No guardaba ningún recuerdo formal de A CIVIL ACTION, más que el de una típica peli de juicios americana, con largos parlamentos, picos de emoción y todos los planos sobadísimos de este tipo de historias, que debe haber seguro un manual escrito en alguna parte. Lo que no recordaba, desde luego, era el terrible subtexto que aflora si se sabe leer entre líneas. Lo digo porque Steven Zaillian pasa por ser uno de los guionistas más reputados de Hollywood, lo que no tiene por qué estar reñido con cuitas ideológicas y/o morales. Al igual que ocurre en ERIN BROCKOVICH, de la que es clara precursora, el guion de Zaillian nos presenta (en burdo conductismo) a un abogado trepa (John Travolta), al que sólo le interesan los casos lucrativos y fácilmente manipulables, hasta que llega a sus manos la petición de varias familias de un pequeño pueblo, que han perdido hijos por culpa de lo que creen vertidos tóxicos en el agua que consumen. Toda la progresiva conversión sucede por arte de magia, porque cuesta creer que ese bufete de demandas exprés embargue hasta su propio patrimonio para afrontar la demanda a dos poderosas empresas. Y ya al final (aunque no quiero revelar nada), te das cuenta de que es justamente al revés, que cada frase y cada imagen suenan con la misma vocación de santificar los códigos del capitalismo salvaje; porque me creo más a las familias aceptando cantidades inferiores que aleccionando a sus propios abogados con un "sólo queremos una disculpa". Aunque a lo mejor el ingenuo soy yo, quién sabe. Por cierto, lo mejor la interpretación de Robert Duvall, que estuvo nominado al oscar de nuevo ese año, pero reconozco que James Coburn lo merecía.
Saludos.

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