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lunes, 14 de septiembre de 2026

Cani's blues


 

Es difícil empatizar con la pareja protagonista de 7 VÍRGENES, porque no lo puso fácil Alberto Rodríguez en la que fue el disparadero de su carrera, allá por 2005. En las 48 horas que tiene Tano (Juan José Ballesta) de permiso del reformatorio, para acudir a la boda de su hermano, y siempre con su colega Richi (Jesús Carroza), le da tiempo a robarle la cartera a un paisano, romper un escaparate, tomar prestado un televisor y meterse en una reyerta, en la que no lo pillan de milagro. Nos queda muy claro que Rodríguez tenía en mente sus "400 golpes", filmados fundamentalmente en el Polígono de San Pablo y alrededores, para hacernos estallar en la cara una bomba de realidad que, en verdad os digo, es bastante más jodida que en esta película más efectista que efectiva, que no está nada mal, porque es concisa y directa en lo que cuenta, pero lleva el desenlace telegrafiado en la frente desde el principio. Eso sí, Rodríguez dejaba señas de su imponente dominio de los estallidos controlados, pero se echaba de menos un desarrollo mayor de algunos secundarios, entre los que estaba, aunque casi testimonialmente, Manolo Solo.
Muy buena en lo que es buena, e inocentona en lo demás.
Saludos.

viernes, 10 de marzo de 2023

La lucha intestina


 

Sigamos con los Goya. MODELO 77 es la última película de Alberto Rodríguez, que sigue cimentando una carrera sólida, robusta, pasada por la mirada sabia de los grandes clásicos y aferrándose a un dominio casi insultante de su oficio. Y aun así, no hablamos ni por asomo de su mejor película. Tampoco de un mal film, sino más bien de uno que se gusta al poco tiempo de conocerse, para terminar en un extraño letargo sin sorpresas. Se trata de un fidedigno retrato de las deplorables condiciones carcelarias a finales de los setenta, cuando aún la democracia parecía un anuncio con demasiadas promesas sin cumplirse. A la cárcel Modelo de Barcelona llega Manuel, que sin cometer un gran delito (aparentemente un pequeño desfalco) ha sido condenado por no menos de diez años. Allí conoce a presos de variopinto pelaje, pero especialmente a Pino, un recluso de larga condena, más inteligente que la media, pero con un carácter que le hace recelar de todo el mundo. Hartos de esperar una amnistía, se creara COPEL, sindicato improvisado de presos, que iniciará una protesta primero pacífica, pero que irá recrudeciéndose. Rodríguez maneja tantos registros y tonos, tantos personajes, abre tantos frentes, que el ritmo termina por resentirse, llegando a anestesiar un relato por momentos apasionante, y por otros extrañamente ingenuo. O dicho de otra manera: una hora y media para una resolución de quince minutos. Magnífico Javier Gutiérrez, a trompicones Miguel Herrán.
Saludos.

miércoles, 15 de febrero de 2017

No dejes que la realidad te estropee una buena historia



Recuerdo que después de ver LA ISLA MÍNIMA, además de la satisfacción por ver que mi paisano Alberto Rodríguez era capaz de inaugurar lo que hoy día se celebra como "Nuevo thriller ibérico", me asaltó una duda, no muy preocupante, pero sí rotunda. No sé por qué pero me daba la impresión de que Rodríguez podría sucumbir a la tentación de rotoscopiarse a sí mismo, esto es: alejarse de sus habituales (y fascinantes) saltos al vacío e ingresar en la nómina de directores preocupados por la historiografía patria. Y es que no es lo mismo reseñar que crear, y aunque es encomiable el poderoso pulso que trazan las dos horas de guion caníbal de Rafael Cobos y el propio Rodríguez, el sabor que queda en el paladar tras ver EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS es el de un trabajo excesivamente encorsetado, sin muchas ganas de asomarse al abismo de los archivos clasificados. Y mi pregunta es clara: ¿Por qué tendríamos que puntuar alto a una recreación de lo que se nos ha permitido saber acerca de ese tipo llamado Francisco Paesa? Nadie, absolutamente nadie sale perjudicado de este recorrido por salones, bancos, habitaciones de hotel, que sirven apenas para aturdir nuestra percepción y no ver con claridad lo que en realidad es: el saqueo indiscriminado a las arcas públicas por parte de unos señores que, no se sabe cómo (y esto es lo malo), han decidido que la sociedad vale una mierda y sólo cuentan los beneficios. En medio está la ETA, Belloch, un piloto de aviones y Luis Roldán glorificado como chivo expiatorio. Habrá que seguir esperando para que un artista lúcido y con inteligencia ponga en su sitio a los que mantuvieron las reglas básicas del franquismo intactas, crearon la ilusión de la democracia "imperfecta" y de paso le arreglaron la vida a varias generaciones venideras de su familia. Para eso no hace falta dar nombres, aunque en ese caso habría que dar un paso al frente y admitir algo que todo el mundo sabe, que en este país hay una censura feroz.
¿Que por qué a pesar de todo me ha gustado? Pues porque a mí lo que me gusta es el cine bien hecho, y Alberto Rodríguez hace muy buen cine. La realidad se queda para los exégetas de nómina...
Saludos.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Illo, m'alegro en verte



