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jueves, 9 de abril de 2026

Hermanita ven conmigo


 

Y Ben Wheatley volvió a Sitges un tiempo después, y no fue para pillarse una cogorza, sino para emborracharnos de lo que mejor sabe hacer, que es dejarnos con un palmo de narices. Si buena o si mala, me es indiferente; las tiene mejores y peores, pero BULK es una película cuya propia naturaleza indómita y revulsiva, la sitúa a mitad de camino del experimento meta y la sátira rayana en el corte de mangas, a una industria que no le financia sus proyectos personales, mientras lo busca para tonterías como lo del tiburón. Podría pensarse que estamos ante una reacción tardío-nostálgica a los inicios de Wheatley en Doctor Who, pero prefiero quedarme con esa metanarrativa cargada de mala hostia, como demostrando que se puede hacer una epopeya cuántica (nada menos) con presupuesto infantil y cuatro actores (literal), pero es que ni siquiera es eso. Lo resume el director en los divertidísimos títulos de crédito finales, donde la actriz Alexandra Maria Lara presenta, cual MC, a todos los que han hecho posible la película, rubricando con el cansino mantra youtubero y la cámara dándose la vuelta y enfocando a todo el equipo (cuatro personas), director incluido. Si quieren entender algo de esta fumada con viajes interdimensionales, rodada en una única casa, van listos; es mejor disfrutar del oscuro sentido del humor de este entrañable ogro, jugando con nuestra percepción a base de efectos tan primarios que incluyen pistolas de cartón y helicópteros recortables, por poner lo más sofisticado. La teoría de cuerdas explicada por alguien teóricamente cuerdo, aunque sabemos que esto no es exactamente así.
Una de las películas más descolocantes y anticonvencionales que recuerdo haber visto, como meter en una batidora THX 1138 y LA VIDA DE BRIAN...
Saludos.

domingo, 1 de octubre de 2023

Rincón del freak #566: Pa lo que hemos quedao, Benito...


 

Yo ya venía avisándolo desde hace tiempo. Que una cosa es ganarse los jurdeles por derecho propio, para después tener la pastora suficiente y poder acometer proyectos más personales, y otra olvidarse del cineasta imaginativo, desprejuiciado y afilado que una vez fue el británico. Que alguien capaz de zarandear los cimientos del thriller esotérico con una maravilla como KILL LIST, destrozar la "comfort class" inglesa en SIGHTSEERS o "jartarnos de pinateles mágicos" en A FIELD IN ENGLAND, sea el firmante de nada menos que la secuela de un exploitation de segunda división, a la mayor gloria del garrulismo de tocha partía de Jason Statham... pues ¿qué quieren que les diga? Uno podría pensar, ingenuamente, que lo de REBECA había sido un desliz, y que estaríamos ante la versión salvaje (que ya es decir) de FREE FIRE. No sufran, MEG 2: THE TRENCH es tan mala como cabría esperar. Y no lo es por su disparatado y sonrojante guion, ni por las actuaciones mirando un papelito, o por la cuota china de karatekas, que aquí hay yuanes a tutiplén. No no. Hagan caso a un talasofóbico agudo que tiembla si por casualidad le ponen un documental sobre la pesca del atún en el Atlántico: dos horas viendo océanos y tiburones gigantes y ná de ná, bostezos y cabezadas si acaso.
Benito, hijo. He visto a tipos con más talento que tú haciendo capítulos de Ana y los 7, así que empeña la colección de Metal Hurlant si necesitas financiar la próxima, que espero que tenga al menos al gran Neil Maskell... por compensar.
La escena: después de caminar como si tal cosa a 8.000 metros bajo el mar, comprobar que el abismo es ruidoso como un after locuelo, y hasta disparar metralletas sin ningún impedimento físico contra criaturas que (oh la la!!) no venden cupones, viene el órdago. Statham, con el mismo gesto toda la peli, no consigue despresurizar a tiempo una cámara, así que a una señora le explota la cabeza como una calabaza corganiana ¿pena? ¿dolor? ¿violines? No, porque el chino de turno se ríe al encontrar un mineral mu bonico y decirle a todo el mundo que con el pedrusco pueden volver a convencer a Amy Jump de que le escriba un guion a su santo de una puta vez ya...
Joder...
Saludos.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

La llamada de la tierra


 

