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jueves, 27 de mayo de 2021

El amor en tiempos del odio


 

AMORE E RABBIA rezaba el enésimo film por capítulos (verdadera moda), que no obstante se desmarcaba de los obvios por dos motivos: no hablar de lo que reza el título y un vanguardismo galopante, sin ceder a las tentaciones que este tipo de producciones alentaba hacia un público mayoritario. 
La función se abre con "L'indifferenza", corto cortísimo y apresurado de Carlo Lizzani (el menos dotado del quinteto elegido), quien parece imitar a Godard por sobre las calles americanas, donde un tipo corre desesperado, mientras una voz en off pretende darle caza virtual. Las chicas titanluxean en rojo chillón, tras ser atropelladas o disparadas. Poca cosa.
Bertolucci se despacha a gusto con "Agonia", artefacto muy cercano a los experimentos pseudoteatrales de Rivette, en el que un señor (Julian Beck, al que veríamos algo más tarde en la secuela de POLTERGEIST) exhala sus penúltimos alientos en clave figurada. Esto es: entablando una lucha de conciencia con su propia fe, sin que se sepa muy bien si alguna vez llegó a tenerla. La sobrepelliz póstuma aclara, de inmediato, la clerecía.
Pasolini, juguetón, inmediato, hace transitar a Ninetto Davoli en "La sequenza del fiore di carta"; mientras celebra la plenitud de la mañana romana, mientras el boloñés imprime lo bucólico con tétricas subimágenes de ejércitos que otros días reprimieron en el mismo sitio. Ni las tiernas crostatas hacen olvidar aquel amargo gris.
Entonces llega Godard. El segmento se titula "L'amore", sin más. Gente en sitios, tejados y veladores. Cercos sentimentales a una poesía teñida de pequeñas sacudidas. Hablar mirando el periódico. Invocar al preciso desaire de las máscaras conyugales. Godard por Godard otra vez.
Cierra Marco Bellocchio, y cuánto le queremos por aquí. Y su episodio es francamente divertido, un ensordecedor y anárquico disfrute de lo que pasa si se pone en cuestión la validez y vigencia del sistema educativo. En clave de farsa, "Discutiamo, discutiamo" pone gravedad de profesor con barbas falsas, y elocuencia marxista con mera intransigencia dialéctica. Al final, los no-actores se mean de risa mientras son aporreados con globos. Todo en orden, prosigan con la clase...
Y ya está.
Saludos.

