martes, 16 de julio de 2019

La clase de Lubitsch #25



MONTECARLO, de 1930, tiene la apariencia de una simple comedia, tenuemente musical, pero Lubitsch la eleva hasta hacer del guion de Ernest Vajda un soberbio tratado sobre las apariencias, mentiras y mitos de las relaciones entre hombres y mujeres, los roles que adoptan y la hipocresía sobre la que se asientan sus principios. Como Groucho dijo una vez: "Si no le gustan mis principios, tengo otros", e incluso mejores, podría haber añadido. Y no hay frase más certera para entender qué hay detrás de lo que parece ser no más que las aventuras y desventuras de la joven prometida de un viejo conde millonario. Ella (Jeanette MacDonald) deja colgado al tipo en el altar, mientras arrecia la lluvia, y coge el primer tren a ninguna parte, aunque luego se entera de que pasa por Montecarlo. Allí se arruina, aunque en realidad ni siquiera llevaba dinero, y es objeto de deseo de un conde cantante, que no puede acercarse a ella porque fue quien le trajo mala suerte en el casino, así que se hace pasar por peluquero, aunque sus encantos naturales le bastan para seducir a la aspirante a condesa, que tiene la amabilidad de pasar por alto su naturaleza plebeya... Bueno, por eso y porque el falso peluquero se compromete a hacerle un prestamo para recuperar su posición. Es decir, que lo bonito del asunto es que el amor prevalece, pero Lubitsch observa con su media sonrisa y, sin hacer trizas a nadie, la presenta a ella como la trepa manirrota que es, y a él como el macho aprovechado y que se escuda en el rechazo de clases, aunque él lo apoye abiertamente. Ahora bien ¿qué coño es todo eso de la dignidad si podemos cantar y refocilarnos entre satenes de flojera novimperial?...
Saludos.

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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!