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jueves, 11 de junio de 2026

Cuando los extremos se separan


 

Con muchas expectativas llegaba ODYSSEY a Sitges. El cuarto largometraje de Gerard Johnson venía avalado por las inmejorables críticas de sus otros tres films (TONY, HYENA y MUSCLE), en las que venía explorando diversas vertientes del thriller, empleando una mirada al mismo tiempo inmersiva y distante, lo que resulta en miradas extrañadas hacia una realidad cada vez más confusa. Estamos ante una película desacomodada y desagradable en actitud, tomando como punto de partida su protagonista, Natasha, una agente inmobiliaria que enmascara su día a día de deudas y adicciones con una actitud arrogante, que irá tornándose en una desconcertante huida hacia adelante. Con una larga primera parte, como de una hora, que por momentos tomaba prestados los rompedores preceptos del primer Ben Wheatley, nos situamos pegados al rostro de Tasha mientras esnifa ingentes cantidades de cocaína, elude no menos cantidades de llamadas de sus acreedores, intenta convencerse de su valía incomparable y sigue acumulando deudas desastrosas. Podría ser un vistazo a la caída en desgracia de una supuesta triunfadora, regado de garitos inmundos, personajes repulsivos y colapsos inminentes, pero la segunda parte no tiene nada que ver con ello. Curiosamente, al entrar una acción que se torna cada vez más sangrienta, el film se hace menos inteligible, llevándonos hasta un lugar del que no nos habían dado pistas, y ahí decae. No por ser mala, sino por no saber Johnson conectar dos extremos que, al menos a mí, se me hacen irreconciliables. Ahora bien, este señor, lo dije a propósito de HYENA hace una década, rueda como un grande, y eso hay que tenerlo en cuenta.
Lo mejor, Polly Maberly, que se echa ella sola a las espaldas un personaje complejo y desagradecido. Lo peor, que no puedes guardarte un personaje como "El Vikingo" hasta tan tarde...
Saludos.

viernes, 2 de octubre de 2015

Días chungos en la trastienda de la repostería



De un tiempo a esta parte han proliferado las películas que han estilizado la violencia hasta convertirla en algo incluso atractivo. No es que yo comulgue mucho con esta tendencia, pero siempre dependerá del ingenio empleado para continuar con la historia coherentemente tras la vorágine y una vez el director nos ha demostrado sus dotes para el ballet alucinatorio. Esto ocurre en HYENA, y no lo esperaba, aunque el director Gerard Johnson ya había apuntado alto con TONY, su opera prima en 2009. HYENA empieza casi como una "naranja mecánica" vuelta del revés; los policías son corruptos hasta la médula, confiscan la droga que luego se meterán en inacabables fiestas privadas, y usan sus influencias para salir limpios mediante una red de sobornos. Y aun así, aunque sus actos son conocidos, conforman un equipo intocable, porque ellos son los únicos capaces de ir al meollo de la podredumbre; ellos se manchan las manos para que los chupatintas estén tranquilos echando barriga. Pero necesitan su tajada, y cuando el asunto se descontrola la placa vale menos que los calzoncillos. Es HYENA, después, un artefacto mucho más controlado, con un guion duro y coherente, y unos personajes de carne y hueso, nunca superhéroes, sino gente a la que todo se le puede ir de las manos en un segundo. Un magnífico ejercicio de estilo ultraviolento y con un mensaje moral más que inquietante, pero que en su recta final se convierte en uno de los mejores thrillers de la temporada, nada más y nada menos.
Una sorpresa.
Saludos.

... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!