jueves, 25 de febrero de 2016

El universo desde una habitación



Una especie de "compleja sencillez" preside el escueto metraje de MEKONG HOTEL, que no llega a una hora pero le sobra a Weerasethakul para construir una fascinante historia sobre amantes perdidos, almas que vuelven al mundo reencarnadas en quién sabe qué y fantasmas devoradores de entrañas. Descrito así, bien parecería que estamos ante un ultragore, pero nada más lejos, porque se trata de una hermosa reflexión en clave semidocumental que indaga con calculada calmosidad qué ofrecemos a los demás cuando no tenemos nada. Mecidos por los dulces acordes de una guitarra española (elemento clave para comprender el devenir de los personajes) y con el espacio único de una habitación de hotel a orillas del Mekong, los encuentros tienen menor importancia que las historias que se cuentan; el tiempo se diluye y el presente cobra un aura de encantamiento. Los vivos entablan conversaciones con los muertos, les cuentan sus problemas y ambos terminan por aceptar sus respectivas soledades; porque el muerto suspira por volver a ser carne y el vivo por morir y reencarnarse en una vida menos infeliz... Incluso un simple tronco que va a la deriva por el Mekong, y que cierra con sabiduría cinéfila este bellísimo poema acerca de la existencia. Así de simple.
Saludos.

... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

7 al azar


¡Cuidao con mis primos!