LBJ, la película que supuestamente venía a arrojar luz sobre el nudo gordiano en el que coinciden multitud de expertos, acerca de en qué momento se abrazó definitivamente el siniestro pragmatismo, en detrimento de un aperturismo decididamente ingenuo, y que como sabemos se cortó de raíz. Quien quiera saber el significado y legado del oscurísimo ascenso al poder de Lyndon B. Johnson, tras el magnicidio de JFK (vengan siglas), es mejor que no se acerque a este ridículo guiñol perpetrado por Rob Reiner y el guionista Joey Hartstone, repleto de prótesis grotescas, discursos de culebrón venezolano ¿? y un intento por lavar la imagen del 36º presidente de Yanquilandia que yo al menos no entiendo a cuento de qué. Eso por un lado, pero la película está jodidamente mal realizada, con una colección de planos en los que la espalda de un personaje tapa al filmado, sin que esto sea un recurso, sino más bien una torpeza. Yo, diez años después, sigo preguntándome para qué carajo sirve esta película. Y aún peor ¿No había un actor al que no hubiese que poner tres kilos de látex en la cara? Porque lo de Woody Harrelson y Jennifer Jason Leigh es indefendible, y eso que son de lo poco salvable junto a un Richard Jenkins que nunca está mal.
Saludos.

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