pedazo de vida palpitante, siempre en la arriesgada frontera de lo que huele a falsedad, a impostación, precisamente por el celo de no permitirnos que nos perdamos un solo instante de estas vidas, a las que es imposible no tomar como propias, aunque sólo sea durante ese momento.
Obra maestra.
Saludos.

martes, 8 de enero de 2019

Atril mineral



Nada menos que ocho años tardó Panos Cosmatos en estrenar su segunda película, ya que la primera, BEYOND THE BLACK RAINBOW, es de 2010, aunque su repercusión dista mucho de considerarse mínimamente relevante. Y, vista hoy, y a menos que la tratemos (benévolamente) como una especie de cuaderno de pruebas para MANDY, sin ser decepcionante, sí que ingresa directamente en la magra lista de "extravagancias prescindibles", también llamadas "cine de gente sin abuela"... Su mezcla de futurismo claustrofóbico (me recordó, sobre todo, a THX 1138, de George Lucas), obsesión por la estética modernochentera (otra vez el film se abre con la cifra 1983) y jugueteo con el horror cósmico lovecraftiano, termina por ser estomagante casi por fuerza y por mucho que nos esforcemos por valorar el despliegue de medios visuales, acertado sólo a veces. La trama no es que sea mínima, que también, sino que se repite una y otra vez, al menos durante la primera parte del film, mientras que la segunda eleva un poco las pulsaciones a base de truculencia malsana. Sí, la estructura es calcada entre ambos trabajos, y si en la de ayer el despendolamiento lo ponía un desaforado Nicolas Cage con una sed de venganza infinita, aquí pasa lo mismo pero en la figura de una especie de mad doctor que sufre una extraña ¿mutación genética? ¿metamorfosis diabólica? Lo mismo da, pues cada secuencia está programada para golpear los sentidos, aunque de manera directa, sin ningún giro narrativo ni ensayo de extrañeza perceptiva. El resultado es una estimable ópera prima en el espectáculo meramente visual, pero con un argumento que, despojado de todo artificio, es ñoño y mundano a partes iguales. Aun así, a Cosmatos hay que echarle el ojo, aunque también exigirle algo más de originalidad, claro.
Saludos.

lunes, 7 de enero de 2019

El silbido del burro



Si te da por ayuntar a Rambo con Lovecraft, a Rice Burroughs con Mad Max, invocas al último Winding Refn esnifando a Clive Barker, compras un montón de lentillas de pupila dilatada y metes con calzador el drone de Sunn O))), lo de menos es ver a Nicolas Cage en postura, una vez más, de protegerse del sol y saturando de encías la pantalla mientras padece en calzoncillos un dolor que sólo el vodka barato puede mitigar. O no. Todo esto, y poco más, es MANDY, por lo visto la última barrabasada del cine yanqui, aunque de yanqui tiene poco, ya que fue filmada en Bélgica y su autor nació en Roma y tiene la nacionalidad canadiense. Y hablando de Panos Cosmatos, que decía yo que me sonaba ese nombre, y mira tú por dónde resulta que es el vástago de George Pan, que asimismo fue el director de RAMBO... Y vuelta a empezar ¿o no va esto de eso precisamente? De no tomárnoslo todo en serio, digo. Algunas veces me chirrío al leerme hablando solemne de tal o cual película, cuando en realidad ni siquiera le había estado prestando atención. No es el caso, porque MANDY contiene un montón de hallazgos, casi todos visuales, pero que a mi entender quedan prácticamente enterrados bajo una catarata de saturación cromática, desborde auditivo y un guion que... Qué diablos, el guion es lo mismo de siempre pero condicionado por todo lo antes expuesto. No sé, es una película muy rara, pero no porque yo no haya visto cosas similares antes, sino porque en un momento dado llegas a dudar de si te están tomando el pelo y en realidad no se trata más que de una broma posmoderna ¿Qué más puedo decirles?... Véanla, y seguro que no coinciden en nada conmigo, pero eso es lo adorable del cine, que incluso un burro sepa cómo tocar una flauta...
Saludos.

