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jueves, 24 de mayo de 2018
De tiendas
¿Se puede denunciar a lo que nos produce fascinación? Algo así significa (y simplifica) la noción exultante de qué es exactamente lo que viene a contarnos Olivier Assayas en su ectoplásmico y hipsteriano ajuste de cuentas con un estado de las cosas que seguramente no le gusta, pero al que termina, quizá involuntariamente, rindiendo tributo. PERSONAL SHOPPER linda con muchas cosas, con muchas y diversas ideas, pero no se decanta por asumir una voz que podamos identificar adecuadamente; nos embarca en una supuesta experiencia extrasensorial (sesión espiritista incluida), para seguidamente orgasmarnos con unos brazaletes de Cartier y unos dedos, incapaces de acariciar personas, deleitándose al contar billetes de 500 euros. El gran problema de esta película es que cohabita demasiados compartimentos que no parecen tener mucho que ver entre sí, y que todas sus excelentes intenciones se desinflan por culpa de un guion extremadamente mal construido, obra del propio Assayas. Cuando finalmente se decide a retomar un cierto ritmo, inundar la pantalla con una angustia e intriga crecientes, es demasiado tarde, y, puede que con algún que otro problema de conciencia, se permite un epílogo sencillamente sonrojante, con vasos flotando en una estancia de Omán... ¿Omán?... Sí, Omán.
Saludos.
sábado, 5 de julio de 2014
Rodar pese a todo
IRMA VEP, de Olivier Assayas, me parece una película admirable en cualquier sentido. Por su valentía y oportunidad al rescatar el poderoso icono del hipnótico serial de Louis Feuillade e incrustarlo en mitad de una trama apasionante que no es otra cosa que los múltiples vaivenes de un equipo cualquiera de rodaje para poder llevar a buen término un proyecto. Éste es tan descabellado como fascinante: el director (Jean-Pierre Léaud) está obsesionado con actualizar LES VAMPIRES, pero sólo le falta encontrar a su Musidora; cuando el equipo recibe la noticia de que será (en sus palabras porque sólo puede ser ella) la actriz asiática Maggie Cheung, será imposible conciliar a todas las partes, incapaces de ponerse de acuerdo ante una decisión tan controvertida. Pero vayamos un paso más allá. La encargada de vestuario no cree en la película, pero cae rendida ante los encantos de la actriz principal, así que se involucrará de tal manera que la asistente la delatará ante el resto del equipo; el director, tras una crisis nerviosa y una terrible discusión con su mujer, se retira del rodaje y luego desaparece, es sustituido por otro director, con problemas financieros, que propondrá despedir a Cheung y dar el rol protagonista a la actriz secundaria. Y si se preguntan qué es el folletín, puede que encuentren más de ello en la intrahistoria ideada por Assayas que en el propio guion "feuilladiano"; los integrantes de un equipo de rodaje parecen transfigurarse en los propios "vampiros", con sus envidias, sus odios y filiaciones, todo un microverso tan sometido a cambios de temperatura, que parece imposible realizar el más mínimo intento de concreción por su parte. Entonces, en una genial secuencia, Maggie Cheung se enfunda el ajustado traje de látex y, poseída ella misma por el espíritu de Musidora, sin actuar pero con un mimetismo feroz, decide asaltar los tejados de París... entrar en habitaciones ajenas... robar joyas... ¡LES VAMPIRES!...
Saludos.
miércoles, 19 de septiembre de 2012
Los amigos que se quedaron
La diferencia entre una película con un buen guion y una película con un mal guion es que la primera se entiende aunque el director se empeñe en emborronarla con eso tan pesadito del "sello personal", mientras que la segunda puede afanarse en una búsqueda de cierta "verdad" identitaria y, aun así, perderse en su propia frustración, que no es otra que la de no contar prácticamente nada. Por eso FIN AOÛT, DÉBUT SEPTEMBRE es muy probablemente de lo mejor que ha rodado hasta hoy Olivier Assayas (no estoy seguro de que sea su mejor trabajo, así que no lo digo); primero porque de verdad que se entiende clarísimamente qué es lo que se nos quiere contar, pero también porque lo que nos es narrado nos llega al hueso. No es una coral movie al uso, no necesita desfocalizar a sus personajes, casi todos perdidos, sino que es su eje el que tiembla ante la posibilidad de desmontar el mito del protagonista y centrarse, aún mejor, en la emoción desprendida de unos roces que a veces son suaves e imperceptibles y otras provocan terremotos. Nos importa que esos personajes se preocupen por sus propios problemas de toda índole (económicos, sentimentales, morales...), pero descubrimos con alivio cómo no hay protagonistas "dentro-de-ellos-mismos", sino que sólo un poco de paciencia y atención nos lleva al siguiente estadio, que tampoco ha de seguir una secuencia nítida ni lógica. Assayas escribe como nunca para mostrar sin juzgar y demostrar sin castigar, al menos en esa sensibilísima historia de amistad, que queda por encima de los amores, las libertades y desahogos. Una amistad que dibuja muy sutilmente la falsedad de los comercios de la muerte tras el ninguneo de la vida, y quien la haya visto sabrá apreciarlo. Debería, también, hablar de unos actores que están maravillosos (Amalric y Cluzet en perfecta sintonía), pero no puedo evitar dar (en vida) el mérito que se merece un director habitualmente perdido en meandros, la mayoría incluso innecesarios, y que aquí se otorga el justo placer del cariño de sus personajes, de dejarles hablar, mirar, sentir, amar... Magnífica para los poco o nada sentimentaloides.
