Mucha expectación para ver en Sitges la última película de Gustavo Hernández, un cineasta acostumbrado a subvertir las reglas del género desde una posición nada acomodada, partiendo de la precariedad de medios, pero supliéndolos con rigor y convicción. EL SUSURRO me parece su película más redonda, con menos artificios, por ejemplo, que aquella sorprendente LA CASA MUDA, en la que el dispositivo lo acaparaba todo. La sombra de Mariana Enríquez sobrevuela la premisa inicial, en la que nos presentan a Lucía y Adrián, que son hermanos y viven junto a su padre, al que deben encadenar cada noche porque es nada menos que un sanguinario vampiro. Al escaparse una noche, acaba con la vida de una familia entera, lo que hace que la joven y su hermano, apenas un niño, huyan sin rumbo, hasta que dan con una gran casa de campo que parece abandonada. Aquí el film da un giro impactante, pues la filmación de su gato, que lleva una camarita en el collar, desvela que en una casa contigua se encuentra un siniestro grupo dedicado a la filmación de películas snuff, donde torturan y asesinan a jóvenes. Un argumento lo bastante loco como para invocar más de una vez la suspensión de la incredulidad, pero que Hernández resuelve con un naturalismo seco y cortante, sin caer en la tentación de hacer saltar por los aires la coherencia de un film que merece más atención de la que creo que ha obtenido. En mi opinión, una grata sorpresa y la confirmación de que estamos ante un estupendo director de género.
Saludos.

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