sábado, 24 de junio de 2023

Buscando a Wally


 

Hay una diferencia nada sutil entre ser valiente y ser un bravucón. Lo primero requiere convicción y abnegación ante la adversidad; lo otro, un público embob(t)ado. BABYLON demanda mucho de lo segundo, no pide nada de lo primero. Es un tiroteo virtual, una pelea de lucha libre, un porno que nos obligan a reconocer como artístico. BABYLON es la fiesta que sigue y sigue después de terminar hace mucho, sólo porque hay gente sin reloj o con colirio. Es el desagüe de lo cotidiano, un plomizo rescate de finuras enjugadas en bragas del chino. Damien Chazelle es el alumno aventajado, peor que arribista, tenue y calibrado mientras envía a los reclutas al Somme. Ni rastro aquí de su honesta (y falsa) ópera prima, y mucho de las explosiones controladas de su irrupción en lo de los premios. BABYLON prostituye lo que Tarantino recreaba en ascendente homenaje, pero no es lo peor. Mancilla a Minnelli, ametralla a Kubrick, desprecia a Scorsese y se olvida de que Coppola era capaz de hacer un plano secuencia sin que se notara. Hay más, casi nada bueno. Está la inconcebible dispersión de la tensión narrativa, con un montaje al que sigo dando vueltas si está hecho por un profesional; y están las interpretaciones, sincopadas, a hipidos, con el piloto automático puesto. Margot Robbie está insoportable y lejos del patetismo que, sin embargo, sí tiene un Brad Pitt que es de lo poco que no parece impostado. El resto del elenco es como la orgía inicial: sabes que están ahí, pero no sabes dónde...
Si durase hora y media menos... sería más corta.
Saludos.

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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!