martes, 24 de mayo de 2016

Chantal Akerman, enemiga íntima #y 20



Es difícil, casi imposible hablar de NO HOME MOVIE, la última película de Chantal Akerman. Su epitafio artístico, pero de alguna manera también vital. Y lo es porque se trata, en su extrema sencillez, de una película extremadamente compleja, porque lo deja todo a la vista y aún sabemos el manantial inagotable que se nos escamotea. Es lo que algunos dan en llamar "la vida". No sé, puede que la directora exorcizara algunos demonios que claramente aparecen por los resquicios de una narración de una veracidad que asusta. Es un testimonio vital, el de su madre, que vivió toda su vida recluida en ese apartamento tras volver de Auschwitz. Volver. No parece haber vuelta atrás en esas paredes, las mismas que dieron forma y cobijo a los primeros trabajos de esta cineasta; y como si cerrara un círculo, aquellas églogas de la distorsión y el aprendizaje han terminado por desembocar en un remanso tranquilo, como la tranquilidad del animal por sacrificar. Son conversaciones banales, o no, porque también hay un hueco para arremeter contra la pasividad de los aristócratas belgas y su repugnante connivencia con el nazismo. Conversaciones que dan a un último tramo insoportable por lo crudo, con la madre ya postrada, jadeante; Sylviane, la hermana de Chantal, desglosando pequeñas esquirlas de una memoria que se desvanece a marchas forzadas. Y Chantal callada, grabando, registrando, fumando. La misma Chantal Akerman que se suicidaría muy poco después de la muerte de su madre se levanta de la cama en el último y estremecedor plano de esta canción vacía que, me temo, muy pocos han entendido.
Saludos.

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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

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