martes, 10 de marzo de 2026

Rocky Carambola se va al Japón


 

Uno tiene la sensación de estar siendo estafado, seguidamente recompensado, y así a lo largo de 150 minutos que me parecen demasiados para el tipo de historia que es MARTY SUPREME. Historias quizá, porque lo que mejor funciona en esta espídica epopeya sobre un tipo que juega al pingpong y al que no sabes si hostiar o abrazar, es su carácter episódico, la única razón por la que merece la pena atragantarse con un mejunje que, seamos sinceros, en las más de las ocasiones no sabe para dónde tirar. El centro de todo es su protagonista, interpretado con convicción por un Timothée Chalamet que sigue demostrando su gran versatilidad, un embaucador, encantador de serpientes, con un particular código de honor, propenso a meterse en líos imposibles (y salir de ellos) y un innato don para el tenis de mesa, que lo lleva hasta un campeonato mundial. Ni más ni menos. Safdie posee un pulso equivalente al de su héroe, taquicárdico, improvisado, ambicioso pero no tanto como para traicionarse, lo que da un film desmesurado, estupendo cuando resbala hacia su anarquía, pero cazurro y previsible al adoptar modos clásicos. Es como si metiéramos en una túrmix a Holden Caulfield, Tom Ripley y Daniel LaRusso y soltáramos el resultado en mitad de PULP FICTION... No sé, porque con una hora menos habría sido una de las mejores películas del año, pero su incontinencia la deja en un trabajo más que estimable, con pasajes de verdad brillantes, pero otros que rozan el ridículo, como ese final que podría haber rodado, y creo que mejor, Avildsen...
Saludos.

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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!