No se preocupen lo más mínimo, la aberración léxica está perfectamente justificada en el caso que nos ocupa hoy, una de las aspirantes a big thing patria para lo que nos resta de temporada. Sin embargo, me resulta complicado atender las plegarias cuando éstas provienen de un santo ya confesado; por mucho que me entusiasme el cine de mi paisano Alberto Rodríguez, LA ISLA MÍNIMA debe considerarse como un trabajo, si bien igualmente brillante que cualquier otro suyo, afectado de una pesada autocomplacencia que debería ir sacudiéndose desde ya, antes de que le sigan regalando los oídos desde el mismo púlpito que aplaude miasmas como los "apellidos vascos".
Ahora bien, la película es una virguería, en lo visual y en lo conceptual (aunque no puedo quitarme de la cabeza cierta serie ambientada en el Delta del Mississippi...); su sentido del ritmo logra mantener el misterio hasta bien entrada la recta final, y su galería de personajes y chascarrillos fenomenalmente localistas le dan una literatura propia que tantísimo echamos en falta en el cine español. Problemas: para no extendernos mucho, que hay varios personajes que se desvanecen de la narración sin que nos hayamos enterado de por qué estaban allí exactamente; que lo del poli con pasado franquista lo hizo más sutilmente Garci en EL CRACK, o que la impresión final sea que... no hay impresión final ¿Qué nos cuenta exactamente el guion? ¿Acaso debiéramos prestar más atención a la situación de encubrimientos y engaños, provenientes del abuso de los patrones sobre los jornaleros? ¿No es en realidad éste el verdadero crimen, y el de las niñas una especie de cortina de humo que no deja ver cosas aún más repugnantes? Todo esto, reconozco, es difícil de conciliar si no se es un maestro del género negro, y tengo mis dudas sobre esto respecto al director sevillano; no así, insisto, en su fragante capacidad de fascinación y búsqueda incesante de imágenes no filmadas antes. Pero claro, también es verdad que el acento que a otros les hace tanta gracia a mí no es que me resulte familiar, sino que es ni más ni menos que mi lengua oficial... y oficiosa.
Ah, y no se olviden de pedir un pan de la casa con jamón y salmorejo en el Bar El Tívoli en Camas. A falta de albures...
Saludos.

viernes, 22 de febrero de 2013

In my city...



