Una de las cosas más odiosas en esto del cine va sobre aposentar cualquier mediocridad sobre los hombros de dos colosos de la interpretación, esperando que sean ellos quienes hagan todo el trabajo, si no por talento, seguramente por carisma. Esto no sólo no es suficiente, sino que suele desembocar en desastres vergonzantes como WRESTLING ERNEST HEMINGWAY, o cómo pensar que lo ideal de tener a Richard Harris y Robert Duvall es hacer un bodrio sobre dos jubilados en Florida, que le tiran la caña a cualquier cosa con faldas de las formas más anticlimáticas y bochornosas. De haber estado bien escrita, el personaje de Harris, un antiguo marinero irlandés, estrafalario y borrachuzo, podría haber sido una figura tragicómica y quijotesca, en lugar de un tipo que camina de costado y se pone calcetines con las sandalias. Aunque más sangrante es lo de Duvall haciendo de... ¿peluquero cubano?, que se alimenta a base de los infectos sandwiches de bacon que le sirve Sandra Bullock, con la esperanza de ligársela simplemente yendo cada día al restaurante cutre donde trabaja. La casera del complejo de apartamentos donde vive Harris es nada menos que Shirley MacLaine, ante la que se presenta en pelota picada, mientras acude por las noches al cine local, para comerle la oreja a Piper Laurie. Una perla, vaya, al que su hijo no quiere ni ver y que, como buen viejo alcohólico, va contando que un día le dio una paliza a Hemingway. Duvall, por su parte, se limita a hacer de cubano, aunque parece salido de una peli de mafiosos de Scorsese.
Una de las películas más justamente olvidadas que recuerdo, valga el oxímoron.
Saludos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario