Rodar pese a todo, despreciando la inexistencia de un presupuesto, aprovechándolo para expandir la propuesta sin ningún miedo al fracaso o la indiferencia. Es la base sobre la que se asienta ese "cine en los márgenes", difícil de hallar incluso en la era donde todo puede ser visto, con el que hay que tener sumo cuidado, pues esas apariencias amateurs pueden esconder precisamente eso, trabajos de escaso interés fílmico. A Joel Potrykus lo descubrí hace una década con THE ALCHEMIST COOKBOOK, en la que el sinsentido desaliñado del mumblecore daba paso a un inquietante y acongojante relato entre el folk-horror y el cine de exorcismos. Del mismo modo, en VULCANIZADORA, Potrykus relata el viaje de dos destartalados personajes, a lo largo de los bosques de Michigan, en un beckettiano deambular, que remite directamente al GERRY de Van Sant, en el que no conocemos con precisión su objetivo, que bien podría ser huir de la justicia, buscar un lugar mejor para vivir o simplemente grabar videos sin mucho sentido, como unos tiktokers de la era analógica. Lo inquietante de este film es ese punto de ruptura hacia el horror llegado el momento, igualmente absurdo; así como toda la deriva posterior de su protagonista, que podría ser el boceto para un psychokiller, un descenso a una mente dañada o la alegoría de esa banalidad del mal, que parece esperarnos agazapado tras cualquier esquina. Una película extraña, jodida de ver según la escena, muy consciente de la liga donde juega (la de pequeños festivales y exiguas exhibiciones), y que nos pone a prueba como espectadores en tanto que cazadores de sensaciones genuinas en un mercado saturado.
Gente sensible o sin paciencia, absténgase.
Saludos.

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