Experiencia intimidante, no apta para aquellos que tomen el cine como el acompañamiento para las palomitas, la última película dirigida por Dudley Nichols adaptaba una de las obras más ambiciosas de Eugene O'Neill, lo que suele ser sinónimo de exigencia sin misericordia hacia el espectador. MOURNING BECOMES ELECTRA adaptaba la Orestíada de Esquilo, trasladándola hasta el Boston post guerracivilista, y más concretamente hasta la imponente casa de un prestigioso juez (Raymond Massey), que vuelve del frente junto a su hijo (Michael Redgrave). Lo que Nichols pone en pantalla es la terrorífica deriva de una familia corroída por una pasión incontrolable, la que sienten la madre (Katina Paxinou) y la hija (Rosalind Russell) por un capitán de barco, a la sazón fruto de la violación de una sirvienta, y que en secreto odia a la infame familia Mannon, planeando usar este jodidísimo triángulo para sembrar la discordia y destruirlos desde dentro. Hasta aquí, podríamos tener ya un melodrama desaforado, pero hablando de Nichols adaptando a O'Neill, la escalada de odios, traiciones y ponzoñas traspasa cada uno de sus tres actos (Homecoming, Hunted y Haunted) hasta conformar un retablo repleto de personajes miserables, abyectos e indefendibles en sus enfermizas relaciones. En pocas ocasiones el cine ha expuesto el amor incestuoso de manera tan preclara, sin necesidad de explicitar unas conductas en las que prevalece, sobre todo, un egoísmo enceguecido por la envidia y los celos más subterráneos. Valga apuntar el pequeño personaje interpretado por un entonces casi desconocido Kirk Douglas, quizá el único punto luminoso del film, cuyas honestas intenciones se ven igualmente socavadas por esta autodestructiva familia. El plano final de las puertas y ventanas de la mansión, cerrándose a cal y canto para siempre, parece la única conclusión posible para esta experiencia que siempre me he resistido a recomendar, por lo controvertido de su visionado.
Y hasta aquí.
Saludos.

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