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jueves, 12 de noviembre de 2015

Actitud



Cuando le dices a alguien que eres un punk, te mirarán raro, te mediran con la condescendencia del que todo-lo-sabe, quizá resople entre dientes mientras dos palabras le palpitan bajo el serrín "¡Caso perdido! ¡Caso perdido!", que es su pensamiento recurrente tras el mono con los platillos... Si tu actitud, no sólo tus palabras, responden al indomable espíritu punk, entonces tu interlocutor sólo contemplará dos opciones: irse cagando leches o llamar a los TEDAX. Ése es el tema, que no importa el qué, sino el por qué ¿Por qué hacemos, unos y otros, lo que hacemos? ¿Por qué lo hacemos aunque no nos guste? Y en último término ¿Por qué no nos quejamos nunca? Lukas Moodysson dio la respuesta hace un par de años con VI ÄR BÄST!, que reduce cada brizna de papilla protopunk hasta llevar su semántica hasta el último reducto posible, que es la pataleta infantil; una vez la perdemos, nos dice, estamos finalmente domesticados. WE ARE THE BEST! es una película adorable, pero con un mensaje aterrador sobre nosotros mismos; nos conmina a que no nos sigamos mintiendo y veamos de una vez que nuestra esclavitud subvencionada no es lo que un día esperamos, quizá se parezca a lo que ensayaron nuestros padres cuando les aflojaron el lazo, pero esto no lo resuelven ni los UK Subs, ni los Damned, ni la madre que los parió. El punk, amigos, no puede morir, porque cada bebé, en su misteriosa e inabordable anarquía, es ya un punk... y con muchas agallas, añadiría. El hecho de que la película que, hasta el momento, mejor ha explicado la esencia de ese explosivo e incontenible deseo de rebeldía tenga como protagonistas a tres renacuajas de apenas trece años, puede sonar a boutade antropomórfica (o de nuevo el mono listillo...), pero a mí me parece que es ir al centro neurálgico de la cuestión. Nos (des)educan muy pronto, luego ya no hay nada que hacer...
En el SEFF levantó a la gente de sus "poco confortables" butacas; yo, humildemente, me inclino...
Sencillamente fantástica...
Saludos.

miércoles, 6 de julio de 2011

Nadie te quiere ya



Lukas Moodysson es uno de esos directores de cine que difícilmente logrará traspasar nunca cierta barrera invisible de prejuicios y etiquetas más allá del circuito de festivales a los que presenta sus obras; en su mayoría, retratos intimistas que anhelan cierta apertura al mundo, dando por hecho (y esto no suele jugar en favor del interpelado) que las conexiones mundiales según las que todos somos iguales son más evidentes de lo que creemos. Lo pudimos ver en la fallida MAMUT, donde todo aparece del mismo modo en cualquier sitio, por remoto que sea; y, aunque mucho más comedido y consciente de sus limitaciones que, por ejemplo, Iñárritu, el director sueco parece no cejar en dicho empeño y hacer de esta caída libre precisamente su asidero más notorio.
Respecto a todo esto, Moodysson rodó allá por 2002 la que sigue siendo su obra más redonda y comprensible. LILJA 4-EVER tiene, entre otras muchas virtudes, la de lograr que nos creamos a pies juntillas todo lo que le pasa a una adolescente rusa cualquiera, sin caer en efectismos, sensiblerías ni denuncias de ONG. Ya desde el brutal arranque nos ponemos en situación: Lilya vive en un barrio deprimido donde la delincuencia y las drogas son habituales, su casa es un cuchitril que se cae a pedazos y su único amigo, por llamarlo de alguna forma, es un niño que merodea por allí. Un día su madre se va, así, tal cual; se marcha con un hombre, le da igual lo que le pase a su hija, la abandona a su suerte. A partir de ahí, Lilya chocará de frente con la realidad. No puede hacer frente, como es lógico, al pago del alquiler, y apenas subsiste comiendo en casas de vecinos y familiares. Tiene otro acierto Moodysson en no dejar cabos sueltos y mostrar las pésimas condiciones de vida a las que se ve abocada la joven, que no tarda en tantear los bajos fondos de la prostitución incitada por una amiga, aunque sin llegar a hacer nada. En estas, una noche conoce a un chico joven , apuesto, con un buen coche y un buen trabajo en Suecia; se enamora, es el hombre de su vida; le propone irse con él a vivir a Suecia, una vida nueva, un mundo nuevo. Supongo que el resto se lo imaginan, y compone un final trágico y cruel, un poco en la línea que recientemente propusieron los hermanos Dardenne en EL SILENCIO DE LORNA. Sí, estamos ante una película que denuncia, que muestra las cloacas de la Europa civilizada, sus mártires, sus esclavos, sus nuevos parias; desprende un fétido olor que lo impregna todo, tan nauseabundo como necesario. Y, efectivamente, LILJA 4-EVER es una película terriblemente necesaria, así que búsquenla.
Saludos para siempre.

viernes, 28 de enero de 2011

Lo inocuo



Leo diseña videojuegos; Ellen es médico. Ambos viven en Nueva York con su hija de 8 años, Jackie, a la que cuida Gloria, de origen filipino. Éste es el punto de partida de MAMMOTH, el velado intento del sueco Lukas Moodysson por integrar su particular cine all times-all places en la industria norteamericana tras la confirmación de su singular talento para expandir historias mínimas y hacer que todos, por poco que tengamos que ver con las mismas, nos sintamos partícipes y hasta un poco culpables, especialmente tras su mejor película, LILJA FOREVER. El problema con MAMMOTH es el siguiente: es absolutamente intrascendente. Y si no, sólo hay que atender a dónde apunta Moodysson para poner sus tildes emocionales, frías la mayor parte de las veces, estéticamente trillados los momentos álgidos y babosamente complaciente a la hora de buscar culpables y (auto)indulgencias. Leo tiene un viaje de negocios a Tailandia; Ellen es incapaz de compaginar su duro trabajo en el hospital (fallecimiento típico incluido) con su rol de madre, lo que la hará recelar de la dulce y sumisa Gloria, que se convierte en la gran amiga de Jackie y hasta la iniciará en el aprendizaje del tagalo. Leo estará constantemente tentado en su periplo asiático, pero Leo es íntegro, una especie de asceta culto y comprensivo; por contra, su agente se lo pasará pipa de la forma que efectivamente imaginan. Ellen culpa a Gloria, por la que sentimos lástima de su separación forzada de sus hijos, por lo que Ellen pasa a ser culpable. Leo sucumbe, pero le compadecemos porque su matrimonio tampoco es idílico, aunque desgraciadamente es lo que se nos ha dado a entender. Así que tenemos dos horas de transnacionalismo by the face, del que estamos ya un poco hartos desde la fundacional BABEL y que consiente un efecto devastador, en mi honesta opinión: sin explicar(se) nada, nos lanza a la cara una especie de mensaje mesiánico que, seguido a pies juntillas, nos salvará de nuestros terribles vicios de primermundistas. Peor que matar al mensajero, Moodysson aumenta su gradación de fe mientras sus personajes lloran ante la mínima dificultad. No, perdón, pero esto n o es así.
Además, se me escapa el simbolismo de la pluma, arcano icono de una sociedad sin más valores que los económicos; eso también lo sabíamos.
Saludos barritados.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!