A lo mejor no hay una película mejor para despedir el homenaje a Héctor Alterio que NORA, una pequeña historia, la segunda de una joven directora, en la que el maestro dejaba una de sus últimas perlas interpretativas en apenas unos primeros minutos, que luego atraviesan esta especie de viaje iniciático, el de una treintañera que no sabe cuál es su lugar, y para ello se lleva las cenizas de su abuelo recién fallecido en un viejo Dyane6, para que descansen junto a los de su abuela, en un pequeño cementerio del País Vasco francés. La película, salvada la anécdota, es ya otra cosa, no mucho; una road movie generacional sin conflictos de los que duelen, con la red de seguridad siempre a punto. Pero bueno, a la protagonista le coges cariño por lo que le cuesta perder la sonrisa, aunque se encuentre por el camino a la gente más siesa de por allí arriba, que la habrá. Pero bueno, qué demonios, todo esto mereció la pena para estar unos meses junto a uno de los grandes...
Saludos.
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