lunes, 22 de junio de 2026

La palmada en la cobaya


 

Nada es lo que parece en ÚLTIMOS DÍAS DE LA VÍCTIMA. Nada. Usted ve el cartel promocional, tan clásico; Federico Luppi abrazando afusivamente a una señora rubia. Todo apunta a un romance, pero llegado el momento, han de saber que esa escena está en las antípodas. Luppi interpreta a un implacable asesino a sueldo que recibe un encargo aparentemente sencillo: eliminar a un tipo anodino por algún asunto de cuernos a quien no debía. Mendizábal (así se llama) observa al tipo desde la distancia, le toma fotografías, pruebas, sin saber mucho más, excepto que un insidioso intermediario se interpone entre él, su trabajo, y el empleador. Vemos a Mendizábal informarse, armarse, conocer a gente que se ve atraída por su irresistible magnetismo. Pero su instinto le dice que algo no va bien, que las cosas se van desencajando, se siente un títere ¿pero de quién? Ahí está la película, su sentido, en el dispositivo que desplaza la narrativa clásica hacia terrenos prácticamente metafísicos, en los que Aristarain se encuentra cara a cara con Kafka, mientras la inevitabilidad arrastra al personaje que se siente (y sentimos) invulnerable hasta un desenlace que no se ve venir desde ninguna perspectiva, excepto si deseamos comprender el mundo despojado de sus incontables velos, pero entonces lo veremos como la terrorífica comedia que es. Y sería mejor correr.
Brutal y descolocante.
Saludos.

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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!