A vueltas con el reciente regusto con la ganadora del Goya, me sobrevino una como reflexión, no muy aguda, acerca de cómo frivolizamos acerca del término "autor". Yo prefiero mantener cierta prudencia con ello, pues veo cómo se regalan alegremente distintivos que, a menos que me corrijan, deberían quedar reservados para un reducido número de artistas que efectivamente hayan hecho temblar los cimientos de su medio. Si hay un rey en esto de las autorías sospechosas, sin duda es Lars von Trier, que hace ahora unos 13 años (cómo pasa el tiempo) "pastoreó" a la crítica más bovina con un palimpsesto indeleble, un legado en dos partes en el que la explicitud no quedara relegada por la cortedad de miras más puritana. Yo digo: ay, ay. Porque si algo existe es por algo, y viene a colación un mítico pero olvidado film sueco de 1973, ANITA: SWEDISH NYMPHET, en el que se nos contaba el calvario de una joven, aún menor, incapaz de refrenar sus impulsos sexuales. Anita (Christina Lindberg) es hija de un militar, y su ocupación principal consiste en agarrar a cualquier caballero que se le cruce de la genitalia y tener ardoroso y fugaz arrimo en los lugares más insospechados. Angustiada, Anita recurre a un amigo mitad músico mitad psicólogo, interpretado (tatatachán) ¡por Stellan Skarsgard!... Efectivamente, el mismo que ejercía de paciente escuchante de la pobre ninfómana de Trier, por lo que el círculo queda cerrado. Ésta es más festiva, con menos ínfulas y más sentido del humor; no es grancosa, pero la otra tampoco, y eso nos congratula a quienes desconfiamos de las etiquetas y sus despreocupados repartidores.
Por diversos motivos, tiene su gracia. Por cierto, para los que aún crean que tuvieron una "revelación" con la de ayer, les recomiendo enfervorecidamente que echen un vistazo a LOS COMULGANTES, incontestable obra maestra de otro señor sueco.
Saludos.


















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