martes, 20 de junio de 2023
La razón
lunes, 5 de octubre de 2020
La suspensión del relato
Creo que es un error emparentar, y menos de una manera enjuiciadora, el largo MADRE, de Rodrigo Sorogoyen, y el corto del mismo nombre que el director madrileño filmó dos años antes. Puede que sea una decisión por su parte, si se quiere, arriesgada, casi suicida, pero habría que hilar muy fino para continuar con coherencia lo que en aquél se cortaba abruptamente, mostrando las laderas del abismo al que queda expuesta su protagonista, ya que éste es otro territorio, el del drama de alta intensidad en base a la suspensión consciente de todo mecanismo articulativo. Aun más, es terriblemente complicado buscar un camino que transitar teniendo en cuenta que la secuencia de arranque (un magistral plano secuencia de varios minutos de duración) es, ni más ni menos, una vuelta a la angustiosa situación que abarcaba todo el corto. Lo que viene después es otra cosa, otro film, y, aun asumiendo algunas decisiones narrativas discutibles, su valor proviene de que la elipsis de 10 años tiene la difícil misión de presentar un personaje por completo transformado, pese a que aquel traumático suceso jamás la haya abandonado. Para quienes se enfrenten a MADRE por primera vez, hay que explicar dicho suceso, la misteriosa y casi surrealista desaparición de un niño de seis años, narrado a tiempo real gracias a la descorazonadora conversación entre el niño y su madre, separados por cientos de kilómetros. Ahí ya no sabemos nada más, y queda a disposición del espectador imaginar la desoladora vida que le espera a esa madre, impotente ante la imposibilidad de ayudarlo. Ese arranque es prácticamente un film de terror, y luego vamos hacia un drama psicológico sin abusar de recreación alguna. En mi opinión, Sorogoyen sale indemne, erigido en el director de impactos sordos que es, pillando al espectador a contracorriente, desarmado pero inmerso en una extrañeza retroalimentada a cada paso. Ahí asoma, indudablemente, el Sorogoyen de STOCKHOLM, y también, como en aquélla, una portentosa actriz, Marta Nieto, que siempre parece encontrar el gesto adecuado para transformar cada escena en un rasguño emocional.
Saludos.
viernes, 26 de abril de 2019
Génesis, auge, esplendor, caída y entierro
En dos días, las elecciones. Volveremos a las promesas untuosas, las rencillas amortiguadas por la falsa corrección, los fritos variados y los platos de una sola pieza. Política y corrupción. Ciudadanía y honestidad. Todo cabe y todo vale, pero lo nuestro es caber, si no se vale. Rodrigo Sorogoyen ha filmado la película más importante de las que concurrían a los Goya, un valor seguro y un paso adelante que inexplicablemente ningún otro cineasta ha tenido la valentía de dar, al menos con tanta franqueza. EL REINO actúa en dos dimensiones, la del retrato especular de un partido político podrido de corrupción hasta la médula, y que ni siquiera me hace falta citar para que cualquiera lo identifique de inmediato. Pero el punto fuerte es el complejo, certero e inmersivo personaje que, una vez más, vuelve a bordar esa bestia parda que es Antonio de la Torre. Ese tipo influyente, moderadamente arribista, que termina moviéndose como un animal acorralado, entre un cúmulo de traiciones y deslealtades que sonrojarían al mismísimo Shakespeare. Falta, si acaso, algún momento de reflexión, parar y mostrar con sutileza, o dotar de mayor enjundia a personajes que se adivinan claves, aunque lo cierto es que toda esta historia ya la conocemos; sabemos el papel de los medios de comunicación, las lavadoras el sistema, la incógnita sobre la veracidad de los tribunales y esa españolidad tan española y mucho española, que Sorogoyen retrata magistralmente en la primera y fundamental media hora. En ese retablo de abundancias está el alma de la película, porque luego prefiere ir por los caminos del thriller sobreexcitado, y ni siquiera ese frenético recorrido nos prepara para la demoledora escena final, más necesaria en estos días que nunca. Al fin y al cabo, nosotros lo hemos querido...
