lunes, 22 de junio de 2020

La vida que vivimos



Una pareja se encuentra al salir del trabajo. Son jovenes. Ella es maestra en un jardín de infancia, él parece que se dedica a la jardinería. Se van hasta una especie de inmobiliaria, quizá estén buscando un piso, una casa, tener su propia vida. El vendedor les lleva hasta una urbanización donde todas las casas parecen iguales; igualmente asépticas, igualmente impersonales. Cuando se dan cuenta, el vendedor ha desaparecido; se montan en el coche, pero no logran encontrar la salida a la urbanización, siempre aparecen frente a la casa que les han enseñado, el número 9.
Adelantar algo más de VIVARIUM sería jugársela a derribar el ingenioso e inquietante castillo de naipes sobre el que se sustenta, porque el irlandés Lorcan Finnegan, en su segundo largo, prefiere que saquemos nuestras propias conclusiones sobre lo que vamos viendo, aunque ya les digo que nada de lo que veremos es ni medio normal. Estamos ante una película más sugerida que narrada, con diversos golpes de efecto bien ensamblados, y que despiertan tanta curiosidad como desesperación, a través de una trama repetitiva, exasperante, pero que cobra sentido justo a tiempo, cuando ya empecemos a vislumbrar qué diablos nos están contando. No debe haber costado una barbaridad, y los actores Imogen Poots y Jesse Eisenberg, de hecho, son productores ejecutivos de esta extraña distopía, que podría ser un cuento de terror cósmico o bien un relato marciano de Bradbury. En todo caso, una más que interesante propuesta, sin ser tan osada o pedante como otras menos dotadas, y que sirve (que no es poco) para pasar hora y media de entretenimiento más o menos inteligente.
Por cierto, atentos a las imágenes con las que se abre el film.
Saludos.

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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!