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sábado, 6 de febrero de 2010

El dolor en la herida de la ignorancia

Sophia Loren es Cesira, que vive en Roma pero procede del campo; con ella está Rossetta, su hija adolescente. A Cesira no le faltan pretendientes, pero se mantiene firme y orgullosa, o lo intenta. La guerra llega a Roma; los alemanes invaden la ciudad y vivir es una lotería. Cesira huye con su hija al pueblo de donde procede; ella no lo llama huida, sólo quiere "cambiar de aires". Por el camino, Cesira y su hija serán testigos de un suceso terrible; el avión que ellas dan como un bonito espectáculo de bienvenida acribilla a un caminante tan sólo a unos metros de donde se encuentran. En un poblacho, Cesira pide un poco de pan para su hija; los "inspectores", colaboradores de los nazis, intentan intimidarla y coaccionarla; Cesira se enfrenta a ellos y huye a duras penas. Ya en su pueblo, en plena montaña de Ciociaria, Cesira se encuentra con parientes y amigos; llega en pleno banquete y allí parece que la guerra no ha de llegar, pues hay comida en abundancia y los alemanes no han aparecido. Entre los comensales se encuentra Michele (J.P. Belmondo), que es idealista y se enamora de Cesira. Michele intenta convencer a Cesira, en un vano alarde intelectual, de que la sociedad está corrompida, sin valores ni justicia, y que el resto del pueblo vive cobardemente. La denuncia no se hace esperar y Michele desaparece; esto conlleva la aparición del ejército nazi y Cesira debe huir de nuevo.
Ustedes me permitirán que me ahorre lo que viene a continuación, porque estaría desvelando el impresionante desenlace de LA CIOCIARA, la obra maestra de Vittorio de Sica que puso de manifiesto tres cosas fundamentales: Que se puede adaptar fielmente una novela (en este caso Alberto Moravia) y no perecer en el intento. Que el neorrealismo aún tenía algo que decir en plena década de los sesenta. Y, sobre todo, que Sophia Loren, además de ser la señora más sexy del mundo mundial (esto lo digo yo...), era capaz de dar un recital de interpretación como la copa de un pino; su Cesira es uno de esos papeles que ponen la carne de gallina y de Sica, como el gran maestro que es, maneja el tiempo del film perfectamente y va metiéndolo todo (historia, personajes, ritmo, desenlace) en un pavoroso embudo del que, dado el momento, nada puede ya salir. Una obra maestra que le dio un merecidísimo oscar a la Loren y que la encumbró en Cannes, donde también ganó; una película de esas que le gustaría (y nunca podrá) protagonizar a la señora de Bardem... No digo más...
Doble saludo.

viernes, 28 de noviembre de 2008

El triunfo de la voluntad

Periódicamente, solazo mi natural revisionista embarcando mi maltratado magín alrededor de aquellos pretéritos "movimientos" adscritores o adscribientes, sin los cuales el cine ni sería lo que es ni habría sido lo que al final ha resultado ser.
Es entrañable a la par que fundamental toda esa carne de cineclub (de arte y ensayo queda como repipi), que adoraba a los clásicos mientras ligaba (o lo intentaba) escudado tras unas más gruesas gafas de pasta que cuellos altos y/o bufanda a cuadros. De aquel hervidero se sacaron muchas conclusiones, algunas bastante ingenuas, otras que sentaron cátedra. Se hablaba insistentemente sobre un bonito fantasma que jamás existirá, aunque se antoje tan necesario: la mejor película de la historia.
Vittorio de Sica también fracasó en su intento de plasmar la realidad (deberíamos saber a estas alturas que es imposible), pero podríamos afirmar que debe ser uno de los que más se ha acercado. En LADRI DI BICICLETTE, no sólo consigue sacar cine de un actor no profesional y un niño, convirtiéndoles de paso en uno de los tandems interpretativos más sobrecogedores de todos los tiempos, sino que realiza el mismo trabajo a la inversa, es decir: es capaz de hacernos creer durante hora y media que realmente asistimos a las desdichas de un tipo intemporal, el héroe anónimo que basa su existencia en una bicicleta. Porque lo vemos todos los días en la cola del paro, con la santa paciencia de quien ya nada espera. El padre y el hijo, elementos tan sencillos que casi parecen irreales, bellos en su vulgaridad.
¿Qué hay de mayúsculo en esta obra maestra que la hace insuperable en cuanto a vigencia? Supongo que, pese a no tratarse (lo mantengo) de realidad per se, no me gustaría imaginar esa misma realidad sin pequeñas agitaciones a la conciencia, tan selectiva a menudo, como la desesperada obstinación de quien ya no le queda nada que perder, de quien sabe que ya sólo le queda seguir perdiendo.
Sabemos que todo sigue más o menos igual, pero hay que seguir, es necesario.
Saludos injustos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!