domingo, 6 de enero de 2019

Rincón del freak #337: Asesinos y divinos



Larry Cohen ha pasado a la historia como uno de esos directores de discutible talento, pero que en cambio eran capaces de embarcarse en proyectos demenciales, que eran los que abundaban en las papeleras de las productoras. Su caso es curioso, porque Cohen entendía el cine como un amasijo de tendencias en el que puede caber de todo, desde el melodrama al policíaco, del terror cutrecillo a la crítica social. Es en esta amalgama donde encontramos productos tan inusuales como GOD TOLD ME TO, una película tan rara que yo no sabría atribuirle ningún género, o tendrían que ser varios, dada la confluencia de estilos que contiene. La cosa empieza bien, con un tipo disparando indiscriminadamente desde una azotea y proclamando que es "Dios quien se lo ha dicho"; a partir de ahí entra en juego el personaje principal, un detective que se obsesiona con la ola de crímenes que se están produciendo por mandato divino. La investigación no puede ser más estrambótica, ya que le lleva desde los bajos fondos a una residencia de ancianos (no me pregunten por qué, pero al menos podemos ver a una anciana Sylvia Sidney). Luego a Cohen, que también firmó el guion, se le fue la olla del todo e introdujo el elemento extraterrestre, por lo que quizá no era dios, sino un marcianito el que dictaba la orden de matar... Un despropósito que culmina en todo lo alto, con una especie de Jesucristo refulgente, que no es otro que el ínclito Richard Lynch con peluca rubia, y Tony Lo Bianco intentando que su apellido italiano valga la pena en esta maravilla de la incongruencia.
Magnífica para el día de Reyes, por supuesto...
Saludos.

sábado, 5 de enero de 2019

Por ser tú



El tema del doble siempre ha estado muy presente a lo largo de la historia del cine; y si ya entroncamos con la suplantación de personalidad aún más; y no digamos si lo completamos con la rivalidad entre actrices, que es un tema que ha dado títulos míticos. ALWAYS SHINE no es ninguna obra maestra, y tampoco creo que haya inventado nada nuevo que no hayamos visto ya. Ésta es una película pequeña, modesta, un debut sustentado en el trabajo de dos actrices en alza, Caitlin Fitzgerald y Mackenzie Davis, y sobre todo esta última, cuyo carisma llena cada hueco de una pantalla algo huérfana y a la que se le reconocen las carencias de la falta de oficio. En lugar de ello, Sophia Takal ensaya un fantasmal ejercicio de extrañeza ambiental, saturado de primeros planos y un score muy inquietante a cargo de Michael Montes. Incluso el montaje se adentra tímidamente en arenas movedizas del inserto vehicular, y todo para ilustrar la pequeña historia, casi una anécdota, de dos amigas, actrices de tercera fila, que se van de fin de semana a un apartado retiro rural para recargar pilas y retomar su amistad. Sin embargo, lo que sale a flote es un sentimiento malsano, el de la que no tiene tanto éxito como la otra y piensa que es injusto, o aún peor, que sus papeles son obtenidos por adoptar un carácter dócil y sumiso, mientras que su fracaso lo es por mantener posiciones fuertes y exigentes. Al final, una historia que necesitaba algo más de gestación y calma se precipita en decisiones de urgencia, y lo que queda es un buen boceto, interesante y con buenas actuaciones, pero con muy poca chicha.
Saludos.

