THE ETERNAL DAUGHTER, último largometraje hasta el momento de Joanna Hogg, es el más flojo en una trayectoria simplemente impecable. Un cambio de paradigma que quizá no hacía falta a esta extraordinariamente pulcra constructora de retazos vitales, repudiando la grandilocuencia desde su capacidad de atenta observadora emocional. La pirueta queda aquí descompensada, primero por el enigma de emplear a la misma actriz, Tilda Swinton (creo que lo único rescatable), para dar vida a la protagonista, una escritora de mediana edad, y su madre. Ambas llegan a un lujoso hotel en mitad de una noche neblinosa (rasgo atmosférico reiterado durante todo el film), que luego descubriremos que era la antigua mansión familiar, donde los fantasmas y recuerdos, si es que no son lo mismo, se agolpan en un silogismo que a la cineasta británica no le funciona como invocación sentimental, ni como exorcismo vital. O mejor dicho, que su prosa, descarnada y punzante, existe mejor en un presente que puede ser evocador, pero no añorante. Una mezcla desconcertante de REBECA, LOS OTROS y GRITOS Y SUSURROS, ahí es nada.
Saludos.

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