jueves, 19 de septiembre de 2013

La expulsión del reino



Lo dije una vez, pero no recuerdo dónde ni a propósito de qué, pero me parecía clara la línea narrativa y filosófica de algunos cineastas contemporáneos, más ocupados en hacer avanzar la pesada rueda de la creación artística que de lamentarse por la dificultad de llevar a cabo sus proyectos. No hay duda de que habría que inscribir a Béla Tarr en la punta de lanza de dicho no-movimiento, al mismo tiempo que los que hemos seguido su personalísimo cine, hemos comprobado el significativo y curioso repliegue desde una exuberancia formal hasta la seca parquedad repetitiva de su última obra. Y en mitad de todo, como un monstruoso minarete que pudiese contener todas las inquietudes de un artista incontenible, se encuentra una granítica obra de siete horas, bajo cuyas apabullantes imágenes palpitan tanto los deshumanizados monitores de sus comienzos como el oscuro y gradual apocalipsis que, según él mismo, ya es su epitafio cinematográfico. Intentar describir SÁTÁNTANGÓ de una forma común es complicado y probablemente pretencioso, pero este críptico cuento ideado por Laszlo Krasznahorkai contiene algún tipo de mensaje que en sus larguísimos y elaborados planos-secuencia, en su descarnado retrato de un lugar que parece condenado al inmovilismo y el odio acérrimo de sus habitantes (esa granja/lodazal que abre en horizontal con un plano repleto de animales), nos lleva primero a la constatación de que ese sitio ya no podrá albergar más vida y después a una expulsión voluntaria disfrazada de tierra prometida. Tenemos a los padecientes y expulsados; a la figura del médico que, incapaz de curarse a sí mismo, es el único que quedará atrás; los dos heraldos/pordioseros, que anunciarán el éxodo; y por último al profeta-charlatán-gurú, Irimías, que posee el don de la palabra y el dominio de unas mentes demasiado acostumbradas a subsistir como para pensar. Al mismo tiempo, dos extremos más se abren: la existencia de una importante cantidad de dinero que está repartida entre los habitantes de la granja, cuyo origen nunca sabremos si es fruto del trabajo o de alguna fechoría y cuya custodia reclamará Irimías, provocando una irreparable escisión en un grupo no demasiado homogéneo. Por otra parte, el único contacto que Tarr nos permite con la inocencia y pureza, queda encarnado en la pobre niña (Erika Bók, el fascinante rostro que repetiría en EL CABALLO DE TURÍN), cuyo fatal destino termina con las pocas esperanzas de quedarse en la granja. Existe también un punto discordante, el diletante que, sin embargo, no puede más que palidecer, claudicar y marcharse a su suerte (evidentemente, sin dinero). Tarr lo filma todo como un novelista, recreándose en los detalles, haciéndonos masticar cada escena y dándonos a entender, sobre todo, que el tiempo no es una tarea fácil y que el motivo principal de un cineasta es la modulación del mismo en una fútil búsqueda de concisión, que no deja de ser el regalo que se le hace a la digestión del espectador ¿Que si es farragosa? No jodas, son más de siete horas de película con algunos planos de quince minutos ¿Que si es aburrida? No, aburrido es SyFy. Punto final.
Saludos.

2 comentarios:

Mister Lombreeze dijo...

Una película muy interesante aunque reconozco que la terminé "por mis santos cojones" más que por otra cosa. Tiene muchas virtudes pero es que es mu larga, maño.
Estoy muy de acuerdo en que esto más que una película parece una novela, desde luego.

dvd dijo...

A mí me parece una película maravillosa, pero reconozco que no voy a verla por segunda vez, porque es una experiencia agotadora...

... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!