viernes, 4 de enero de 2019

La interminable búsqueda del porqué



Permítanme recomendarles una serie, algo que no suelo hacer muy a menudo, pero que en este caso creo que queda totalmente justificado. Creada por Joe Penhall, aunque con el epígrafe inequívoco de David Fincher, que dirige los capítulos cruciales, MINDHUNTER es una de esas extrañas exquisiteces que, de tanto en tanto, les da por aparecer en el momento más inesperado, y posiblemente con la estimulante intención de crear un pequeño seísmo en el panorama de las series, que empiezan a sufrir de ombliguismo extremo. Con un planteamiento insólito, que parte del libro autobiográfico del agente del FBI John Douglas y el escritor Mark Olshaker, se centra en el trabajo de dos agentes que son reclutados para iniciar una especie de "estudio a gran escala" de los más importantes asesinos en serie que se encuentran en prisión, con el fin de elaborar la posibilidad de un indagamiento en el porqué de sus acciones, y así intentar ir siempre un paso por delante del posible criminal. La serie es compleja porque así lo requiere, y ahuyentará a quien busque escenas de acción facilonas e impactantes; en lugar de ello, lo fascinante proviene de los interminables diálogos, y no sólo entre los agentes y los criminales, sino también entre ellos, con otros policías, empleados de cárceles, psicólogos, e incluso con sus propios familiares. Todo ello enriquece la textura de una serie que sabe exactamente el terreno que pisa y lo pone al servicio de una narración de gusto y paciencia infinitos, lo que se agradece una barbaridad en tiempos de urgencia injustificada. Además, los actores están fabulosos, con algunas caracterizaciones simplemente soberbias y sobre las que merece la pena informarse en paralelo. Además de algunos momentos que ponen los pelos de punta prácticamente sin mostrar nada truculento, y que yo me permito enlazar directamente con el camino iniciado por Fincher en ZODIAC, que me parece el precedente más claro de esta fantástica serie, cuyos diez episodios nos han dejado con ganas de mucho más, aunque Netflix (sí, sí, Netflix haciendo buenas series) tiene anunciada una segunda temporada para este mismo año. Esperaremos impacientes...
Saludos.

jueves, 3 de enero de 2019

Clément de pleno #16



En LE PASSAGER DE LA PLUIE, René Clément ensayaba una especie de thriller "provincial", muy en la línea de lo que ya llevaba años haciendo Claude Chabrol, aunque dotando al film de un aire menos corrosivo y recargando las ironías y el juego de las apariencias. El arranque es lo mejor de la película, dibujando una pequeña y apartada localidad costera, que se intuye rebosante en verano, pero que en ese momento es casi un pueblo fantasma, en el que no para de llover y en el que vive Melancolie, casada con un piloto que siempre está fuera y con la única compañía de su madre, amargada y alcohólica. La presencia de un inquietante extraño que parece vigilarla culmina en una desapacible noche: sola en casa, el extraño entra en su casa, la agrede y la viola, pero ella consigue matarlo y lanzar su cuerpo al mar e intentar olvidar tan traumático suceso. Hasta aquí, el film mantiene un interés considerable, pero bruscamente gira hacia otro terreno, el del thriller psicológico, con la aparición del misterioso personaje interpretado por el hierático Charles Bronson, que parece saber todo lo que Melancolie ha hecho, e intentará arrancarle una confesión que le lleve hasta un supuesto botín que portaba el tipo que mató. La película tiene momentos muy logrados junto a otros que recuerdan a un Hitchcock pasado de vueltas, y aunque Clément es un director al que es difícil encontrarle fisuras, la parte final se alarga en exceso y empieza a meter personajes con calzador, mientras que otros que podrían ser fundamentales, como la madre, desaparecen o quedan en anécdota. Un film, ya digo, que puede apasionar o irritar, según los estados de ánimo, y que pese a que ha quedado algo relegada en la filmografía de su autor, ese año, en 1970, ganó nada menos que el Globo de Oro a mejor película extranjera.
Merece la pena echarle un vistazo, incluso pese a la insoportable música de Francis Lai...
Saludos.

miércoles, 2 de enero de 2019

O cinema ao lado #4



Lo que más sorprende en A ÚLTIMA VEZ QUE VI MACAU es su insólito formato, a medio camino entre el documental, la evocación onírica y la fantasía romántica, un crisol de sensaciones que sigue el hilo conductor de un personaje invisible (el propio codirector Guerra da Mata) que viaja a la antigua colonia portuguesa atendiendo a la desesperada carta de su amiga Candy, una cabaretera transexual que desaparece en misteriosas circunstancias. Esta mínima trama permite a sus directores propulsar un cuento repleto de escondrijos emocionales e imágenes que casi parecen sacadas de otro planeta o de un tiempo muy futuro. Una especie de ejercicio de hipnosis narrativa donde fondo y forma se entrelazan y solapan para crear un tejido fílmico inclasificable, pausado pero nunca monótono, y donde el cinéfilo puede deleitarse rastreando los espectros de von Sternberg y Jane Russell, como si 1952 aún no hubiese pasado, o nos esperara tras las brumas que ocultan edificios y personas, o mitos y realidades alternativas...
Sólo por su demoledoramente bella fotografía merece la pena ver esta extrañísima joya de coleccionista.
Saludos.

