Como una fotografía, abandonada en un cajón, pinchada en un corcho, en un álbum, apenas suspendida en un rincón de la memoria de alguien que fue niño, que a lo mejor está a punto de morirse, que vivió o forma parte de la vida de alguien. El diabólico entramado de CRÍA CUERVOS... es poderoso e intimidante por lo vago y cercano que es al mismo tiempo. Todo es filtrado por la visión de Ana, que (en una antológica y aterradora escena de apertura) es testigo de la infidelidad de su padre, e inmediatamente de su muerte. Ana, que junto a sus dos hermanas debe ahora soportar a su estricta tía, porque su pobre madre también murió, enferma, envenenada o de soledad, qué más da ahora, o qué más dará cuando Ana ya sea una mujer. El guion de Carlos Saura, el primero que escribió íntegramente, es un prodigio de cómo modular la ambigüedad, para crear un cuento de fantasmas, dolorosamente vivos, vestigios de su propia vergüenza, que dan forma a una herida inobservable. Película finísima, amarga, de la que se repite hasta la saciedad aquello de "la mirada de Ana Torrent", pero es que es cierto. Nada de todo lo terrible que sucede aquí sería tan terrible si no observáramos nosotros mismos al testigo; lo difícil, al menos para mí, es sostenerle la mirada a esa niña que parece haberlo vivido todo...
Demoledora.
Saludos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario