La primera gran obra de Béla Tarr, conceptualmente hablando, es THE PREFAB PEOPLE; amargo, ultrarrealista y también dolorosamente poético inyectado de instantaneidad, en el que el realizador húngaro explota su obsesión por el montaje circular con maestría, pero sin alardes innecesarios. En la escena de apertura, el matrimonio interpretado por Judit Pogány y Róbert Koltai (que lo siguen siendo a día de hoy) tiene una discusión que va creciendo, aunque desconocemos el motivo. En un momento dado, él empieza a recoger su ropa y anuncia que se marcha, para siempre; desgarradoramente, mientras sostiene a su hijo, ella le implora entre lágrimas que no se marche. En apenas cinco minutos, Tarr nos sitúa ante el abismo cotidiano: vivir, sí, pero cómo y para qué. Es el final, pero antes debemos situarnos, por lo que retrocedemos poco tiempo antes y asistimos a la fractura, cimentada no en grandes alharacas, sino en nimias insatisfacciones y desacuerdos. Ella se aburre cuidando de los niños, él llega cansado del trabajo y quizá bebe demasiado. Él le anuncia un puesto irrechazable fuera del país, son dos años y ella se derrumba, porque apenas puede soportar un par de días. Él prefiere bailar con la mujer de su amigo antes que con ella, ella lo deja en ridículo por haber tardado al comprar cerveza en una piscina. Ella aguanta, él no aguanta. El círculo se cierra con la misma escena de apertura, a lo mejor se nos había olvidado que la vida puede acabarse en un abrir y cerrar de ojos. Pero aún hay un cierre insólito, terrorífico por kafkiano: el matrimonio duda entre comprar una lavadora u otra; el camino de vuelta es en la trasera de una camioneta, en silencio.
Vivir y morir, y alguna lavadora en medio...
Saludos.

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