En el mundo ideal de Aristarain, los perdedores son señores educados, íntegros, que no se dejan pisotear, y por eso pierden. Son héroes que no quieren serlo, imperfectos, que fuman y beben y dicen tacos, o se enfrascan en discusiones improductivas acerca de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Por eso pierden, porque odian la palabra "productividad", y por eso también son irresistibles, aunque pierdan. Y en LUGARES COMUNES, Federico Luppi encarna a un viejo profesor universitario de literatura al que dan boleto por jubilación, pero él está convencido de que lo tenían enfilado, por eso de escribir con la izquierda, digo yo. El caso es que la película va de otra cosa, que no hablamos de Ken Loach. Va del amor que le tiene a su mujer (Mercedes Sampietro), sin la que no concibe la vida; y va de los libros, de lo jodido que es transportarlos en una mudanza, porque Fernando y Liliana se van de su caro apartamento, por las estrecheces económicas, a una finca en mitad del campo, donde quizá, a lo mejor, se ponen a cultivar lavanda y hacer perfumes, y donde también quizá Fernando termine de una puñetera vez de escribir un cuaderno que lleva toda la vida escribiendo para que lo lea su hijo, que vive en España y se ha aburguesado un poquito. Y en el título, aunque lo va cambiando cada vez que se pone, aparece Lucifer, pero sólo porque Pizarnik lo describía como "esa luz tan pura y tan blanca", tanto que fue desterrado, por envidia de los cabrones de siempre, supongo...
Hermosa película nos dejaste, Adolfo...
Saludos.
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