En plena WWII, un anacrónico grupo de teatro, especializado en adaptaciones de Shakespeare, mantenía vigentes las funciones; aun con los bombardeos alemanes amenazando con derruir el propio teatro. THE DRESSER adaptaba la obra teatral de Ronald Harwood, teatro dentro del teatro, con la convicción de actuar como metáfora de la destrucción, atravesada por la resistencia de la cultura. Sin embargo, resulta más telúrica la decadencia de Sir, como es conocido el actor principal, una antigua estrella ahogada por la soberbia de un esplendor que ya no existe, mientras el alcohol consume sus pocas fuerzas. Sir es asistido por Norman, dedicado, abnegado hasta la sumisión, la única persona que alberga una mínima esperanza sobre su talento. Y dentro de un metraje que exige paciencia al espectador, concebido como un angustioso subsistir, resistir a la bajada del telón, la recompensa es el descomunal trabajo de Albert Finney, como una especie de bufón que se cree rey, narcisista y amoral, pero sobre todo un inmenso Tom Courtenay, absolutamente brutal, transmitiendo el cansancio del escudero fiel, un Sancho Panza queer, que sin ser actor es capaz de mantener las apariencias en todo momento, las suyas y las ajenas.
Tal y como cabría suponer, un guion algo repetitivo es aplastado por uno de esos duelos interpretativos que quedan para la historia del séptimo arte.
Saludos.





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