Ben Wheatley sigue dando una de cal y dos de arena, que es lo mismo que decir que su cine, tan seguro e imaginativo de antes, va dando tumbos en una suerte de autorreciclaje, cuanto menos difícil de defender. IN THE EARTH es el ejemplo perfecto de esto, puesto que para cualquiera que haya seguido la trayectoria del británico, se puede rastrear gran parte de su filmografía; el consuelo es que al menos se ha decantado por la buena, claro. Se trata de un nuevo ejemplo de horror-folk, tan en boga últimamente, que utiliza la excusa de una pandemia para aislar a su reducido grupo de personajes en un entorno natural y primitivo. Es un bosque al que van un científico y una guardabosques, a buscar a una colega del primero, que ha dejado de dar señales de vida mientras realizaba experimentos para encontrar una posible cura a la enfermedad. Esto es más bien una excusa, porque inmediatamente Wheatley invoca su festival de antologías, primero con una pareja psicopática que parece sacada directamente de SIGHTSEERS; después, con los ya habituales viajes lisérgicos, con los hongos y esporas de A FIELD IN ENGLAND; y con el atisbo de las sectas ocultas en lugares apartados de la irrepetible KILL LIST. Un refrito demasiado inconexo para no tener la sensación de que aquel cineasta fresco e imaginativo parece haberse quedado sin ideas (echamos de menos a Amy Jump), y que debería replantearse algún cambio drástico de rumbo, quizá como el apuntado en HAPPY NEW YEAR, COLIN BURSTEAD, de hecho su última gran película. Por mi parte, y aún digiriendo aquella ignominia pseudo-hitchcockiana, mi fe es inquebrantable...
Saludos.

miércoles, 17 de febrero de 2021

El discreto encanto de la polilla


 

Hay dos problemas fundamentales a la hora de enfrentarse a la reciente versión de REBECCA, y ninguno hace referencia a la idoneidad de ser arrogante, pensando que se puede ni siquiera rozar la obra maestra de Hitchcock. No, porque el problema proviene de su director, Ben Wheatley, cuyo marcado carácter cinematográfico, caótico, corrosivo y muy destroyer, no parece el más indicado para dotar de ritmo y sentido el enmohecido y siniestro texto de Daphne du Maurier. Le vuelve a pasar a Wheatley, que se quita del cartel para dar paso a un obediente y funcionarial artesano; que demuestra conocer muy bien su oficio (baste el interesante arranque en Mónaco), pero sabe que está aquí para otra cosa. Y me pregunto qué hubiese pasado si el director de la fabulosa KILL LIST hubiese mantenido el trasfondo, tan sólo para moldearlo hacia su terreno. Podría haber salido una magnífica anomalía, como esa deliciosa barrabasada que era SIGHTSEERS, y no una (mala) copia en colorines de una historia que (ahora lo sabemos) sólo se podía contar en Blanco y Negro. 
Del casting no digo nada, excepto que parece una afrenta o una broma de pésimo gusto. Excepto Kristin Scott Thomas, no se salva ni uno.
Lo mejor, la estupenda banda sonora del gran Clint Mansell.
Saludos.

martes, 31 de diciembre de 2019

Os queremos



Y qué mejor que acabar el año y el curso con Ben Wheatley, uno de nuestros autores favoritos, y al que vimos en horas algo bajas tras su último (en nuestra opinión) batacazo. Y qué mejor que hacerlo si su último film trata, sin más, de una reunión familiar de Nochevieja. Wheatley ha regresado en plena forma, pero ni aun así le da para que en nuestro país se estrene una película suya, si no es casi dos años después y en una plataforma de televisión. HAPPY NEW YEAR, COLIN BURSTEAD contiene todos y cada uno de los elementos más reconocibles de su autor, pero esta vez no hay desparrame, ni desfases orgiásticos, espídicos o micológicos, y sí un ramalazo de madurez que le sienta de maravilla, y que ni siquiera puede emborronar un montaje tan cortante y brusco que puede llegar a desorientar. Por momentos parece que Wheatley va a despegar, acompañado de un elenco bestial (memorables Sam Riley, Neil Maskell y, sobre todo, Charles Dance), pero cada acometida es inmediatamente atemperada, puesta en su justa medida, en un difícil ejercicio de contención en mitad de una historia que pide caos y acaba casi como una indefinible carta de amor entre enemigos. Más cerca del Villeneuve de ENEMY que de barrabasadas como HIGH RISE, es muy probable que más de uno se vea dibujado en alguno de los numerosos personajes de esta epopeya familiar, tan típica como atípica, con situaciones que hemos visto muchas veces, pero cuyo poso sentimental le sienta de maravilla al director británico. Igual que la fantástica banda sonora de Clint Mansell, pero eso ya es más normal...
Saludos y feliz año.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Pimpampum desopilante



