Una película como LA TREGUA, tan importante, tan segura de sí misma, con el honor de ser el primer film argentino nominado a los oscar, no debería suscitar tantas dudas, de no ser que el guion de Aida Bortnik y del director, Sergio Renán, aborda la novela de Benedetti desde el lado opuesto, que es la resignación de Martín ante unos reveses que han acabado por ser el mapa definitorio de su pausada y gris vida. Yo hubiese preferido el aliento contestatario, sutil pero fundamental, que va escalando el libro hasta estallar en su estupenda parte final. La película es otra cosa, un vehículo para un (otra vez) inmenso Héctor Alterio, inconmensurable como ese hombre llegado al punto de no retorno de una vida acabada mucho antes, que por un suceso inesperado, y ni siquiera buscado, alberga de nuevo la ilusión de que le merezca la pena tirar hacia delante, al encontrarse con el amor correspondido de una joven que acaba de ser empleada en su empresa. Flirteando con el melodramón, siento que se pierde el gran hallazgo del libro, esa tristeza, una derrota que lo impregna todo, o la imposibilidad de llevar a buen término la propia vida, atenazada por la obligación de mantener las apariencias, algo que salta por los aires al descubrir la homosexualidad de su hijo, mientras los fantasmas del pasado van infectando cada paso hacia una felicidad demasiado ideal para ser real.
Creo firmemente que no ha ganado con los años, por extraño que parezca.
Saludos.
























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