miércoles, 31 de agosto de 2011

Sangre estúpida



El mal no se explica; el mal existe, está ahí desde siempre. Nos inquieta más que nada en el mundo por qué la gente hace las cosas que hace. Cómo una madre mata a sus hijos; cómo se le da un tiro en la nuca a un policía; cómo es posible que la misma policía mantenga ocultos crímenes inhumanos a su cargo. Eso ocurre, lo sabemos e intentamos mantenernos lo más lejos posible de esa otra realidad del día a día; nosotros somos hijos de la normalidad, sólo aspiramos a que el día vuelva a repetirse como el anterior, que nuestro final sea tranquilo, sin sobresaltos. KINATAY no hace más que recordarnos el hedor de las cloacas; claro que no nos gusta, por supuesto; pero esa peste no va a irse fácilmente una vez hayamos tocado lo que está irremisiblemente podrido. KINATAY es más que un descenso a los infiernos, mucho peor, porque constata la impunidad, el vacileo de los que tienen la sarten por el mango; y es terrible porque sobrevuela la innecesariedad de lo truculento, la cotidianidad del horror. Peping (nunca un nombre fue tan afortunado para un film) es un animoso estudiante de la Academia de Policía, acaba de casarse y aspira a ascender en una ciudad, Manila, donde lo normal es caer en el fango de la miseria. El asunto del dinero es omnipresente en la historia, casi más importante que la sucesión de crímenes. Peping habla de dinero constantemente, del que aún no tiene pero tendrá, del que le presta su cuñado para la boda, del sobresueldo en trabajos especiales. Uno de estos trabajos, de manera imprevista, arrastrará a Peping al corazón mismo de la iniquidad cuando una brigada se lleve por la fuerza a una prostituta hasta una casa en ninguna parte. A partir de ahí, será testigo de lo que empieza como un interrogatorio pero acabará de la peor manera posible. Mendoza opta por dejar a Peping como un cobarde, agazapado, mudo, sumiso, incapaz de actuar, con el estupor ensombreciendo su ánimo... Gracias, señor Mendoza, estamos hasta los huevos de héroes, de gente que vence su miedo, coge una pistola, se carga a los malos y salva a la chica; en el mundo del Hollywood dorado es así, pero no en la vida real. El mal es mucho más poderoso que el bien, porque los métodos del mal son avasalladores, y eso tira para atrás al más pintado.
Luego están los críticos de cine, que se aburren porque en KINATAY no sale Chuck Norris dando hostias y haciendo que triunfe el bien. Efectivamente, aquí es el mal quien prevalece, y además no estamos muy seguros, ya al final, de cómo ha afectado una sola noche de terror a Peping, si podrá soportar ser el mismo de antes... A mí me ha parecido una película necesaria, no excelente, pero sí coadyuvante con estos tiempos tan raros que vivimos ahora.
Saludos chungales.

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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!