Una de las cosas que más aumentan mi curiosidad a la hora de decidir si enfrentar o no según qué película, suelen ser los consensos generalizados en torno a ella, y más concretamente para desafiar mi propia percepción respecto a dicha enumeración. Todo en torno a DRACULA: A LOVE TALE ha sido un constante ir y venir del elogio al exabrupto, en un desconcertante carrusel de frases hechas, lugares comunes y, me da la impresión, tocadas de oídas. Mi sensación tras verla ha sido igualmente descompensada. Por supuesto que Luc Besson se ha apropiado desvergonzadamente de otras obras, y no sólo del Drácula de Coppola, sino de ideas tan peregrinas como la de EL PERFUME, de Tom Tykwer, de la que llega a calcar un plano famosísimo. Hasta eso se le puede perdonar a Besson, que siempre ha sido más osado que original, pero lo cierto es que este DRACULA pierde fuelle en muchos momentos, incapaz de organizarse como ente compacto e indisoluble, que además arrastra la rémora de la historia requeteconocida. Caleb Landry Jones creo que está más que correcto, aunque su caracterización e histrionismo se acerque más al Nosferatu de Kinski que a Gary Oldman. De Christoph Waltz prefiero no decir nada, porque constato que a día de hoy es una caricatura de sí mismo. Y el resto del elenco no merece la pena ni mencionarlo. Si en lugar de ir por el lado narrativo, Besson hubiese desparramado el expresionismo que siempre ha albergado, probablemente estaríamos ante un film mucho más excitante, y por tanto defendible. Esto apenas asoma en contadas escenas, pocas para las expectativas que pudiesen tener sus seguidores de largo recorrido.
Dos horas que parecen cuatro.
Saludos.

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