No sé si me termina de gustar el cineasta en el que se está convirtiendo Ben Wheatley, pero debo reconocer que al menos está poniendo todo de su parte para no repetirse innecesaria y confortablemente. FREE FIRE tiene algunas de las constantes más reconocibles de su cine, como los mordaces diálogos, la atenta disección de los personajes, su lunático sentido del humor o un interesante empleo de la temporalidad, que disloca el tiempo hasta el límite que sus actores puedan darle. En este caso, Wheatley concibe la película como un álbum conceptual, con su arranque meticulosamente articulado, su enorme e inabarcable suite y una coda que busca la complicidad del espectador tras un tiroteo que se alarga durante hora y media. Desconozco si algún director puede decir lo mismo, pero es que realmente se trata de un tiroteo de hora y media entre al menos una docena de personajes; algunos mejor escritos que otros (de lo que se beneficia el actor), pero siempre al servicio de lo que se va contando, que no es otra cosa que gente parapetándose y disparando. Aunque el germen de este "infierno desatado" es tan disparatado que puede inducir a la desconfianza. La adquisición de un arsenal de armas en el Boston de 1978 por parte de unos irlandeses da paso a un hecho lo suficientemente banal como para que todo el mundo pierda la cabeza justo cuando el trato está hecho, y en sus exabruptos y veleidades argumentales es precisamente donde radica el encanto de esta pieza de orfebrería en absoluto agradecida, ya que estira sus noventa minutos hasta límites insospechados. Y en mitad del tiroteo, con la gran aportación del score de Geoff Barrow y Ben Salisbury y un tema bien traído de John Denver, están sobresalientes Cillian Murphy, Sam Riley, Jack Reynor y (cómo no) el gran Michael Smiley, mientras que pierden fuelle unos desinflados Armie Hammer (que no pega ni con cola), Sharlto Copley (que no debería seguir haciendo el mismo papel siempre) o una desconocida y ojiplática Brie Larson, que tampoco encuentra su lugar entre el polvo y las balas. No sé, parece como cuando esos jugadores brasileños de dibujos animados son transferidos a Europa y se les va la magia al notar el frío; desconozco si Ben Wheatley está de alguna manera ultimando su reconversión a cineasta norteamericano, pero nos va a costar asimilar que así sea. De todas formas, su padrino ha sido un tal Martin Scorsese... Seguiremos atentos.
Saludos.

viernes, 3 de junio de 2016

El zorruno



Me encanta el cine de Ben Wheatley, no lo oculto, y esperaba con ansias la llegada de HIGH-RISE, la ambiciosa adaptación de la celebérrima novela de J. G. Ballard, con la que el director británico debería haber despejado todas las dudas acerca de su "inusual" talento y el lugar que de verdad le corresponde en el panorama cinematográfico actual. Desgraciadamente, la película perece por asfixia, colapsada bajo los titánicos esfuerzos de Wheatley y su guionista habitual, Amy Jump, por no parecer demasiado gamberro ni todo lo contrario. El primer error es respetar la época ¿para qué? Ballard ideó un relato de horror kafkiano que ponía al hombre actual frente a sus propias contradicciones morales y lo enclavaba en un gigantesco edificio como paradigma de una sociedad vertebradamente vertical; la película respeta el espacio único, lo instaura como universo de entidad autónoma, pero le fallan los personajes, curiosamente algo que no debería importar, pero que sí importa cuando decides poner al frente a actores como Tom Hiddleston o Sienna Miller, y mucho menos un incomprensible Jeremy Irons. El primero, protagonista absoluto, mantiene el tipo mientras la película desarrolla su excelente primera parte, tirando de flema y su enorme talento para sugerir en vez de mostrar; el resto es una comparsa que aparece aquí y allá, pero que no están bien definidos, por lo que son dolorosamente deglutidos en la orgiástica segunda mitad de un film demasiado largo, que no es ninguna bazofia pero en modo alguno eleva el nivel de maravillas como SIGHTSEERS o KILL LIST, y ni siquiera logra alcanzar el tono alucinado de A FIELD IN ENGLAND, a la que intenta parecerse por todos los medios.
¿Domesticado?... La próxima se anuncia con Armie Hammer y Brie Larson. Ustedes mismos...
Saludos.

