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domingo, 23 de julio de 2023

Rincón del freak #558: El padre de todo ello


 

Inventarlo todo es difícil, que se lo digan al profesor Bacterio si no. Ser el autor total, no ya de una obra, sino de una filosofía autónoma, que sólo puede ser imitada, y mal. Puede que Ibáñez crease el tebeo más grande en español, y eso son palabras muy mayores; no por lo patrio y eso, sino por lo que de revelador tuvo para entender la idiosincrasia, a veces tan incomprensible, de este país tan chusco, tan extraño y tan esperpéntico. Se ha muerto Francisco Ibáñez, y con él se termina un universo, el de aquella editorial (¿para cuándo un documental?) esclavista e irrepetible (y casen, por favor, ambos términos) que fue Bruguera. En mi opinión, Ibáñez fue un genio, un visionario, un tipo con el escalpelo de un Quevedo, un Valle-Inclán, un Larra, un Berlanga o un Buñuel. Y también creo que lo suyo era más complicado, por ser un tebeo, y además por tener que cumplir la función de entretener a toda costa. Ibáñez mixturaba costumbrismo y slapstick, enriquecía el léxico con infinidad de acepciones que rozaban lo arcáico, mientras dominaba el absurdo de la viñeta con el pulso de los maestros, moldeando el tiempo a su antojo, e introduciéndonos en un universo paralelo, muy marciano, pero muy reconocible. Se ha ido un maestro, y no va a haber otro igual, es simplemente imposible. Me quedo con las noches interminables de Súper Humor, de los Olé colgados de pinzas junto al ambulatorio, de la sensación, ya perdida, de leer un tebeo con ojos hechizados y sonrisa perpetua. Eso tampoco volverá ¿La película?... Es lo de menos. Se titulaba LA GRAN AVENTURA DE MORTADELO Y FILEMÓN, cumple por estos días veinte años y no es un desastre absoluto porque el legado de Ibáñez es capaz de soportarlo casi todo. Si algo demostró, es que es inadaptable...
Saludos.

viernes, 8 de febrero de 2019

Ganar perdiendo



Como lo de los Goya me interesa cada vez menos, mi repaso de este año, aunque igual de exhaustivo, va a ser más espaciado que otras veces, semanalmente paa ser más precisos. Y, como no puede ser de otra forma, abrimos con la ganadora, imprevisible ganadora, aunque todos sepamos cómo funcionan estos premios desde que hace unos años perdieron (felizmente) la cabeza reconociendo a Jaime Rosales, por entonces punta de lanza de ese cine invisible que también se hace en este país, aunque pase tan injustamente desapercibido. Y un poco sobre eso va CAMPEONES, sobre invisibilidades, discapacidades y lecciones de relativa moralidad que se disfrazan de diversión monitorizada. Personalmente nunca me ha epatado el cine de Javier Fesser, que funcionaría muy bien serializado, pero que en la cohesión de un largo deja al descubierto las costuras derivadas de su inducción tedenciosa y deliberadamente manipuladora. Reconozco que es simplemente imposible no quedar desarmado ante las actuaciones de estos tipos entrañables y profundamente humanos, y quizá el gran mérito de Fesser consista precisamente en hacerles actuar todo lo posible y no gustarse en un naturalismo que quedaría descompensado ante el elenco profesional, en el que cabe destacar a un sobresaliente Javier Gutiérrez, que sale airoso de un atolladero sumamente complicado y capaz de llevarse por delante cualquier talento. Poco más puedo añadir para no terminar siendo cruel con una película que tampoco merece un despellejamiento (aunque estará en los oscar...) más allá de la resignación de que ni de lejos es la mejor película que se ha hecho el curso pasado en España, aunque creo que eso lo sabían hasta los que la votaron... Tssss...
Saludos.

domingo, 30 de agosto de 2015

Rincón del freak #202: Cabalgando un caballo muerto



No me gusta el cine de Javier Fesser. Es algo que noto íntimamente desde el primer fotograma de su primera película, y no va a ser una excepción porque en pantalla salga la pareja más demencialmente genial de la historia de los tebeos. De hecho, nada de lo que veo en el agotador trasiego de MORTADELO Y FILEMÓN CONTRA JIMMY EL CACHONDO me recuerda el antológico sentido de la dinámica que Ibáñez imprime a sus personajes; donde allí el paso de una viñeta a otra era un inacabable tránsito hacia lo inesperado (el "gag"), aquí sólo hay ruido de cacharros cayendo al suelo, el terrible y vergonzoso "Mamá, mírame", que es el peor defecto del slapstick, aunque me parece un insulto comparar a Harold Lloyd o Laurel & Hardy con esta celebración del "Red Bull visual"... En fin, que no veo ni pizca de la sensibilidad de Pixar en este levísimo interceso de intereses cruzados, que le hará mucho y muy bien a eso de la "industria española" (¿ven?... eso es un chiste), pero que apenas supone un reto técnico, por si a alguien se le olvidaba que aquí lo de copiar técnicas se nos da la mar de bien. Pero por encima de esas bagatelas, siempre se me impone una como alergia a lo de Fesser, al que le gustaría tener un sello propio y reconocible, pero que se queda a mitad de camino entre Gomaespuma, Jeunet y Caro, y el Mariano Ozores de los bigotitos y los Simca...
Mi hija nunca me preguntará por los tebeos por esto... sino por los tebeos...
Saludos.

