lunes, 2 de enero de 2017

Las que tienen que servir



Cerramos, por el momento, el repaso a las películas chilenas que se pudieron ver en la pasada edición de la Seminci con la que creo que es la más importante de todas, y desde luego la que con más firmeza ha hecho avanzar dicha filmografía a lo largo de todo el mundo. LA NANA es una película que descoloca al más pintado, y esa es su gran virtud, no permitir que el espectador se acomode en sus referencias, porque lo que se intuye es mucho más poderoso que lo finalmente mostrado. Esperaríamos un film lúgubre, tenso, repleto de imágenes duras; un poco en el terreno de Haneke y un poco en el de Lars von Trier, en el horror de lo cotidiano y en la negación de la bondad como principio activo de la discordia. La nana del título es Raquel, una superlativa Catalina Saavedra, que compone un personaje simplemente insondable, del que puedes esperar cualquier cosa, o nada en absoluto; una mujer que ha pasado media vida sirviendo en la misma casa, criando a los hijos de otros, negándose a sí misma la posibilidad de una vida propia y limitándose a ejecutar los mismos ritos con eficacia suma. Pero Raquel cae enferma, y los dueños de la casa contratan a una ayudante, y eso dispara el instinto de supervivencia de la nana, que intuye su posición en peligro, por lo que seremos testigos del oscurecimiento de su carácter, repleto de actos crueles, casi infantiles, en la manera que un niño defiende su espacio. Y, sí, todo parece indicar que la historia virará a ese terror psicológico de nueva hornada, pero Silva, coautor del guion, remata expandiendo el relato e incorporando elementos que no parecían ni tan siquiera latentes, acabando de forma más que sorprendente y que revela a su autor como un narrador de tremenda madurez e imaginación. LA NANA no termina como la película que podríamos esperar al principio, sino como una consecuencia lógica que luego sabemos que es parte indivisible de su personaje principal, porque precisamente es su evolución lo único que nos hace comprender a alguien que quizá no tenga interés en hacerse entender.
Saludos.

... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!