martes, 1 de enero de 2019

Una demencia sensata



Bueno, avisamos antes de nada que hoy empezamos nuevo curso (¡el decimoprimero!) y lo hacemos con Lars von  y su nueva propuesta, para que después digan que le tenemos manía al realizador danés. THE HOUSE THAT JACK BUILT no cuenta prácticamente nada (y ni siquiera de una manera distinta) que no estuviese ya en ANTICRISTO o MELANCOLÍA, aunque el referente más potente me parece que lo encontramos en el díptico NYMPHOMANIAC, quizá por su talante de cuasi diario subjetivo contado en primera persona y punteado por un diálogo en off, que aquí permanece invisible hasta sus últimos y sorprendentes minutos. La propuesta indaga en la compleja personalidad del Jack del título, un asesino en serie con Trastorno Obsesivo Compulsivo que va mostrando un sangriento corolario de atrocidades varias, puede que con fines terapéuticos o simple capricho estético. A von Trier ya le tenemos cogido el truco desde hace algunos años, y sus películas se parecen demasiado unas a otras como para esperar que vaya a cambiar por nada; le viene bien esa imagen que se ha cincelado de misántropo desencantado pero incapaz de renunciar al placer de una imagen bien filmada. Y aquí hay mucho de eso, de composiciones, puesta en escena y resoluciones a modo de soluciones, como si el director nos quisiese mostrar su propia personalidad a través de la de este sangriento y amoral personaje. Es curioso, pero creo que tiene escenas francamente divertidas, como los primeros y algo chapuceros asesinatos, como si Jack clamara or ser descubierto pero nadie le presta atención. Además, Matt Dillon ofrece un recital de contención y salvajismo antológico, logrando que siempre queramos saber un poco más sobre él. Quizá es demasiado larga, y también algo engreída de lo mucho que reluce en algunos pasajes, pero a esto ya estamos acostumbrados; aun así, reconozco que no es precisamente de lo más aburrido de este señor, y eso podemos anotarlo como un logro importante. Además, el desenlace, lo digo ya, es una pasada...
Saludos.

lunes, 31 de diciembre de 2018

¿Sabor o textura?



Hay cosas que me resultan aún más inquietantes que descubrirme a mí mismo tecleando esto a apenas unas horas de despedir el año. Por ejemplo, darle vueltas al porqué de la necesidad de catalogar cada cosa que hacemos, lo que vemos o escuchamos, y el rechazo inmediato hacia lo incatalogable. UNDER THE SILVER LAKE es la película perfecta para continuar la senda de IT FOLLOWS, pero es una película que causa un rechazo inmediato y casi unánime ¿Por qué? ¿porque no se entiende? ¿Y qué hay que entender? Creo que David Robert Mitchell no es un gran narrador, ni tampoco intenta convencernos de ello, sin embargo posee un toque que lo separa de toda normalización, y por tanto de lo catalogable. Digamos que estamos ante una ensoñación, un relato lisérgico, una metáfora disfrazada de cine negro o simplemente ante el enésimo intento de trasladar el alma de James Joyce, su Ulises, a un cine más o menos convencional. Y aunque todos y cada uno de los motivos que aparecen en la película (y son muchos) me parecen fascinantes, ni siquiera he gastado un segundo en buscar correspondencias o explicaciones de andar por casa. No, prefiero quedarme con la magia de un cineasta que se sostiene sobre el mismo e inexplicable y abismal vacío narrativo que, por ejemplo, el Hitchcock de VERTIGO, que es de donde creo que viene la esencia de este galimatías tan seco y duro como en ocasiones emocionante y enternecedor. No sé, porque creo que me he reconciliado incluso con Andrew Garfield, un actor al que normalmente no soporto pero que aquí borda al protagonista, tan apasionado como desnortado, buscando a una chica que quizá ni siquiera llegó a conocer, y desmigajando todo el camino de baldosas amarillas, el que lleva desde el cartel de Hollywood (esencial fotograma) hasta un pequeño microcosmos de apartamentos con piscina en el medio. Aspiraciones, desengaños, apariencias, sueños y mentiras del mundo irreal que tantas veces nos han hecho pasar por ideal y anhelado. El protagonista no hace más que eso, buscarle una explicación coherente a todo para saberse seguro en un mundo que no entiende; la mayoría de gente que haya visto UNDER THE SILVER LAKE también lo seguirá haciendo un buen rato después de los títulos de crédito. Yo prefiero quedarme con la textura agradable de un regalo en formato visual de un director que posee un discurso propio y expansivo...
Y esto ha sido todo, al menos por este año. Que ustedes lo sigan disfrutando.
Saludos.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Rincón del freak #336: Ni para ir al WC...