lunes, 17 de diciembre de 2018

El regalo del maestro



Se murió Bernardo Bertolucci. Se murió uno de los directores más importantes de los últimos cincuenta años. Y huelga descolgarse con la rotunda filmografía del cineasta italiano, aunque son muchos los títulos que han ido apareciendo por aquí, como no podía ser de otra manera. Pienso que NOVECENTO no es su mejor película, pero sí la que con más acierto podríamos utilizar para representar el espíritu creativo de un hombre de fuertes ideales, pero de carácter siempre en constante búsqueda del equilibrio entre rigor y libertad. De libertad trataba este monumental fresco de cinco horas, que quizá sólo hubiera encontrado acomodo en estos tiempos como una miniserie, aunque quizá también le hubiese sentado bien atenuar por episodios sus excesos, que son muchos. NOVECENTO es la historia de Italia, al menos la que ocupa desde principios del siglo XX hasta la mitad, justo cuando una Italia adormecida se desperezaba de la pesadilla fascista tras el fin de la guerra. A través de la amistad de un señorito y un campesino que nacen el mismo día, Bertolucci traza una semblanza del país sin casi salir de los límites de las novecientas hectáreas de la finca de los Berlinghieri, en lo que termina siendo una de las metáforas más inteligentes y necesarias de aquel tiempo y aquel lugar, sobre todo viniendo de un director que hasta entonces parecía "conformarse" con militar entre modernos y revolucionarios. NOVECENTO es, antes que ninguna otra cosa, deliciosamente excesiva, y rigurosamente libérrima; con Gérard Depardieu y Robert de Niro (sí, un francés y un norteamericano) casi inventando sus roles sobre la marcha. Ellos son los niños que se enseñan inocentemente el miembro cuando su amistad pesa más que su abismal diferencia social; los jóvenes que comparten cama con una señorita sin saber muy bien qué hacer; los adultos que huyen del hogar familiar, aunque uno lo haga para vivir a todo trapo y el otro para evitar que lo maten; y los ancianos que seguirán peleándose a gorrazos por los campos, como niños, mientras el tren de la vida (hermosa metáfora) les pasa por encima. No tiene precio, por ejemplo, ver a dos colosos como Sterling Hayden y Burt Lancaster interpretando a los abuelos de los niños, ya enfrentados en una titánica lucha social; sí, como en un western de Hawks, pero uno con un bastón de marfil y el otro con una guadaña de siega. No tiene precio la lección magistral de fotografía del maestro Storaro, esplendorosa en los interminables planos exteriores y lúgubre en la decadencia de los interiores. O la hermosa e imperecedera partitura de otro maestro, Morricone, dejando perlas a lo Leone, que hay mucho Leone aquí también, por supuesto. Pero me quedo con la imperturbabilidad de la sensación que tuve la primera vez que vi esta maravillosa película, hará unos 25 años, y la experiencia de volver a visitarla. NOVECENTO es el pueblo levantándose contra el opresor a base de tirarle mierda de caballo, pero también es la mirada absorta de una familia hambrienta mientras untan un trozo de polenta por la espina de un arenque seco. Y es la imposibilidad de los ricos para hacer entender a los pobres que ese es su lugar natural, el de ambos, mientras los matones se enfundan en camisas negras y Europa empieza a verse justo encima de un abismo sobre el que es imposible mantenerse en pie.
Murió Bertolucci. Vean a Bertolucci. Esto es la Historia del Séptimo Arte...
Saludos.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Películas para desengancharse #49



Hace treinta años, tuvimos la oportunidad de asistir al estreno de una de las verdaderas últimas superproducciones, tal y como éstas son entendidas según el canon de producción de los grandes estudios. THE LAST EMPEROR tenía un reto casi imposible por delante y muchas papeletas para convertirse en un fiasco de los que marcan época ¿Qué factores la elevaron hasta ocupar el lugar preponderante que ostenta desde entonces? A mí me parece esencial el equilibrio entre exotismo y cotidianidad, intimismo y grandilocuencia. Equilibrio que se extiende a la perfección, casi obscena, de la fotografía del maestro Vittorio Storaro y la inolvidable partitura que imaginaron Ryuichi Sakamoto y David Byrne. Sin embargo, nada de esto podría haberse conjuntado, sin desbordarse, de no ser por la impecable dirección de Bernardo Bertolucci, entonces incomprendida con recelo, pero que se incluye entre lo más incontestable de toda su filmografía. Una historia que, de una u otra forma, necesitaba ser contada, la del último emperador de China, Pu Yi, que llegó al trono por obligación con tres años en los últimos estertores del imperio, que apenas se reducía a la ciudad-fortificación de Pekín, convertida en un anacrónico espacio fuera del tiempo, y del que el joven emperador no pudo salir hasta ser prácticamente un adulto. El film, enorme en pretensiones y extensión, tiene dos partes bien diferenciadas y cuyo difícil engarce supone el mayor escollo léxico, como si un gran vacío se abriese entre la fascinante majestuosidad del primer bloque (justo hasta el inevitable destierro) y la convencionalidad del segundo, que sin embargo contiene una superlativa interpretación de John Lone como el emperador adulto. Una película aplastante, con sus nueve oscars (de nueve), sus formas y colores, y un vestuario que es bellísimo, perfecto. Las localizaciones apabullantes,los momentos íntimos rodados con sensibilidad... ¿Por qué habría que desengancharse entonces a toda prisa?... Me pregunto de quién sería la fabulosa idea de rodarla íntegramente en inglés...
Saludos.

