La aventura francesa de Jaime Rosales es MORLAIX, un pequeño y desigual retrato de la fugacidad de la juventud, de cómo siempre será demasiado tarde para todo y los discursos, por bonitos y rotundos que sean, acabarán sepultados por la necesidad de pagar una factura o comprar verduras. Con un pie en el Rohmer de "las rodillas" y otro en el Truffaut combativo, donde más quiere reflejarse es en Eustache reconvertido, pero, todo hay que decirlo, aniquilando el motor suicida del francés, conformándose con un inofensivo juego especular que, a mí al menos, no me funciona. En su última vertiente, Rosales ensaya un necesario (por insólito) fresco que abarque a la última generación, una generación denostada, olvidada a su suerte, a la que se ridiculiza como acomodaticia (y cuál no), quejumbrosa y, aún peor, frígida. El director catalán imagina unos jóvenes serenos, seguros, curiosos, solidarios, para seguidamente enfrentarlos a sus problemas generacionales; la incertidumbre social, la falta de asideros morales, la sensación de habitar un submundo del que desconocen las claves para acceder a ese otro mundo, que siempre verán a través de una pantalla. No hay aquí móviles, ni redes sociales, y sí una película que los jóvenes van a ver, y que en realidad es la película de sus vidas, las posibles, las reales, las prometidas, las imaginadas. Y en esa necesidad de verse para elegir qué hacer, qué decir, a lo mejor no hay más que un dejar pasar el tiempo, ver cómo se agota. La discordia es, sin revelar nada, elegir entre abandonar el entusiasmo o morir precisamente por él; puede parecer absurdo, pero las desesperaciones, en tanto que tranquilas y meditadas, son hermosas.
En mi interior, es una obra bienintencionada pero fallida de un cineasta, al menos, honesto consigo mismo.
Saludos.

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