A cada paso dado, Alberto Rodríguez no sólo va afianzando su cine, su manera de entender el cine de género haciéndolo pasar por otra cosa mucho más sutil, sino que está logrando lo que nadie ensayó antes de una manera concreta: mostrar los modos de una cultura y un lugar sin omitirle los puntos negros y las turbiedades, pero también poniendo sobre la mesa los datos posibles de por qué debemos estar atentos a los comportamientos y no censurarlos, cuando no despreciarlos miserablemente. Lo primero que debo decir tras ver una estupenda película como GRUPO 7 es que se olviden de los carteles publicitarios. Esto no es "Brigada Central". Esto no es televisión. Esto es cine, y cine no es sólo proyectar en una pantalla grande (y cada vez menos), sino dotar(se) de todo lo necesario para, una vez comprimido, lo visto perdure. Es ésta una película de un tipo avispado, despierto en su propio tiempo, y por eso, aunque se desarrolle en el aparentemente intrascendente período que iría desde 1987 hasta 1992, el diálogo establecido con la miseria generalizada que ahora sufrimos cobra una relevancia que, de momento, ningún título "contemporáneo" ha conseguido armar. Mucho se ha hablado de la esplendorosa Sevilla de la Expo, de lo mucho que cambió la ciudad, de lo que adelantamos en el albor del Siglo XXI. De lo que nadie hablaba era de la basura de los barrios marginales, del Vacie, de Los Pajaritos (donde está el corazón motor del film), las Tres Mil Viviendas, Torreblanca... El rosario inacabable de la droga, el paro y la delincuencia con los que había que acabar en tiempo récord... antes de la Expo. Este Grupo 7 pasa de actuar al lado de la ley a hacerlo al margen, porque es más rápido y más eficaz; mientras no se sabe todo son parabienes, pero cuando la prensa lo destapa todo se desmorona. El Grupo 7 es el encargado de barrer la droga del centro de Sevilla, pero cuando quieren ir al meollo son reprobados por su superior; la periferia no interesa, sólo que el centro esté limpito antes del "gran evento". Y esa es la gran baza del film, una denuncia un poco tardía pero necesaria y que estoy seguro va a remover bastantes conciencias. Pero no me gustaría acabar sin resaltar lo que ya empieza a ser una constante en el cine de Rodríguez, su excelente dirección de actores. Todos están cojonudos, metidos en su papel y sin un solo gesto a la galería; magníficos Joaquín Núñez, Alfonso Sánchez y Estefanía de los Santos, comiéndose la pantalla; muy correcto Mario Casas, cogiéndole el pulso a su personaje y sacándolo de todas las tentaciones de encasillamiento. Y luego dos interpretaciones sublimes, superlativas: Julián Villagrán componiendo un personaje tan enternecedor como repugnante (y eso es muy difícil), pero sobre todo Antonio de la Torre, por enésima vez dando una lección de cómo se le da intensidad a un personaje sin estridencias ni histrionismo. Simplemente sublime.
¿Que si me la esperaba peor? Desde luego, mucho peor, por eso no deben hacerle caso a los carteles promocionales...
Siete saludos.

viernes, 1 de octubre de 2010

Antes de que cierren



He leído de todo sobre AFTER, de todo; y bien que se presta el insólito film de mi paisano (que para colmo me entero de que nació el mismo día que yo) a una inacabable y dispar ristra de adjetivos, consideraciones, escupitajos, insultos y demás cosas que hace la gente cuando ha visto algo que le ha incomodado sobremanera. Porque el cine español está carente de eso, de provocación inteligente; y porque AFTER no tiene nada que ver con el producto bien embaladito y servido al instante al que estamos acostumbrados. Rodríguez ha madurado como doscientos años desde su estimable y bienintencionada SIETE VÍRGENES, que tenía el peligro de que su autor se enseñorease en las muchas loas que recibió; nada de eso, porque AFTER casi no tiene puntos de unión con aquella pequeña historia de barrio, muchísimo menos con sus titubeantes EL TRAJE y EL FACTOR PILGRIM. Cuesta decirlo, admitirlo, pero ha tenido que ser un relato sobre la fatuidad y el vacío materialista de cierta generación a la que yo mismo pertenezco el que haya molestado (molestia necesaria, que ha de repetirse muchas veces a partir de ahora) a un montón de gente que, ni más ni menos, se ha visto cruelmente retratada en la pantalla ¿O es que las inacabables noches de discoteca y afters no son así? ¿o es que somos incapaces de admitir que nada de lo que nos rodea nos gusta ni satisface, mientras lo disfrazamos todo con un falso aroma de cordialidad? Podemos cerrar los ojos y decir que es otra historia sobre niñatos en la España democrática, pero no es lo mismo reflejar la inmadurez que dar lecciones de madurez cuando eso es lo inmaduro. A mi juicio, Alberto Rodríguez acierta de pleno y sólo tiene algunos resbalones, como el énfasis en los aspectos más disparatados; pero la tremenda oscuridad de lo que se cuenta termina por imponerse y se nos van poniendo los detalles con cuidado, para que seamos nosotros quienes veamos este viaje al fin de la noche como lo que es: un certero vistazo a lo que hemos terminado por ser, una vez nos hemos concienciado (y aceptado) de nuestra derrota. Quien sólo vea los corazoncitos de los chinos brillando en la oscuridad de un after es que no ha visto absolutamente nada.
Saludos para después.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!