martes, 26 de julio de 2011

Fuera de lugar



A mí, THE DREAMERS me cogió completamente a contrapelo. Con 29 años, empezaba a darme cuenta de muchas de las trampas que te pone la vida, cómo esquivarlas y no atender a los mitos, que sólo quieren distraerte para que caigas en una de ellas. Con las cosas de esa manera, fui desgranando las claves de Godard (aún sigo), Bresson, Truffaut, Resnais, Rivette...; aún no conocía a Garrel, pero no tardaría mucho tras caer rendido ante el monumental shock de Eustache... Así que Bertolucci, este Bertolucci tardío, no podía aportarme demasiadas luces, y menos en aquel momento. Aun así, THE DREAMERS tiene sus cosas, por supuesto; tiene un trío protagonista magnífico, un poco de postal pero bastante más que solvente, apuntando al magnífico actor que luego ha demostrado ser Louis Garrel, especialmente dirigido por su padre; el desparpajo de Michael Pitt, que a mí me parece un actor desaprovechadísimo; y Eva Green, que no es una gran actriz pero encandila con sus modos sofisticados y sus encantos muy naturales.
THE DREAMERS es una especie de extraña pieza de cámara rodada casi exclusivamente en la habitación parisina donde dos hermanos franceses invitan a un estudiante norteamericano para dar rienda suelta (y habría que tener cuidado aquí) a un compendio de hedonismo y ansia de libertad, no exento de cierta crueldad y torpeza. Mientras, fuera se desarrollan los acontecimientos de Mayo del 68, a los que estos tres jóvenes son totalmente ajenos. Es un difícil ejercicio; mantienes una tensión muy al fondo, apenas entrevista, pero liberas un esplendoroso clímax ya al final como si se tratara de una especie de secreto, solo que aquí lo es a voces. No sé, no me parece una película redonda, ni tampoco entretenida, ni ampulosa, ni ligera... Casi no me parece nada, excepto una última oportunidad de tocar el cielo para un director acostumbrado a ello y que se resistía aún a dar su particular canto del cisne.
Si no la han visto puede que les guste si no se hacen demasiadas expectativas.
Saludos en comuna.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Menos es más



LAST TANGO IN PARIS es una gran película, por muchos motivos; fundamentalmente por su libertad, sus ganas de transmitir esa libertad aun a costa de una historia demoledora y vacía de toda esperanza. Bertolucci concibió un relato esquizofrénico, autodestructivo y arrasado, con un trasfondo de honestidad ingeniosamente travestido de impostura y un actor en estado de trance. Marlon Brando no necesitaba al americano de la camiseta bajo el abrigo para estallar de talento, cualquier otro sí, pero no Brando; y, sin embargo, su composición roza el aliento poético desde la baladronada de su discurso o los titubeos iniciales, cuando no sabemos qué va a pasar con ese destartalado fantoche que se dedica a perseguir sombras con nombre de mujer. LAST TANGO IN PARIS no es nouvelle vague, y no lo digo por su año de realización, sino porque no lo es, no puede ni quiere serlo; igual que no es cine italiano, ni americano, ni francés, Brando, su personaje, el motor que da sentido al film, construye un mundo estancado al tiempo que lo va destruyendo todo a su paso; es capaz de hacernos creer (especialmente en sus reveladoras escenas junto a Léaud) que todo responde al 68 para, sólo unos minutos después, tirarlo todo a la basura, sin nostalgia, sin miedo, sabiendo que todo empieza y acaba exactamente ahí, en el corazón del vacío ¿Existencialismo?, bien, de acuerdo, es una forma de encontrar un cierto calor ajeno, pero LAST TANGO IN PARIS no está hecha de preguntas ni respuestas, sino de ausencias insoportables; Bertolucci se atreve a mostrar la fragilidad del ser humano, su impotencia ante lo que no entiende y cómo reflejamos esta impotencia  en actos de violencia verbal, sexual y moral, mediante el sometimiento del "otro", convertido en pentimento de lo que se fue y no volverá. Luego está la historia en sí, el argumento, que personalmente no me atrae tanto como el espacio rasgado en el tiempo que Bertolucci logró consumar apostando decididamente por caminar por el alambre. LAST TANGO IN PARIS es una obra insólita e inmortal porque está construida sobre su propia circunstancia y no sobre su leyenda; luego están los detalles, las frases, el cine... Aunque también sea otra historia...
Últimos saludos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!