Son muchas fechas las que hemos acumulado cada domingo, dando cuenta de las más variadas rarezas, artefactos o anomalías, sorprendiéndonos a medida que íbamos descubriendo esta amalgama de películas que no habrían estado ahí de no haber mediado la cabezonería o la inconsciencia de sus perpetradores. Ese es el espíritu, pero debo reconocer que el caso de hoy es paradigmático, al mismo tiempo que supone un caso único. THE DUNGEONMASTER, de 1984, es una película que no llega a los 90 minutos y acumula... ¡siete directores! Salida de la infame Empire de Charles Band, es imprescindible atender a la sinopsis, en la que un programador de videojuegos de entonces parece que quiere más a su Commodore que a su novia, una especie de Eva Nasarre yanqui. Sin mediar explicación, el tipo aparece en un yermo con antorchas vestido de as de la esgrima, su novia encadenada a una roca, mientras el diablo, que se llama Mestema, le lanza retos del Gran Prix, al tiempo que le regala un brazalete electrónico que habla y lanza rayos y otras cosas. Como si efectivamente estuviésemos en un scrolling de Ocean, nuestro héroe ha de enfrentarse a un museo helado de los horrores, un ídolo gigante, unos asaltantes del desierto y a la pasma del Bronx, para llegar, cómo no, a la pantalla final contra el temible Mestema, que es Richard Moll con peluca. Entonces ¿es tan mala como parece? Sí y no, a ver, porque mala es un rato, pero no lo esconde, y aunque hay pasajes de vergüenza ajena, hay otros (sus ventajas tenía ser semiepisódica) bastante interesantes, básicamente el solvente ídolo en stopmotion y un delirante enfrentamiento entre el prota y... ¡los W.A.S.P.!. Yo no la vería sin un bagaje amplio, ni una cierta tolerancia a la nostalgia videojueguil de aquellos años en los que éramos tan felices a 8 bits por domingo...
Saludos.

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