Te vas a morir, a menos que te coloquen un aparatito insignificante, una especie de tubito que tiende a expandirse, creando un espacio donde no lo había, en el interior de una arteria obstruida. Simple y efectivo, pero artificial. Vivir gracias a lo que no está vivo, o más retorcido aún, ser desechado por quien te mantiene e, inesperadamente, salvado por quien ya no posee los medios para hacerlo. No sé si es enrevesado o directamente absurdo, pero buscarle algo de coherencia a algo como SPY GAME ya es toda una proeza o un acto de fe. La misma fe que le tiene el personaje interpretado por Robert Redford (un veterano espía de la CIA) al que encarna con cara de cobrar el cheque un Brad Pitt insulsísimo. Vale que uno le ha enseñado todo lo que sabe al otro, pero hay que tragarse que en su último día de servicio se dedique a orquestar una complejísima acción de contraespionaje, tan sólo para salvarlo de las horrísonas garras del tenebroso régimen de terror chino, que lo mantiene preso... sí, por espiarles, fíjese usted. Por eso digo que este guion no hay por dónde cogerlo, porque igual te idealiza a un par de superagentes, que en realidad no son más que mentirosos profesionales, te pinta a un país soberano como la encarnación de Mordor en la Tierra, mientras pone a parir a la CIA como un hatajo de incompetentes. Para que no falte de nada, a Tony Scott no le dejaron hacer lo que mejor sabe, que es la exaltación pictórica de la acción, sin entrar en tanto lío; porque esta película es liosa, torpemente tendenciosa y un coñazo de más de dos horas a ritmo de videoclip cutre, que es al cine lo que una intervención coronaria a un tipo que no se cuida.
Saludos

No hay comentarios:
Publicar un comentario