Saludos.
sábado, 25 de febrero de 2017
La ciudad abrasada
Lo más parecido que se ha hecho en nuestro país a ZODIAC. Ya con este encabezado me parece que quedan claras las muchas virtudes de QUE DIOS NOS PERDONE, el nuevo y sorprendente film de Rodrigo Sorogoyen tras su prometedor STOCKHOLM. Un thriller, sí, pero si se me permite, "descuajaringado", o apesadumbrado, una historia de perdedores en la que sólo el mal parece sacar pecho, y que por eso se eleva como un lúcido retrato robot de esta sociedad enferma de ignorancia e impotencia. No es casualidad que Sorogoyen elija situar la historia en el ardiente verano de 2011, porque le permite justificar una ciudad, Madrid, vacía y repleta al mismo tiempo; y dos sucesos absolutamente antagónicos, pero que difícilmente sobreviven al solapamiento, confundiéndose y confundiendo a su inolvidable pareja protagonista. Por un lado los indignados del 15-M, por otro los peregrinos high class que han llegado para ver al Papa. Ambos eventos conforman una marea humana que ha tomado las calles de la ciudad; sin embargo, en los márgenes, en las calles que quedan vacías, el mal actúa impune, un asesino en serie viola y mata a sangre fría a ancianas.
Ya de por sí la trama policíaca es suficientemente interesante, pero nos quedaríamos en la superficie de un film que va más allá, sobre todo en la construcción de unos personajes complejos, alejados del arquetipo. Alfaro es violento, impulsivo, un tipo despreciable que, sin embargo, puede que sea el único policía íntegro y honesto, y cuyos métodos contrastan con los de Velarde, callado, metódico, pero implacable en su trabajo. Ambos tendrán que hacer la guerra por su cuenta para encontrar al asesino, recibiendo zancadillas de sus superiores y compañeros, que sólo se mueven en una falsa meritocracia, y cuya incompetencia permite al asesino (escalofriantemente interpretado, aunque no diré por quién) campar a sus anchas sin oposición. Y entre medias, Sorogoyen desmigaja estas dos personalidades, mostrando su vacía cotidianidad y exponiendo la amargura de quien no sabe vivir fuera de su trabajo, por duro que éste sea. Antonio de la Torre y Roberto Álamo se comen la pantalla, y suponen el gran acierto de este film intenso y desgarrado, un trabajo áspero e incómodo, y que confirma, entre otras cosas, a un narrador excelso, que no tiene miedo de exponer libremente lo que necesita para hacer avanzar la historia. Un rotundo thriller, sí, pero también un espejo de miserias. Asómense si pueden soportar su propio reflejo...
Saludos.
sábado, 20 de diciembre de 2014
Madrid de los Austrias
Quienes vieron STOCKHOLM y la incluyeron en los Goya no se percataron de que podrían estar ante un interesante punto de comienzo para algo parecido al cine que debería hacerse con más asiduidad, el que mira al talento y no al presupuesto; un cine que celebra sus limitaciones en vez de llorar por no poseer... pues eso, posesiones. La película está muy bien construida, inserta varias sorpresas, fundamentalmente de guion (su gran punto fuerte) y es capaz de conseguir que al fin estemos atentos a qué tienen que decir dos actores españoles en un duelo dialéctico. Habrá a quien le suene a la enésima machada afrancesada, pero sea porque en este país eso no se lleva o porque en realidad quedan muy pocos buenos guionistas, yo diría que esto es otra cosa, un intento de inmersión en un océano de (peligrosos) tópicos y lugares comunes con la esperanza casi heroica de que pueda surgir otra cosa, como así ocurre. Chico conoce chica, pero la chica no quiere conocer al chico; el chico insiste, ella le esquiva. Como todo sucede en un inteligente encadenado que no cesa de perseguir a ambos personajes, el espectador intuye que ha de verse transportado a algo que normalmente en el cine español es un gatillazo, pero que Rodrigo Sorogoyen encara con fiereza y convicción, porque no sólo hace hablar a sus personajes, sino que (oh, aleluya) los hace pensar. Nunca un paseo nocturno, un flirteo, una locura por un polvo, una conquista y, finalmente, una taza de café en una azotea, mientras el cielo se pinta a sí mismo sobre el Madrid de los Austrias, dijeron tanto sobre lo solos que estamos ante nosotros y los demás ¿O quizá es que es así siempre?...
Saludos.
¡Cuidao con mis primos!




