CARTAS DE UN HOMBRE MUERTO es a la ciencia ficción lo que una crónica sin intereses espurios a una realidad que se mueve demasiado deprisa para ser comprendida en su totalidad. Todo lo contrario a lo que tan alegremente consumimos hoy día, imágenes y secuencias tan veloces que no permiten una crítica reposada y ecuánime. Lo tomas o lo dejas, aunque da igual, el propósito no digerir nada para desconocer si es bueno o malo. Lo vemos a diario con el fascismo a cara descubierta de Estados Unidos, que nos ha explotado en las narices como si no lo hubiésemos visto venir; ya lo tenemos aquí, y sólo hay una respuesta, el combate. Konstantin Lopushansky filmó su mejor película en plena crisis nuclear entre las dos grandes potencias allá por 1986; un angustioso, claustrofóbico y nihilista canto de derrota, asumida e inevitable, que representaba a una humanidad diezmada por el cataclismo nuclear, que sobrevive como ratas en bunkers subterráneos. Seguimos a Larsen, un viejo profesor, que no pierde la esperanza de que la humanidad aún pueda resurgir, por lo que envía cartas a su hijo a la superficie, aun sabiendo que no hay posibilidades de que haya sobrevivido al invierno nuclear. Mientras cuida de su esposa enferma, que sólo quiere morir de una vez, es incapaz de encontrar a nadie que comparta sus esperanzas, pues lo toman sólo por un pobre hombre que ha perdido la razón. La paradoja de este extraordinario guion está en esa imposibilidad de que podamos empatizar con este hombre, porque también somos conscientes de que no hay nada que hacer, excepto esperar, languidecer y morir. Igual da para ello un búnker soviético, un resort en Gaza o las calles heladas y manchadas de sangre en Minneapolis...
Saludos.

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