En DAHOMEY, la cineasta Mati Diop se sirve de una voz en off fantasmal, posiblemente de algún guerrero ancestral del legendario reino africano, para narrar algo tan terrenal (y necesario, y justo, y vergonzoso) como el tibio regreso de una veintena de piezas de arte a Benin, su país de origen, de donde fueron saqueadas por los colonizadores (se dice así, ¿no?) franceses hace "nada más" que 130 años. Se sabe que el robo (para ser justos) fue de miles de piezas, por lo que este gesto parece insuficiente a todas luces. La voz es la de una estatua, que resume su cautiverio como "plena oscuridad", y que incluso admite no reconocer ese país al que ahora llega. Por otra parte, se abre una interesante discusión entre los estudiantes de la universidad Abomey-Calavi. Unos aplauden este regreso, otros lo ven claramente ridículo, y los menos adoptan una postura ultracrítica y escéptica, aduciendo que su generación ni siquiera echa de menos lo que sus "orgullosos y satisfechos" reyes vendieron a lo largo de los años, que bien podría ser la dignidad de su propio pueblo. Ganadora del Oso de oro en Berlín, la película aborda la leyenda desde el rigor del presente, o al revés, imponiendo la dura realidad de tantos países africanos, ilustrándolo con el patetismo de unas piezas que parecen enfermas de alzheimer, como tantas personas condenadas a desconocer su pasado y, por tanto, repetirlo.
Magnífica, aunque un poco corta.
Saludos.
