miércoles, 21 de marzo de 2012

Una declaración de amor



A ustedes les gusta el cine tanto como a mí, no puede ser de otra manera. Por eso estamos aquí, por eso acudimos puntuales a todas nuestras citas; por eso, extrañamente, el séptimo arte parece más vivo que nunca; reestructurándose a sí mismo a través de una incesante búsqueda del fondo por la forma... y viceversa. Lo hemos repetido (y lo diré con una frase muy manida, para que dé más coraje) por activa y por pasiva: el cine, tal y como lo conocíamos, está muerto; el nuevo cine, el de las nuevas formas, el de los nuevos soportes, el que implica y exige un reset en la mirada de sus "nuevos espectadores", está más vivo que nunca, más en hervidero de lo que (y esto debo suponerlo) jamás estuvo. El cine se aprovecha, debe aprovecharse, de su propia encrucijada; incluso de la crisis, de las demagogias y los reventistas que quieren hacer su Agosto de un barullo que cada vez parece más intencionado. Decíamos a colación de los oscar'12, que, dentro del bajo nivel de los films a concurso, e incluso obviando las inexcusables (aunque entendibles) ausencias, sobresalían tres títulos precisamente por su vocación de "ir más allá"; y pese a tratarse de propuestas cada una en las antípodas de las otras, se antojan como ejemplos de por dónde puede ir el audiovisual en los próximos años. Lo dijimos a propósito de MONEYBALL, que aun tratando un tema genuinamente norteamericano estoy seguro de que será mejor comprendida en Europa; lo diremos dentro de un par de días, con un film que desafía el relato clásico y lo malea a su propia conveniencia; y aprovechamos para decirlo hoy a propósito de HUGO, un film insólito por venir de quien viene, pese a que los que seguimos el penúltimo devenir de Martin Scorsese esperásemos una vuelta de tuerca como ésta. HUGO no es lo que parece ser para terminar siendo lo que no comienza siendo; para no liarles: HUGO parece un juguete exquisito (nunca mejor dicho) para mostrar las nuevas e impactantes técnicas de rodaje (3D aparte) con las que un director de cine moderno cuenta; Scorsese introduce esta metatécnica (si tal cosa es posible) recogiendo lo que el bellísimo texto de Brian Selznick le cede: la constatación de que nada avanza si no es respetando y conociendo sus orígenes. A mitad del film, HUGO comienza a desprenderse de su brillante pátina de alto lujo y termina siendo, ya decimos, otra cosa muy diferente; una declaración de amor a quienes, desde las tinieblas más absolutas, recogieron sus esperanzas infantiles para poner ante un público maravillado trenes que salían de la nada o pistoleros que miraban de frente. Ahí es donde HUGO nos gana, más allá de su verosimilitud (¿la tenía un burdo cohetillo incrustado en el ojo de la Luna?), mostrando a un Méliès casi avergonzado de haber hecho lo que hizo, aunque aquellos trabajos ahora nos parezcan simplemente geniales. Cuando el cine no era más que una moda que pasaría, una locura de ingenuos, a nadie se le hubiese ocurrido imaginar dónde llegaría una proyección en una sábana; hoy día estamos en una encrucijada similar, con otros aspectos técnicos aún por dilucidar, pero con la misma disyuntiva: ¿Estamos dispuestos a seguir soñando?
Saludos inventados.

2 comentarios:

Mr. Lombreeze dijo...

Estoy dispuesto a seguir soñando, pero despierto. No me hace falta que me duerman con la primera parte de HUGO, que es un coñazo. Me alegro de que el sprint final de la película te compensara el fatigoso trote de las 3/4 primeras partes, no fue mi caso. Final emocionante, sí, cuando el nene pesado se va a tomar pol culo de la historia y asistimos al homenaje a Mélies.

dvd dijo...

El homenaje a a Melies, con la recreación de los rodajes... coño, no me digas que no es genial...

... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!