viernes, 15 de noviembre de 2013

La muerte de los necios



Exagerada. Oscura. Nihilista. Metanfetamínica. Morosa. Flagrante. Desdeñosa. Irritante. Antipática... Y muy muy verde. Todos esos adjetivos servirían (y aún nos quedaríamos cortos) para describir SIGHTSEERS, la tercera película de Ben Wheatley y la que parece haberle abierto de una vez las puertas del reconocimiento internacional. Lo que desconocemos es si Wheatley está realmente interesado en dicho reconocimiento si es que éste no ha de servirle para seguir rodando con total libertad. Sea como sea, SIGHTSEERS es uno de esos films que no dejan indiferente a nadie... biempensante; para todos nosotros, sin embargo, es un bocado deliciosamente sangriento, una especie de cruce entre el gore de Sam Raimi (¿y por qué no, Álex de la Iglesia?) y el agudo sentido del humor de los Coen. Y para describirla lo mejor es que creamos que se trata de una road movie pasada de vueltas o "cómo hacer turismo en tu propio país y no dejar títere con cabeza". De cualquier forma, a mí me parece que su rudeza formal esconde un discurso mucho más sutil y crítico hacia un british style of life que queda en un lugar, digamos... entre lo bobo y lo cursi. Primero porque la cadena de atrocidades cometida por esta apacible pareja de solterones que se conoce desde hace relativamente poco es más digerible que, por ejemplo, su inacabable peripecia sexual, adornada con bragas de ganchillo y calcetines sudados. Casi como si de un arqueadísimo, elíptico tránsito de lo evidentemente banal a lo que aspiran sus protagonistas se tratara, Wheatley propone casi la única forma de rebeldía contra lo regulado, lo "normal", que no es otra cosa que el asesinato. Y posiblemente si estos crímenes no se hubiesen exagerado no habría ya ese otro "tema", sólo una película de gente que mata a otra gente, y no es eso. Es otra cosa, pero cada uno debe intentar calibrarlo según su propio prisma vital.
Una vez dicho todo esto, después de verla me reafirmo en mi idea sobre el turismo y los perros. Por ese orden.
Saludos.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Viaje al fin de la noche



2011. Ben Wheatley filma su mejor película hasta ahora. Esto nos da un margen de mejora amplio y goloso desde su corta filmografía. El argumento de KILL LIST sigue la senda del último cine "anticlimático", lo despeña por derroteros a cada paso más sorprendentes y lo hunde, en su tramo final, en una oscuridad de la que parece no haber salida posible. Todo comienza en una casa aparentemente normal, la casa de Jay, un exsoldado que vive junto a su mujer, Shel, también exsoldado y de origen sueco y su hijo. Hay discusiones por culpa del dinero, Jay lleva ocho meses sin trabajar y su ritmo de vida no ha sido precisamente moderado. Entonces llega Gal, un antiguo compañero de Jay, y le propone un trabajo que les dejará jugosos dividendos a ambos. Jay prefiere no saber nada del asunto; es entonces cuando descubrimos que tras dejar el ejército se dedicó a matar a gente. Un asesino a sueldo.
El trabajo es fácil: matar a varias personas anónimas y sin conexión entre ellas, sólo una serie de nombres escritos en un papel y una extraña denominación para cada uno de ellos. Sin embargo, el encuentro con sus contratadores no irá todo lo bien que debería, y Jay no volverá a ser el mismo.
KILL LIST juega varias cartas, aunque su estructura remita directamente a una especie de embudo del que es imposible escapar y donde todo se hace cada vez más negro. La dificultad de dotar de credibilidad una trama que empieza como un thriller y termina como una barroca pesadilla de terror inhumano me lleva a pensar inmediatamente en films como EL CORAZÓN DEL ÁNGEL o A SERBIAN FILM; películas que, eminentemente, tratan de poner en pie el desmoronamiento vital de un personaje hasta una verdad final horripilante. Para mí, un fascinante trabajo de guion (aquí entra ya la decisiva Amy Jump, a la sazón esposa de Wheatley), con personajes tan enigmáticos como bien dibujados y una narrativa que no por oscurantista es menos ágil, sin perder de vista el jodidísimo sentido del humor de su director y el excepcional trabajo de sus actores, especialmente Neil Maskell y Michael Smiley, cuya química natural los convierte en auténticos dueños de esta desquiciada e improbable buddy movie que no cesa de reinventar géneros durante su absorbente hora y media, que como no puede ser de otra manera, pasa en un suspiro.
Saludos.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Cuando no te fías ni de tu padre