viernes, 12 de marzo de 2010

Solaz de frikis

Está claro que el bueno de Javier Fesser, antes de cargarse a Ibáñez y al Opus Dei (por ese orden), intentó ganarse un lugar en el exclusivo mundo de los creadores, los autores, los que obraron el milagro e hicieron algo de nada. Su aportación fue una curiosa película que parece ser lo que no es y termina siendo lo que no parece... E intentaré explicarlo.
EL MILAGRO DE P. TINTO parece excéntrica, pero en realidad es entrañable y costumbrista; en principio no se parece a nada que hayamos visto antes, pero entonces aparece toda la tradición del cómic humorístico-sarcástico de nuestro país, con el dios Ibáñez y el TBO a la cabeza mas los estropicios de la Warner. Esto es más un lastre que otra cosa, porque lo que empieza siendo un ingenioso galimatías guionístico, deriva en un inquietante abuso de la sustancia psicotrópica del cine: el efecto digital.
Fesser comienza tirándose a la piscina: P. Tinto es el hombre fuera de toda lógica y convención; pretende fundar una familia numerosa junto a Olivia, su mujer, que no ve tres en un burro. Para ello se van a vivir a un sitio en ninguna parte, pero los hijos no llegan, y es que la extraña pareja cree que los hijos "han de llegar", como simples pasajeros de tren. Y toda esta carga de ingenuidad y buenos modales logra sostener al film en su sorprendente primera parte, mientras nos preguntamos qué diablos va a pasar en la siguiente escena, porque el delirio es tal que nos esperamos una nave espacial tanto como una tortilla de patatas voladora o un repartidor de butano solipsista. El problema, como en casi todo el cine reciente, es que una vez está superada la maquinaria inicial ya hay pocas cosas que llamen la atención y todo el film se convierte en un inmenso slapstick ibérico al que sólo salva un genio de la interpretación que curiosamente sólo tuvo este papel protagonista en su dilatada carrera, hablo de Don Luis Ciges.
Saludos con Casera.

martes, 17 de marzo de 2009

Perseguir un fin

Y vamos con otro de los títulos recientes que han sido relevantes. CAMINO, de Javier Fesser, lo fue por ganar el goya a la mejor película y, si no recuerdo mal, también lo ganó (incomprensiblemente, después de verla) su joven protagonista Nerea Camacho. En fin, vamos al lío.
CAMINO pretende ser original pero no lo consigue, su planteamiento formal se encuentra en casi toda la obra de Bergman o Dreyer, y muy especialmente en obras maestras como ORDET o NATTVARDSGÄSTERNA, LOS COMULGANTES en cristiano. Esto es: mostrar la única y verdadera salvación a través de motivos terrenales, relegando a la religión a su rincón más siniestro, el de la intolerancia, la crueldad e intransigencia. En CAMINO, feroz apología contra el opus dei, los creyentes son seres tranquilos, amables, rectos, sólo que no escuchan a nadie, siempre llevan la conversación al terreno que más les conviene y nunca acceden a los deseos del prójimo, eso sí, con una sempiterna sonrisa sin nada de natural.
Principales problemas de CAMINO: no es cine, es una telenovela con algunas escenas oníricas hechas de manera cutre (el ratón y el ángel son para troncharse) con efectos digitales. Luego, ¿en qué pensaba Fesser cuando rellena tres cuartas partes de la película con gente llorando? Yo entiendo que busca un efecto: que la gente llore ¿Y para qué se busca que la gente llore? Normalmente para tapar las deficiencias del guión y un notable desequilibrio entre dos monstruos de la pantalla (Carme Elías y Mariano Venancio) y el resto, sin mucho oficio, la verdad. Por otra parte, CAMINO también tira de contundencia, con dos o tres momentos de pretendida dureza que se quedan en meros golpes de efecto, muy efectivos porque se incrustan de sopetón, pero que a los cinco minutos ya hemos olvidado por culpa de ese guión tan mal escrito que va saltando de una situación a otra. Los personajes aparecen, desaparecen, son como fantasmas sin peso... en fin.
Sé que no debería, pero haré una comparación. En MILLION DOLLAR BABY, Eastwood introduce al espectador en una catarsis casi mística mediante un asfixiante relato en forma de embudo que acaba en esa mítica última media hora que es lo mejor que se ha rodado en mucho tiempo. CAMINO, por su parte, comete el gran error de los directores sin talento, que quiere estar en muchos salones sin decidirse nunca a sacar a alguien a bailar. Y ya se sabe, no se puede bailar con todo el mundo.
Beatos saludos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!