¿La razón la tiene el que la tiene? ¿el que la sabe vender? ¿el que la camufla, la ostenta, la engancha de una pena que puede ser nostálgica, reparadora, intocable? Es el gran tema del cine de Béla Tarr, que nos dejaba hace pocas fechas, aunque como él mismo nos advirtió antes de ello, ya no quería hacer más cine. El gran maestro húngaro, imposible compararle, imprescindible buscar su inabarcable influencia. El maestro que huía de las cátedras y los dogmas en esta piltrafa de sociedad de la posverdad, donde la razón es menos que una puta, apenas un niño que yace con la cabeza machacada mientras la gente continúa su camino con indiferencia. El maestro que no paraba de aprender, por eso esa curiosidad infinita en sus imágenes, evocando esa fragilidad de la vela encendida en mitad del temporal, que, a diferencia del incomprensible optimismo que nos rodea, él filmaba hasta que se apagaba. Tarr puso en imágenes el desconcierto de los derrotados, la rabia del moribundo y la belleza de la mugre, del mismo modo que su compañero, amigo y colaborador, László Krasznahorkai lo implementa en sus soberbios párrafos inacabables, los más hermosos de la literatura europea reciente. En este año pasado de tantísimas pérdidas, uno se fue y el otro era justamente encumbrado; y ni una cosa ni la otra impedirá que los que quieren llevar la razón a toda costa sigan adornando sus salones con las cabezas de los desposeídos del mundo que ellos mismos han construido. Nos ponemos por tanto con Tarr, con lo suyo que nos quedaba por comentar. Y lo primero que hizo fue HOTEL MAGNEZIT, un corto que apenas pasaba de los diez minutos, en el que un grupo de hombres discutía en la miserable pensión en la que conviven sobre la conveniencia de expulsar a un anciano, veterano de guerra, al que acusan de haber robado un motor. La miseria, la dignidad, las razones...
Saludos.






