Sólo a un desafecto navideño se le ocurriría cerrar la sección dominical del presente curso con una cosa como LA MANSIÓN DE LAS SIETE MOMIAS. Archidiabólico título al que yo añadiría multitud de añadidos, como "Aventuras y desventuras de Blue Demon y Superzan contra (nada menos ¿eh?) el Diablo (con cuernos y todo), un magnate vestido de mariachi y una paralítica con frufrúnelrostro". No está mal, y además están las momias, que son más de siete y parecen los primos anémicos de los zombis lentorros de TWD. Y sale Manuel Palacios "Manolín", ignoto cómico mexicali, mezcla de Keaton y Mario Moreno, pero con un 0'1 de humor en las venas. En las mismísimas profundidades de la serie Z, el subgénero de los luchadores de lucha libre, ejerciendo como defensores castos y amilanados de jóvenes con escotazo y pamelón, fue toda una fiebre que les daba cierta ración de celuloide al pueblo llano y casi mesetero. Estas películas (por llamarlas de algún modo) solían introducir no pocos elementos esotéricos y típicos del cine de terror, por lo que estos tipos de sempiterna máscara podían subir al ring con Drácula, Frankenstein o el hombre lobo. Ésta es de las más infectas protagonizadas por un ya entradito en carnes Alejandro Muñoz Moreno y su compañero de fatigas, Alfonso Mora Veytia, que paseaban como si nada por las calles de Antigua Guatemala sin quitarse las máscaras ni para... En fin, ustedes saben...
Saludos.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Una comedia comedida



La comedia es reírse de uno mismo, que es lo que debió pensar Joe Dante cuando decidió abordar, seis años después, la secuela del film que le catapultó a la fama en Hollywood. Dante siempre ha sido un extraño híbrido de autor y artesano, al que creo que le hubiese venido muy bien haber nacido un par de décadas más tarde, y cuya mirada deliciosamente subversiva era observada de reojo por los grandes estudios, que se resistían a dotarlo de mayor presupuesto. Así que GREMLINS 2: THE NEW BATCH es una película muy diferente a la original, ya sea porque el elemento sorpresa queda fulminado o porque Dante supo ver a estos incorregibles diablillos como el motor principal de la trama, en lugar de la excusa exótica. Es cierto que esta segunda parte es puro frenesí cinemático, y que el argumento prescinde ya de cualquier atisbo de originalidad, fiándolo todo a un continuo juego de metarreferencias tan irreverentes como Rambo, la saga de Alien e incluso los musicales de Broadway. Por meter, hay un papel hasta para el gran Robert Prosky haciendo del entrañable abuelo vampiro de Los Monster. Una locura sin pies ni cabeza, ideal para no pensar demasiado y sí observar lo que más merece la pena, como el impresionante trabajo de marionetas, impensable hoy día, y que marca las evidentes diferencias con el entretenimiento que se hace hoy día.
Intrascendentemente divertida.
Saludos.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Dulce (anti)Navidad



