No es de extrañar que Jaime Chávarri, viniendo de la catarsis de los Panero, atendiera de nuevo a Querejeta, que acariciaba desde hacía tiempo el irrealizable proyecto de registrar el día a día de un entrañable marica, que oficiaba de mago en aquellas salas de fiestas y que, por añadidura, guardaba la estampa emocional de haber conocido a Lorca cuando era un niño, en la casa donde su padre, jardinero, fue asesinado por los fascistas. Mucho que contar y muy difícil de cohesionar en una película no demasiado larga, donde importa menos la revisitación histórica y sí el fascinante retrato que Héctor Alterio, en uno de sus papeles más memorables, imprime entre la resignación, el hastío y los pequeños placeres que se procura con sus amistades femeninas y su amante, un hombre casado. A UN DIOS DESCONOCIDO es eso, un film desconocido, habida cuenta la enjundia de los nombres y lo atrevido de la propuesta. Lo que ha quedado es un film muy bien realizado, de corte nostálgico, que se ve mejor medio siglo después que en aquella España que balbuceaba sus libertades; sea por lo marciano que se ve ese Madrid como un pueblo desmesurado, devorando periferias y acotando presentes centralismos, o trazando un mapa emocional insólito, el de una homosexualidad en absoluto sobreexcitada, y sí necesitada de no perder el centro de su propia dignidad arrebatada.
Pende de un hilo, pero Alterio está soberbio.
Saludos.

















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