lunes, 16 de febrero de 2026

Y les daremos su libertad



 Nada cambia, es un axioma, o un asfixioma. Pasan los años, sí, pero todo es lo mismo ahora que entonces. Los trabajadores se cansan, se cabrean, piensan mal y los patrones sienten cierta liviandad en sus bolsillos, no tan nutridos. Hay guerra. Un explotador lo es por la misma naturaleza de la palabra: esquilma recursos sin pararse a pensar en consecuencias, más que las económicas. El trabajador, llevado a la pobreza, es obligado a creerse inferior en la cadena, lo que lo incluye en un círculo vicioso que le hace ver las migajas como ventajas, la explotación como inconvenientes que no incumben a su clase, caso de saber a qué clase pertenecen. QUEBRACHO, de 1974, explica esto con meridiana claridad, partiendo de las explotaciones inglesas de dicho árbol en el Chaco argentino, a principios del siglo XX. Las primeras revueltas laborales, los precarios sindicatos y la creación (Oh, my!) de un grupo parapolicial por los políticos corruptos, para proteger la producción... y asegurar su voto. La película, algo tosca en la realización, sí capta con convicción esa tensión, perfectamente trasladable a cualquier ámbito y época. En un reparto coral, aquí Héctor Alterio aparece ya a la mitad, encarnando a un desagradable gerente británico, el típico imbécil que da la cara para que no se la partan a otros, pensando quizá que bien podría heredar la empresa, o qué sé yo lo que pasa por esas mentes privilegiadas. La película ha quedado un poco olvidada, cierto, lo que redobla la necesidad de recuperarla en momentos tan tensos como estos... aunque todo siga igual.
Saludos.

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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!