De Groucho, que decía aquello de que si no le gustan mis principios tengo otros. Algo así se desprende del poderoso mensaje central que sobrevuela el nuevo ejercicio de autismo cinematográfico de la directora georgiana Dea Kulumbegashvili, APRIL, que fue galardonado en Venecia con el premio del jurado y en San Sebastián en Zabaltegi. Otra vez la extrema belleza formal de unos planos estáticos a los que le cuesta una barbaridad significarse para explicar dicho mensaje, que la cineasta sepulta en esa apabullante sucesión de estampas impactantes. O dicho de otra manera, claro, más explícita: es evidente que el tema del aborto destapa la hipocresía de las falsas morales, anunciadas como providas, cuando sólo esconden el sustento de una forma de vida que se presume bajo el control de las exigencias económicas no colmadas. En un entorno rural, Nina es una ginecóloga y obstetra de gran reputación entre sus colegas, pero de dudosa fama por haber sido acusada de realizar abortos ilegales a domicilio, lo que salta por los aires tras la muerte de un recién nacido y la acusación del padre de que podría haber sido intencionada. Oscilando entre un realismo truculento y unas imágenes de fantasmal alegoría, Nina es expuesta como una mujer vacía, pero en ningún modo malvada; que sufre con sus pacientes, desquitándose en una soledad extrema, deambulando por los lugares más peregrinos y buscando sexo esporádico y anónimo. Me cuesta el cine de esta mujer, me costó en su aún más farragoso debut, BEGINNING, que ya ganó la Concha de Oro en San Sebastián. Hay, creo, una gran película en cuanto consolide las inquietudes que exudan sus crudas imágenes, pero de momento no ocurre, por mucho que muestres un nacimiento en primer plano.
Saludos.
































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