viernes, 20 de marzo de 2026

El diablo a todas horas


 

Una casa, decrépita, desordenada, erigida como una especie de isla de náufragos, seres sin otro lugar donde ir, cada uno por sus propias razones. La dueña es Hédi, una mujer de cierta edad, no demasiada pero enferma, que necesita los cuidados de Anna, que le oficia de enfermera y asistenta. A Anna la acompaña Miklós, su pareja, serio y educado, del que Hédi admira que la escuche de tanto en tanto; no como János, su hijo, un diletante sin oficio, que sólo aparece en busca de dinero. Como invitado de piedra, Tibor, un gris profesor, ronda a Hédi, aunque arrastra una carga que de desvelarse zarandearía una convivencia ya de por sí improbable. Lo que articula Béla Tarr en ALMANAC OF FALL es la puesta en escena de la hipocresía, los talentos al servicio de los intereses, sin principios; como fantasmas espiándose unos a otros, estos personajes podrían haber germinado de cualquier trama escindida de SÁTÁNTANGÓ. Un puñado de desheredados a la deriva, acechados acaso por un diablo que les observa, que juega con ellos, les incita y confunde, tan sólo para dejarlos en el mismo sitio que al principio, sin nada, anhelantes. Es un Tarr, ya sí, en el laberinto de travellings y composiciones, de silencios y frases como sierras mecánicas. Un director que apenas entraba en la treintena con una obra perfectamente definitoria de su sello posterior e inconfundible. La frase de Chejov que la abre es elocuente, intimidante y, de alguna manera, confortante.
Saludos.

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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!