Hubo un tiempo en el que a Hollywood se le fue la cabeza con lo del cine de catástrofes. Cierto que este tipo de películas se han hecho desde siempre, con esa querencia por el arrase y la extinción que debe tener su explicación psicológica, me parece a mí, pero fue a finales de los noventa (por aquello del advenimiento del nuevo siglo) que se juntaban en cartelera varios títulos que uno llegaba a confundir por motivos obvios. El que nos ocupa hoy, DEEP IMPACT, se diferenciaba en el tono melodramático, imponiendo los dramas personales a la espectacularidad de unos efectos especiales de los que se agradece el comedimiento. La cosa es simple: se descubre un tremebundo cometa que va a chocar con la Tierra, calculando que será el fin de lo que habite la superficie, por lo que el presidente (Morgan Freeman) dispone un gigantesco refugio subterráneo para un millón de personas, por lo que el resto se las tendrá que aviar como pueda. De todas formas, los americanos no se rinden, y envían una nave espacial al mismísimo cometa, con la intención de colocar varias bombas nucleares y reventar al bastardo estelar. El capitán de la arriesgada misión no era otro que Robert Duvall, algo mayor para estas aventuras, pero que aporta experiencia y temple. Así las cosas, sólo quedaba rellenar el resto del metraje con un trasiego interminable de caras conocidas, actores y actrices de primera línea, encargados de dar profundidad dramática a un guion que parece escrito por un asesor de Trump. Y como en el fondo no soy tan malo, tras revisitarla me parece que ha aguantado decentemente como lo que es, un blockbuster entretenido para que pasemos un par de horas sin devanarnos los sesos más de lo preciso.
Hay quien hasta la reivindica...
Saludos.


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