Efectivamente, aún no por algunos meses, pero contra cualquier pronóstico, con mil historias raras, vicisitudes y dudas razonables, hemos llegado vivitos y coleando al año de la mayoría de edad de este blog; de manera paralela a la de mi hija, debo añadir, que es el motivo en la sombra de ponerse uno a teclear diariamente con más regocijo que pesadumbre. Y como la última peli que vi con ella fue THE LIFE OF CHUCK, y hoy tocaba otro paseíto por Sitges, no cabía otra. Y empiezo, claro, por el final: están tardando en ver la mejor película de Flanagan y una de las mejores del año pasado. Con una distribución que nadie ha aclarado, pero que la ha mantenido un año sin estrenarse, la película adapta un relato no especialmente brillante de Stephen King (otra vez, por Ouroboros), en el que lo más simple que podamos imaginar se convierte en una epopeya vital tan elocuente como finalmente repleta de humildad y humanidad. Una película que va de engañosa, pero qué pone sus cartas sobre la mesa desde el principio, sin trampas de guion ni truquitos cuquis de última hora, para nada. Está dividida en tres actos, pero no por solemnidad narrativa, sino porque así se entiende mejor lo que se cuenta, y lo que es más importante, permitimos que nos cale y mida cuánta empatía intacta nos queda en este mundo de farsantes alentejados y cobardes con emblema. El primero es la historia del fin del mundo, sin más: un hombre siente la necesidad de buscar a su exmujer, mientras el planeta colapsa poco a poco. Los territorios caen al abismo, hay plagas exterminadoras y hambrunas devastadoras. Lo curioso es que no vemos casi nada de eso, excepto por las noticias, que pronto desaparecen al caer internet. Y en mitad de un caos que parece no tener vuelta atrás, proliferan extraños anuncios por todas partes, en los que se agradecen los 39 años de servicio a un tal Chuck, con pinta de gris funcionario, pero nadie sabe quién diantres es. En el segundo, conocemos a Chuck mientras camina, suponemos que hacia su trabajo, por un complejo comercial, y una joven que abandonó Juilliard planta su pequeña batería para intentar sacar unos dólares, pero el ambiente está soso, excepto por ese improbable señor con traje, corbata y maletín que se acerca, y que al escuchar un insignificante toque desencadena una de las escenas más bellas del cine reciente. Insisto: lo que hace Tom Hiddleston es explicarnos sin palabras la poesía de Fred Astaire o Gene Kelly en pocos minutos ¿Pero por qué haría algo así este hombre? Ni él lo sabe, pero quedará explicado en el maravilloso tercer acto, el más complejo y emocionante, en el que nos vamos hasta la niñez de Chuck, marcada por una terrible tragedia, en compañía de unos abuelos que se quedan con nosotros para siempre, y con esa gran incertidumbre flotando sobre él, y que es la piedra filosofal para entender este precioso cuento repleto de cariño y buenos sentimientos, pero que jamás cae en la sensiblería gratuita, porque de haberlo hecho seguro que se hubiera estrenado antes en este mundo repugnante e incomprensible, pero en el que tanto nos gusta vivir... hasta que desaparezca del firmamento.
Llorarán.
Saludos.
