Una de las constantes en el régimen comunista soviético fue esa tendencia a suprimir la alegría, el sarcasmo, la ironía como gran tabla de salvación de la patética raza humana, cuyas deficiencias sociales no resisten un análisis severo de mínimos. Que los padres de Isaac Asimov salieran por patas muy poco después de instaurado dicho régimen, no creo que hable en favor de que éste, posteriormente en sus obras, fuese a glorificar los bigotes de Stalin o los muerdos de Brézhnev, sino que incluyó una crítica fortísima a dicho comunismo en cada línea dedicada a los peligros de la inteligencia artificial o las sociedades transespaciales. Esto es sorprendentemente notorio en la adaptación que la televisión soviética hizo de EL FIN DE LA ETERNIDAD, una de sus obras menos reconocidas, aunque creo que es de las más brillantes. La historia nos lleva hasta un futuro indeterminado, tanto que debemos abstraernos hasta "comprender" cómo funcionaría una sociedad/institución/fundación fuera de lo que conocemos como "tiempo". Así, para preservar el privilegio de surcar la existencia por y para siempre, esta especie de "fábrica temporal" consta de aprendices, observadores, ejecutores y programadores; toda una jerarquía destinada a "lo inamovible", con rígidas leyes físicas y hasta metafísicas. Después de tantas "comillas", está claro que lo que aquí rige es una de mis pasiones, el doble sentido, perfectamente asimilado tras la visualización de este telefilm, que no es que sea ningún desastre, pero se acuna en maternales y entrañables brazos al asumir que Asimov hablaba de las bondades de un régimen que en 1987 daba su últimos coletazos. O eso, o Andrei Yermash (mientras rezaba a Tarkovski) la coló por toda la escuadra, que también puede ser.
Saludos.
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