La sensación que deja una película como LA VÉRITÉ es de desubicación continua, de esquinas iluminadas, repentinamente, tan sólo para dejar otras a oscuras. Es, parece ser, un típico drama judicial, donde se nos anuncia (en una imponente presentación) el juicio a la joven Dominique, acusada de asesinar a un joven y prometedor aspirante a director de orquesta. Podría ser, y es, pero también es mucho más. Es el escrutinio, delirantemente morboso, a la figura del objeto sexual, que hoy es motivo al menos de disputas, pero en 1960 podría ser poco menos que la excusa para ver a Brigitte Bardot retozando bajo las sábanas, porque eso sería quedarse en la superficie. Por un lado tenemos una afilada disección a aquella rive gauche parisina, como si el propio Clouzot mirara con sorna a los jóvenes y pujantes cahieristas; por el otro, la inocencia y defensa imposible de Dominique, juzgada por ser una mujer libre antes que por ser una asesina. Es, en todo caso, un sólido alegato contra hipocresías y embrutecimientos, que apuesta siempre por la humanidad de sus personajes y, además, le daba a la entonces efervescente BB su mejor papel. Incluso mejor que el que le dio Godard, lo que da que pensar.
No es una obra maestra, por lo disperso (por ambicioso) de su estructura, pero es un peliculón como la copa de un pino, como diría mi gran amigo y reciente cumpleañero Charly...
Saludos.

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