No tantas veces como debería, subyugo estos espacios dominicales a verdaderas rarezas, cine experimental, absolutamente fuera de los circuitos comerciales, que suponen la quintaesencia de la extrañeza de la imagen filmada. Mea culpa, pero hoy me acordé de Robina Rose, que falleció no hace mucho, y que supuso una refrescante mirada, femenina y feminista, al anquilosado panorama audiovisual de principios de los ochenta, por mucho que su obra fuese tan corta. Como si fuese una alucinación del mismísimo David Lynch, NIGHTSHIFT narraba (es un decir) el turno de noche de una recepcionista, distribuyendo los puntos de vista objetivos y subjetivos, en clara alusión a ese duermevela en el que casi nada es lo que parece. Rodada en cuatro noches en el famoso Hotel Portobello, en Notting Hill, contaba con la presencia de aquella farándula que poblaba las calles londinenses desde la explosión punk, sobresaliendo la enigmática presencia de Jordan Mooney, inseparable de Vivienne Westwood, que también se dejó caer con seudónimo. Es una ensoñación de mínimo diálogo, imágenes que conforman una especie de universo del subconsciente y la constatación de que los objetos únicos, aunque extraños, poseen el don de la inmanencia.
Saludos.

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