Definir el cine de Ben Wheatley puede suponer caer en un montón de tópicos y malentendidos que en nada harían justicia a uno de los directores más interesantes de los últimos tiempos. Y como está lanzado (cuatro películas en cuatro años) y su propuesta se hace cada vez más compleja e incisiva, creo que se hace necesario enfocar con más atención a esta especie de taumaturgo, cruce imposible entre un druida inspirado por Syd Barrett y un revisionista de cualquier mito cinematográfico capaz de sacar el lado más oscuro de la condición humana. Este mismo verano adelantábamos el estreno de A FIELD IN ENGLAND, su delirante última obra, así que seguiremos en los próximos tres días con sus tres primeros trabajos y lo dejaremos ahí, en espera de que vuelva a sorprendernos.
En DOWN TERRACE, de 2009, Wheatley indica muchas de sus constantes y claves posteriores: relaciones familiares descoyuntadas, un nulo aprecio por la vida ajena (anónima o no...), un extraño y negrísimo sentido del humor con el que la sonrisa suele congelarse y el que quizá sea su único lazo afectivo para con sus criaturas, que no es otro que sus estados mentales alterados por toda clase de sustancias. Escrita junto a su protagonista Robin Hill (sin su luego habitual Amy Jump), DOWN TERRACE no es lo que se supondría que debería ser una cinta de gangsters al uso; primero porque sus personajes parecen diseñados por Ken Loach o Mike Leigh, y no por Scorsese o Tarantino, pero también porque hay que raspar muy profundo para intentar comprender el porqué de su sangrienta espiral de violencia, donde nadie queda a salvo y donde absolutamente nada es sagrado o intocable. Es la historia de Bill y Karl, padre e hijo, que desde su modesta casa manejan toda una red de tráfico de drogas, armas, extorsiones y cuya obsesión gira en torno a descubrir quién es el chivato que les ha enviado a la cárcel... Pero también es la historia de Maggie, madre y ama de casa... y despiadada como ella sola; y Valda, que es la novia de Karl y que está embarazada... o eso dice; y Pringle, un asesino a sueldo al que no le queda más remedio que acudir a sus "encargos" con su hijo pequeño; y Garvey, que disfruta yendo a casa de Bill y Karl para emborracharse. Una psicotrópica y descuajaringada trama regada por unos misteriosos alka-seltzers y con un final que es de lo más sangriento y nihilista que he visto en años. Si no hubiese hecho nada más sería una película de culto, pero la trayectoria posterior de Ben Wheatley desmiente el tópico y sólo nos deja una cosa segura: estamos ante un tipo que no nos va a dejar indiferentes.
Un debut bestial.
Saludos.

miércoles, 17 de julio de 2013

Noche de setas



Cuando aún se sigue hablando, tras su triunfal paso por multitud de festivales, de su anterior trabajo, la sorprendente SIGHTSEERS, el británico Ben Wheatley, decidido a no dar un respiro mientras la inspiración lo acompañe, entrega este mismo año una película que en mi opinión debería dar mucho que hablar. A FIELD IN ENGLAND es una experiencia insólita, embaucadora y, antes que todo eso, un brillante ejercicio de modulación a partir de las opciones que el cine actual puede ofrecer respecto a etapas anteriores. Es sobre todo eso, una especie de punto y aparte de ruptura consciente con mecanismos gastados y fórmulas cansinas. Y tomen nota: En algún punto perdido de la Inglaterra del Siglo XVII, llueven explosivos sobre Whitehead, un asustadizo sirviente que ha de encontrar a "alguien" en mitad del fragor de la Guerra Civil; tras asistir atónito a la muerte de su amo, se topará con otros tres personajes más, el ufano Jacob, el siniestro Cutler y un tonto sin nombre y una capacidad infinita para resucitar. Sin apenas más rumbo que una supuesta taberna donde descansar sus cansados cuerpos desertores, el cuarteto encontrará una enorme cuerda en mitad del campo de la que serán obligados a tirar tras ingerir un estofado de setas preparado por Cutler.
Podría seguir describiendo un film tan rico en matices como oscurantista en intenciones, con un sentido del humor extraño y un aura de misticismo atávico que te deja muy mal cuerpo sin que sepamos explicar por qué, pero es mejor descubrir A FIELD IN ENGLAND con pocos datos, y sólo añadiría que intenten imaginar un batiburrillo que mezclara sin compasión a los Monty Python, Barry Lyndon, Werner Herzog, Albert Serra, Thomas Pynchon y cualquier otra cosa que no les haya dejado indiferentes últimamente, porque el empeño de este alucinado film en glorioso blanco y negro es precisamente desubicar a espectadores acomodados y críticos empapuchados. Yo no sé si lo logrará, pero no hay más que echar un vistazo a sus brillantes y enrevesados diálogos para constatar que estamos ante uno de los creadores con más futuro en la actualidad. Cojonuda.
Saludos estroboscópicos.


... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!