Uno de los mayores iconos que nos ha dejado el cine de los 80 fue el ideado por las mentes inquietas de Steven Spielberg, Chris Columbus y Joe Dante, con el que sacudieron (literalmente) la cartelera navideña de 1984. El primero en tareas de producción, el segundo como guionista, y el tercero en la dirección, alumbraron a unos seres que desde entonces se han quedado en nuestro imaginario cinéfilo para siempre. GREMLINS transcurre en una pequeña y típica ciudad norteamericana, precisamente durante las Navidades, y arranca con el descubrimiento de un pequeño peluche viviente capaz de emitir sonidos y mostrarse pleno de empatía en una remota tienda de Chinatown. Gizmo es un Mogwai, una especie cuyo origen permanece en el más absoluto de los misterios, y al que hay que cuidar de una forma muy especial, porque la luz del sol es mortal para él, el agua le hace reproducirse como si fueran esporas y la comida después de medianoche los convierte en su reverso maligno. GREMLINS es pura diversión, un entretenimiento realizado con todo lujo de detalles técnicos, capaces de encubrir una trama enclenque y trillada hasta el límite. Quizá un pelín larga, exceptuando el esplendoroso descubrimiento inicial, después toca introducir a los personajes de carne y hueso sin que ello importe en exceso, sobre todo porque los verdaderos protagonistas son los Gremlins, y más concretamente los malos, que se apoderan de la película en su segunda mitad, desatando un caos de anarquía pura y dura que hoy en día nos resultaría imposible de encontrar en un producto de los designados como "para toda la familia". En mi opinión no ha perdido ni un gramo de todo el encanto que se le presupone a través de los años, y sus animaciones siguen siendo un alarde de imaginación y talento, por lo que me permito volver a recomendársela, y si es posible junto a los pequeños de la casa. Aunque, quien sabe, quizá no vuelvan a ver estas "entrañables fiestas" con los mismos ojos...
Saludos.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Clément de pleno #15



PARIS BRÛLE-T-IL? ha llegado hasta nuestros días como una obra desmesurada, adorablemente maniquea a veces, un monstruo en el que cabe casi todo, hasta un reparto de los más impresionantes que se recuerdan en una producción europea, y del que me reservo decir nombres por temor a estar aquí hasta mañana. Sin embargo, merece la pena revisarla con calma y detenimiento, porque René Clément nunca fue un obediente artesano al servicio de las productoras, y en las casi tres horas que dura el film hay multitud de joyas escondidas, y que el buen observador debe atribuir al talento creador de su director. Es, por raro que suene, una precursora directa del cine bélico de autor (sea eso lo que sea), que décadas más tarde ya nos resulta tan familiar, y hasta su guion modifica notablemente las intenciones de la novela en la que se basa. No olvidemos que este fue uno de los primero trabajos serios de un joven Francis Ford Coppola, y que a su lado estaba nada menos que el siempre controvertido Gore Vidal, que se cuidó mucho de no idealizar ni a los ocupantes nazis ni a los aliados, exponiendo con claridad las razones (e incluso las sinrazones) de sus actos. Es un clásico muy poco clásico, con escenas magistrales que se han copiado hasta la saciedad, como la del tren a Buchenwald, una banda sonora maravillosa a cargo del gran Maurice Jarre y un uso del archivo simplemente impagable. Merece la pena incluso cincuenta años después.
Saludos.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

O cinema ao lado #3



E AGORA? LEMBRA-ME es una película monumental. Tan pequeña que su valor es inmenso, y tan cálida y cercana que es, antes que una lección de cine, una lección de humildad para cineastas con ínfulas de creador. Porque lo que Joaquim Pinto propone es, simple y llanamente, que quienes no hemos tenido la fortuna de conocerlo en persona podamos estar un pasito más cerca de su titánica epopeya, que, cual mito de Sísifo, se desarrolla cada día sin interrupción. Pinto lucha contra el VIH y la Hepatitis C desde hace más de dos décadas, y junto a su inseparable compañero Nuno y sus perros nos narra su vida desde infinidad de ángulos. Están los tratamientos, los inacabables nombres de las medicinas experimentales, los hospitales. Pero también está la humanidad, la lucidez de quien es capaz de algo tan difícil como es contarnos con todo lujo de detalles cada dolor y padecimiento, del más pequeño al más grande. Y de repente, sin previo aviso, Pinto salta a otra acuarela, la que pertenece a su vasta experiencia cinematográfica, sobre todo como sonidista, junto a maestros como Monteiro, Oliveira o Techiné. Sus residencias, tan diferentes, de la quietud de las Azores al bullicio de Madrid. La dificultad de comprensión de su familia por ser homosexual. Y quizá estén pensando que esto lo han visto antes, pero es seguro que muy raramente lo habrán visto con tanta generosidad y humanidad, porque ésta es una película humana en puridad, y muy cuidadosa a la hora de mostrar según qué datos, por escabrosos que estos sean. Es, en definitiva, la obra a borbotones de quien necesita mostrarse y mostrarnos, hacernos partícipes de un cine y una vida en las antípodas de cualquier sensacionalismo, y eso, a día de hoy, es oro puro.
Obra maestra absoluta.
Saludos.

... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!