sábado, 28 de marzo de 2026

El set


 

Entendida no como una continuación, sino como un metódico y singular exorcismo, THE SOUVENIR. PART II se fundamenta en tres abstracciones que Joanna Hogg camufla entre sus discutibles, a veces masoquistas imágenes. Una estaría en la necesidad de la aprobación constante, brillante en el relato de sumisión emocional mutuo de la primera parte, pero que aquí funciona menos en las constantes e infructuosas visitas a la casa familiar, con la madre (recordemos: Tilda Swinton, madre asimismo de la propia Honor Swinton Byrne) en primer plano. Otro estaría en la obsesión por convertir cada momento vivido en una escena rodada, en una proeza metalingüística que sólo sale bien alguna vez. La tercera, cómo no, es la bulimia de la protagonista (ya sabemos que la propia Hogg), menos preocupante si fuese física, pero subrayada como símbolo de la dependencia que Julie quiere dejar atrás: la muerte de Anthony, pero también Anthony como una droga de la que ha de desengancharse. La película, no nos engañemos, es, sin más, ese vaciado que, suponemos, permitió a la directora británica no sucumbir y al mismo tiempo creer en sus posibilidades como cineasta. Es ahí donde la película, al regodearse menos en la antecesora, crece; en la humillante hipocresía de sus profesores en la escuela de cine, la desconexión de los actores y actrices, aún estudiantes, en ese proyecto de fin de carrera. Ahí tenía Hogg, me parece, un film superior a éste, en el apabullante e inabarcable juego de espejos, de una película que trata sobre filmar cómo se filma una película que en realidad está ocurriendo en la cabeza de quien filma... Uf...
Necesaria, sí, pero también innecesariamente "dependiente".
Saludos.

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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!