Saludos a mediados de mes...
sábado, 11 de febrero de 2012
Revolución nº 13.568...
Lo fácil es decir que te gusta mucho CARLOS, lo difícil es lo otro; como mucho se puede decir que no se entiende bien, que agota su exhaustiva reconstrucción de hechos. Más que una película sobre terrorismo y terroristas, se trata de una exploración de cierta condición humana; cabe la abyección, la camaradería, la traición, el idealismo, la ambición, la lujuria, la desorientación y, finalmente, la decadencia. Tal y como puede verse en uno de sus múltiples carteles promocionales, el rostro (y el cuerpo, y la mente) de Ílich Ramírez Sánchez, alias "Carlos", es como un lienzo vivo mediante el que Assayas ensaya todas las posibilidades de mutación que este trozo de historia escindido a sangre y fuego le brinda. Como toda gran película, carece de género al tiempo que sublima cada género en el que ingresa para, momentos después, largarse como si nunca hubiese estado allí. Vemos a Edgar Ramírez (por cierto, antológica interpretación la suya) hablar de revolución, de terrorismo, de lucha... ¡Clic, clic! En apenas minutos estamos en su polla, en su culo, en su panza y en sus escrutadores ojos de animal. Ya no nos fijamos en su boina, en su caracterización de Ernesto Guevara; ahora es un vividor que nunca se separa de su Johnnie Walker ni rechaza un puro mientras maquina asesinatos en la hamaca de un hotel de lujo. Llegado un momento, nadie sabe exactamente qué diablos pretende Carlos ¿Es todo por dinero? ¿por alcanzar la fama? No es casualidad que Assayas introduzca cada "episodio" como si de un videoclip se tratase; una canción de Wire por aquí, otra de New Order por allá, luminiscencia discotequil y de repente hay un tipo que esconde una maleta llena de armas y en un tiroteo mueren varios policías; la correlación de lo que parece un estudio de actos premeditados deja paso al "momento", y ahí el personaje se hace fuerte, domina el tempo de su propia narración, estamos a su merced y nos encanta. Una gran película, efectivamente, pero quizá no la película que esperábamos; descolocados conscientemente, CARLOS da un paso más allá y nos indica qué posibles caminos puede tomar, en adelante, lo que antes era cine y ahora aspira a explicarnos el porqué de saber cada vez menos justo cuando la información es más accesible que nunca. Véanla, estoy seguro de que su análisis no coincidirá casi en nada con el mío, y eso es maravilloso.
Saludos exhaustos.
(Existen dos versiones, una de 165 minutos y otra de 333; intenten conseguir la segunda, aunque lo ideal es ver las dos y comprobar de primera mano la diferencia [incluso de género] existente entre ambas)
sábado, 19 de noviembre de 2011
Futuro pluscuamperfecto
Desconfíen de DEMONLOVER, no es la película que parece ser; no la que promete ser, porque Olivier Assayas no promete nada, sólo lo insinúa para terminar jugando con el intelecto del espectador. Bien hecho, creo yo, porque de alguna manera volvemos a las raíces, a ser un poco más inteligentes en base a lo avispados que demostremos ser. Tampoco demuestra nada DEMONLOVER, no es un cuento que empieza y acaba, ni siquiera pretende enseñarnos ningún tipo de lección. DEMONLOVER es una conjetura, exactamente igual que el experimento de Godard en ALPHAVILLE o Tarkovski en STALKER (notablemente superiores, si me permiten la observación); un autor se abandona en los brazos del género para, seguidamente, saltar de los mismos y subvertirlo como fin en sí mismo. DEMONLOVER no sólo habla de la manipulación digital y hasta se disfraza con los distinguidos oropeles de la liturgia, sino que no se salta ni una coma de lo que podría haber sido un nuevo thriller supuestamente futurista ¿Entonces qué? Pues entonces, justo cuando (tan listos que somos) creemos haber apuntalado bien los tres o cuatro trucos del escurridizo director francés, resulta que esto no era ni MATRIX, ni JOHNNY MNEMONIC, sino el adelanto de, por ejemplo, INLAND EMPIRE, mejor hecha, claro. Efectivamente, pueden leer la sinopsis si quieren, pero les hará el mismo efecto que si ven la película sin sonido: no se van a enterar de nada. En lugar de eso, les propongo que se esfuercen por abstraerse de todo artificio y se concentren en el rostro de Connie Nielsen, ahí está la clave. Quedan avisados.
Saludos endemoniadamente amorosos.
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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...
¡Cuidao con mis primos!




