Mantengo la opípara teoría de que vivimos en una simulación de facto, en la que la gilipollez es el combustible líquido que mantiene la pantalla de espejismos y clickbaits (si no son lo mismo) a pleno rendimiento. Uno es respetado ahora por ser tonto, no emitir un pensamiento propio desde su recinto de células y neuronas, mientras cualquier paso en favor de la dignidad, la empatía o esa peregrina entelequia del sentido común es pisoteado por el librecambismo, fanático e intransigente, que impera hoy y que mucho me temo que a alguien se le ha ido de las manos, como aquella caja que custodiaba Pandora con gesto gardeliano, mientras se limaba las uñas. Lo que se comercia actualmente ni siquiera es la maldad, sino la estulticia del recomendado, el pan del tonto, el cagajón del que obtiene óbolos mínimos bajo la frialdad de la verja de una iglesia. Lo vemos en el marasmo de redes sociales, donde nadie se detiene un minuto a preguntarse la naturaleza de lo que cliquea como un autómata; en el ámbito laboral, basado en que la migaja del subyugado a la precariedad sustituya a una justicia que nunca estuvo ahí; y cuaja todo ello en la legitimidad de la barbarie, una vez se ha desterrado la quimérica opción de la autocrítica. América, la de arriba, es más gilipollas ahora... otra vez. Nos lo recordaba Larry Cohen cuando, en uno de sus delirios, escribió y describió a un asesino que volvía de la tumba en UNCLE SAM, en uno de los giros más políticamente incorrectos que ha dado el cine low-budget; tanto, que no he vuelto a ver nada parecido desde hace treinta años, porque estamos en 1996 y aún se podía disentir contra los símbolos de lo establecido. Supongo que Cohen sólo pretendía uno de sus habituales "éxitos" multialquiler, por lo que reclutó a William Lustig, perpetrador asimismo de aquel infame "poli maníaco", de la que llegó a hacer tres largos. Lo cachondo del asunto es que la trama gira en torno a la festividad del 4 de Julio en un pueblo mu americano, donde poco antes llega el cuerpo de un soldado que fue abatido por fuego amigo, que por supuesto resucita con sed de venganza, y para ello elige disfrazarse del ínclito Tío Sam. Y en verdad os digo: la peli es mala, claro, pero tiene ese puntillo sano de reírse de ella misma, en decisiones tan peregrinas como que el héroe improvisado sea Isaac Hayes con pata de palo o el alcalde decida (como en cierto film con escualo) que el show no debe detenerse, pese a las decapitaciones y desmembramientos de este Tío Sam que te quiere, pero muerto. Y siempre ha sido así, creo yo...
Saludos.






























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