Tender algún paralelismo desde PASCUAL DUARTE, de 1976, hasta la novela casi homónima de Cela es, además de una temeridad, un acto de desconocimiento o inconsciencia. Mientras el autor gallego desgranaba las miserias del entorno rural, con un mordaz e implacable uso de las correspondencias psicológicas y simbólicas entre sus personajes, el film de Ricardo Franco (aún sorprende que lo rodara con apenas 26 años) se despoja de cualquier discurso antropológico, para metamorfosear su crónica negra de la España inmediatamente anterior a la Guerra Civil en la foto fija de un psicópata insondable e incatalogable. Producto y despojo de aquella Extremadura seca y hostil, en apenas tres o cuatro ramalazos trazamos la infancia analfabeta de Duarte, hijo de un padre portugués y alcohólico y una mujer que nunca se fio mucho de su propio hijo, su juventud con alguna esperanza de ser feliz junto a su joven esposa, y la caída en los infiernos tras la fatídica muerte de ésta y el abandono de su única hermana para irse con el tipo que lo tiene atravesado. Lo que hace Franco es un film extraño para la época, que adelanta a cineastas posteriores como Rosales o Martín Cuenca, pero que igualmente dota de sentido el microcosmos que poco después desarrollaría Mario Camus en LOS SANTOS INOCENTES. Película injustamente olvidada, desde luego no para todos los paladares, pero que tenía, además de una excepcional fotografía del gran Luis Cuadrado, un ramillete de interpretaciones sostenidas, casi minimalistas, entre las que destacaba un intimidante José Luis Gómez (histórico su galardón en Cannes) y, en menor medida, Héctor Alterio, como el padre, borracho y abusador, que actúa como desencadenante de una mente enferma de violencia.
Saludos.

1 comentario:
Un título minimalista que probablemente, como bien señalas, se adelantó a su tiempo, y que habría que reivindicar.
Saludos.
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