Y vaya por dios, también se ha ido Dolly Parton, una de esas estrellas imposibles de ignorar, de las que, aunque no te gustara mucho su música, todo el mundo sabía que estaba ahí, porque parecía que siempre estuvo ahí. Y algo hizo en el cine, no mucho, pero me he acordado inmediatamente de una película, que si te la cuentan no te la crees. RHINESTONE pretendía hacernos creer que era posible que Parton convirtiera, en tiempo récord, nada menos que a Sylvester Stallone en un cantante de country. En clave de comedia no siempre tan afortunada, Sly interpreta a un taxista neoyorquino, que por azares muy azarosos se cruza con Parton, una cantante acosada por su baboso jefe, al que reta en descubrir a la próxima gran estrella en la primera persona con la que hable. Lo que no vimos venir es a Stallone haciendo el idiota vestido de lentejuelas, y explotando esa vertiente cómica que siempre ha creído poseer, y que proviene de esa expresión mezcla de cansancio, desvalimiento y desidia mental. Es una película que vi mucho de niño porque la cinta pululaba por casa, y si entonces entendía poco, ahora aún menos. El caso es que no me parece tan horripilante como la pintan, tan sólo una comedia normalita, disparatada (Bob Clark venía de filmar PORKY'S), y que básicamente explotaba el carisma y éxito de dos superestrellas, aunque tenían menos química que una herboristería. Una rareza que sólo tenía sentido en los ochenta, pero que nos sirve para recordar a una gran cantante.
Saludos.
